Lectura y democracia
El art铆culo que incluyo a continuaci贸n en el post de hoy apareci贸 originalmente en Le Monde Diplomatique en marzo del 2006, en el n煤mero 125, y lo escrib铆 con ocasi贸n de la brev铆sima discusi贸n que el 煤ltimo informe PISA desat贸 entre nosotros. Creo que su contenido sigue siendo plenamente vigente, con m谩s raz贸n ahora que nunca, cuando apenas quedan ecos de la brev铆sima disputa que los malos resultados de la encuesta de este a帽o ha vuelto a arrojar, cuando una vez m谩s la falta de verdadera y profunda discusi贸n amenaza con anegar en la rutina, el olvido y la negligencia uno de los males m谩s severos que aquejan a nuestra sociedad y a nuestro sistema educativo.

En un libro recientemente publicado de lectura muy recomendable, La magia de leer, se expon铆an tres argumentos por los que la lectura, su fomento y ense帽anza, deber铆an ser parte fundamental del proceso de formaci贸n y aprendizaje de cualquier ni帽o: la inteligencia humana es ling眉铆stica, de manera que nuestro desarrollo ontol贸gico est谩 ineludiblemente ligado al desarrollo y mejora de esa capacidad; la cultura humana est谩 basada sobre esa trama simb贸lica hecha de palabras, la cultura humana es terca e inevitablemente simb贸lica y, por tanto, ling眉铆stica, de forma que necesitamos de las palabras para construir nuestro mundo, para mejorarlo aunque tambi茅n para destruirlo; nuestra convivencia necesita de las palabras, nuestra coexistencia pac铆fica est谩 hecha de debate y de discusi贸n, de desavenencias razonables, nuestra democracia necesita de las palabras y, en consecuencia, de las actividades que promueven, estimulan y aconsejan su uso. No es la novedad de estos argumentos lo que deba resaltarse 鈥搕odos ellos contenidos ya en muchos de los textos m谩s conocidos de Wittgenstein o de Bourdieu o de algunos otros fil贸sofos del lenguaje y soci贸logos de la comunicaci贸n- sino, sobre todo, la valent铆a de resaltar que, m谩s all谩 de argumentos est茅ticamente complacientes o de apelaciones a esencias transcendentales a las que los textos apuntar铆an, existen razones estrictamente utilitarias, razones tanto ontol贸gicas como pol铆ticas, para que la ense帽anza y el fomento de la lectura deba convertirse en una cuesti贸n de Estado o, si el Estado se conforma con hacer caranto帽as publicitarias o desafortunadas campa帽as de comunicaci贸n, en una tarea algo desaforada que exige la conspiraci贸n o la conjuraci贸n de los lectores para convertir en lectores a los que no lo son. La cuesti贸n no es balad铆 ni debe tomarse a la ligera ni es un asunto menor porque afecta a la esencia misma de la formaci贸n de la conciencia del ciudadano en democracia y, por ende, a la democracia misma, a su fundamentaci贸n y mejora. Formarse una opini贸n propiamente pol铆tica sobre los asuntos pol铆ticos 鈥揺xpres谩ndolo en el vocabulario de la sociolog铆a que se ocupa de estos asuntos-, tener una opini贸n personal madura fruto de la reflexi贸n sobre los asuntos p煤blicos que a todos conciernen, sobre el bien com煤n y las normas que deban regir nuestra convivencia, no es una emanaci贸n natural del entendimiento humano sino una construcci贸n trabajosa y progresiva a la que la lectura contribuye de dos maneras: desarrollando la competencia ling眉铆stica y la inteligencia, la actitud de distancia reflexiva y de recogimiento concentrado que exige la formaci贸n de una opini贸n versada, y proporcionando informaci贸n espec铆fica sobre el tema o la materia que ese libro u obra aborden. Leer, como en una ocasi贸n propuso Fernando Savater en tiempos en los que el servicio militar era a煤n obligatorio y los mozos perd铆an