México y el precio fijo

Durante estos días se celebra uno de los grandes acontecimientos iberoamericanos en torno al libro, la Feria de Guadalajara (a donde no he tenido la dicha de acudir), y tan importante como el mismo acontecimiento ha sido, a mi juicio, el anuncio del pacto por el precio fijo del libro en México, un asunto preterido o simplemente ignorado por las diversas administraciones que consideraron el libro como un producto comercial más, como un artículo necesariamente sujeto a las leyes del mercado y, por tanto, a la competencia de los precios y los descuentos.


Quizás sea necesario recordar -porque estamos en el año 2007 y han transcurrido veinticinco años desde que este debate se planteó y se resolvió en Europa, en Francia, para ser más precisos- el debate sobre el precio fijo, porque en el fondo no se trata de un asunto meramente comercial, sino de una discusión de calado cultural y, en consecuencia, de un debate político y de una cuestión de trascendencia industrial.

México, según reconoce el mismo comunicado, es un país donde “de sus 800 municipios [de México], sólo el seis por ciento cuenta con librerías, y el cuarenta por ciento de ellas se concentra en el Distrito Federal”. Es decir, tan sólo 48 municipios cuentan con librerías y del total de establecimientos dedicados al comercio del libro (unos 523 según el boletín de la CERLALC), 210 están en el Distrito Federal, muchas de ellas pertenecientes a diversas cadenas.


LIBRERÍAS EDUCAL


LIBRERÍAS GANDHI


LIBRERÍAS FCE


LIBRERÍAS DE CRISTAL


LIBRERÍAS EL SOTANO


LIBRERÍAS PORRÚA

Esta carencia o escasez de librerías puede tener varias razones pero la imposibilidad de competir con quienes pueden obtener mayores descuentos y, por tanto, repercutirlos a la baja en el precio de los libros, es una de ellas, quizás la principal. Esa desafeccion, esa falta de irrigación del territorio, esa ausencia de librerías y libreros independientes y comprometidos que, como un tejido nervioso, canalicen los impulsos de la oferta editorial a todo el territorio, tiene múltiples consecuencias: la inaccesibilidad del libro para muchos posibles lectores, al carecer de potenciales puntos de encuentro; la amenaza continua a la bibliodiversidad, porque los pequeños editores sólo pueden vender en ese seis por ciento de municipios y sus respectivas librerías, que impondrán condiciones de descuento a veces inadmisibles para los que menos músculo económico han desarrollado; la tendencia progresiva a la concentración y la política centralizada de compras que practican las grandes librerías, lo que puede derivar, en un futuro no muy lejano, en una amenaza no sólo para los pequeños sino, también, para los grandes grupos editoriales, que podrían hacer depender excesivamente su cuenta de resultados de unas pocas librerías y de sus gravámenes progresivos; un aumento derivado y consecuente de los precios de los libros -como ocurrió hace quince años en el Reino Unido-, al quedar muy pocos agentes en juego; un daño irreparable y definitivo al delicado ecosistema editorial. Como en el mar, para que haya grandes deben existir pequeños y que no se rompa la cadena trófica que los une indefectiblemente.

En un buen artículo con perspectiva internacional aparecido en el Correo de la Unesco, The price of a good read, Lucía Iglesias instaba a todas las administraciones a proteger al libro: “los libros” -escribía- “son un producto cultural y como tal merecen toda la protección que se les pueda dar”.

Bienvenido, México, al precio fijo.

Pd. en la primera parte de la Ley del Libro en Francia se establece qué es un libro para determinar sobre qué clase de producto debe o puede aplicarse la ley del precio fijo. Con Kindle, el precio de los libros, en Estados Unidos, es de 9.99$, un precio único, inferior al del libro en papel. ¿Será porque ya no hablamos de libros cuando hablamos del Kindle?

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