los meses m谩s preciados de su vida esmer谩ndose en convertirse en unos vagos redomados, deb铆a convertirse en el verdadero servicio social sustitutorio, en un verdadero servicio civil 煤til para la sociedad y para los ciudadanos mismos que la forman y la construyen, aislando a esos varones durante un a帽o en bibliotecas bien provistas donde deber铆an desarrollar no s贸lo un fino olfato literario sino, sobre todo, un fundamentado sentido cr铆tico. La propuesta, aunque ya no queden reclutas obligatorios, sigue en pie. Y sigue en pie porque su vigencia queda cada d铆a confirmada a poco que leamos con cierto detenimiento y atenci贸n la prensa: las estad铆sticas que trimestralmente arroja el Bar贸metro de h谩bitos de lectura y compra de libros promovido por la Federaci贸n de Gremios de Editores de Espa帽a retratan una poblaci贸n reacia a la lectura cuando no manifiestamente contraria. A煤n cuando las 煤ltimas interpretaciones quieran ser voluntariosamente optimistas 鈥揾ablan de una lenta evoluci贸n de los lectores llamados frecuentes-, lo cierto es que al menos el 60% de la poblaci贸n no concibe el libro ni la lectura como algo deseable, apetecible o ambicionable, no cae dentro de su horizonte potencial de realizaci贸n cultural, tal como lo expresar铆a Bourdieu, porque la lectura exige para ser disfrutada de un conjunto de disposiciones conformadas a las exigencias que la lectura y los libros plantean. Leer no es como mirar un programa de televisi贸n, a煤n cuando existan lecturas de complejidad y exigencia muy diversa, porque el acto de la lectura demanda la implicaci贸n activa del lector y el dominio de un conjunto de competencias que no son innatas sino aprendidas, cultivadas. El problema sin resoluci贸n aparente es que la prensa y los profesionales de la edici贸n, tambi茅n las administraciones competentes, se conforman con saborear estos datos agridulces y dejar en la m谩s absoluta opacidad las razones por las cuales el 60% de la poblaci贸n no tiene entre sus aspiraciones inmediatas el acercarse a los libros o a lectura que es tanto como decir, en buena medida, el formarse un criterio propio sobre los asuntos que a todos nos conciernen en una sociedad democr谩tica. No leer es abdicar un poco del estatuto de ciudadano. Pero no se trata, obviamente, de responsabilizar a quien no tiene la entera responsabilidad de lo que ocurre: las exhortaciones publicitarias en televisi贸n y las incitaciones literarias en forma de carteles apelan solamente a aquellos que, de una u otra forma, ya est谩n positivamente predispuestos. Las campa帽as de fomento de la lectura y el papel de los supuestos observatorios de la lectura no son meramente superficiales, como en muchas ocasiones de ha denunciado, no son solamente una derroche econ贸mico, que tambi茅n: son, sobre todo, sociol贸gicamente pueriles, porque hace mucho tiempo que sabemos que las admoniciones y las amonestaciones no valen absolutamente nada, son gratuitas, si no se proporcionan, simult谩neamente, los medios para alcanzar aquello a lo que se debiera aspirar. Y hablando de medios para alcanzar aquellos que se establece como aspiraci贸n te贸rica o deseable: la dotaci贸n de las Bibliotecas P煤blicas espa帽olas es la mitad de lo que el IFLA marca como recomendable y, aunque el esfuerzo financiero sea loable, es insuficiente si consideramos la trascendencia del papel que deber铆an desempe帽ar.

Dos son los fundamentos sobre los que se debe trabajar: la familia y la escuela, y en cada uno de esos dos frentes hay que crear las condiciones y proporcionar los medios para que la lectura sea una pr谩ctica habitual.
A nadie se le escapa que las demoledoras cifras de fracaso escolar en Espa帽a 鈥搒eg煤n establecen claramente los 煤ltimos informes de PISA y la OCDE- tienen que ver con la estrecha y (in)evitable relaci贸n entre el origen social, el capital educativo y cultural de los padres, el acostumbramiento en la infancia a las pr谩cticas culturales 鈥揺n este caso concreto a la lectura- y las expectativas que los padres depositen en la realizaci贸n educativa y profesional de sus hijos. Los padres m谩s desprovistos educativa y econ贸micamente no frecuentan museos o conciertos ni leen o adquieren libros con la frecuencia que ser铆a deseable y, en consecuencia, tampoco inculcan en sus hijos ese deseo o esa necesidad. Estad铆stica y geogr谩ficamente 鈥揺l norte y el sur de la Comunidad de Madrid, por ejemplo, son un ejemplo n铆tido de ello- es sencillo seguir la correlaci贸n perversa que se establece entre la dotaci贸n cultural de partida, mermada, y la herencia recibida, igualmente reducida, de manera que los hijos de los que menos leen son los que menos leen y los que mayor fracaso escolar padecen, lastre que se sufrir谩 el resto de la vida. Es tan preocupante, desde el punto de vista pol铆tico, que esa predeterminaci贸n siga marcando el destino de los j贸venes, que la intervenci贸n de las administraciones es perentoria en la evitaci贸n de la conexi贸n negativa que se establece entre el origen y las oportunidades, entre el lugar de nacimiento y el acceso a las condiciones que permitan, al menos potencialmente, disfrutar de uno de los valores que s贸lo ser谩 verdaderamente universal cuando se dispensen las condiciones que permitan a todos disfrutar globalmente de ese valor. En el Reino Unido, por ejemplo, el National Literacy Trust promueve multitud de actividades en las que la familia es el centro neur谩lgico de atenci贸n, familias, sobre todo, de zonas econ贸micamente retardadas, en la convicci贸n que s贸lo atacando el problema desde su ra铆z primera cabr谩 oponer resistencia a esa inercia desclasante, a esa apat铆a o indeferencia hacia la lectura que luego se traduce en fracaso escolar y en desigualdad de oportunidades: el Social Inclusion Project recoge ya en su t铆tulo la conciencia precisa de c贸mo la fractura social provoca el acceso desigual a los recursos culturales, en este caso a la lectura, y c贸mo es necesario emprender acciones conjuntas 鈥損ol铆ticas basadas en la investigaci贸n y aleccionadas por las mejores pr谩cticas- a nivel nacional para enmendar esa desigualdad, para potenciar el acceso universal a los bienes que debieran ser m谩s universales. Reading is fundamental, una de sus concreciones m谩s substanciales, por citar tan s贸lo una de ellas, procura hasta tres libros gratuitos a las familias con ni帽os entre los 0 y los 19 a帽os para que sean compartidos en casa, para que sean le铆dos por todos los miembros de la familia y para que se conviertan en el centro de actividades de ocio comunitarias respaldadas y potenciadas por autores, ilustradores, contadores de cuentos, etc. El acto de la lectura es intr铆nsecamente individual pero mediante su socializaci贸n previa y posterior se incrementa notablemente el gusto por la lectura en aquellos que estaban predestinados sociol贸gicamente a no poseer libro alguno y, lo que es a煤n peor, a ni siquiera desear poseerlo.
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No es necesario decir que en nuestro Plan de Fomento de la Lectura no hay consideraci贸n ninguna hacia las disparidades sociales previas y que es esa desconsideraci贸n, precisamente, la que abandona al 60% de la poblaci贸n a su suerte, la que prefiere conformarse con los datos t铆midamente reconfortantes de una poblaci贸n lectora aparentemente estable, la que prefiere gastar el dinero en salvas publicitarias sin trascendencia alguna, la que no desea indagar qu茅 ocurre en el lado oscuro de la lectura.
Es equivocado creer, de paso, como en algunas ocasiones puede encontrarse en textos que reflexionan sobre el hecho de la lectura y la pertinencia o no de su obligatoriedad o su extensi贸n, que leer es un acto meramente privado e intransitivo, porque m谩s all谩 de su realidad fenomenol贸gica constatable 鈥搎ue uno debe aislarse algo aristocr谩ticamente del entorno para disfrutar en aparente soledad de un di谩logo mudo-, leer es un acto que debe ser socialmente propiciado para dar la oportunidad a todas las personas de disfrutar de los m谩s altos valores de la cultura universal y convertirse en ciudadanos con criterio propio de democracias que se refuerzan por el hecho de contar con sujetos ilustrados, con ciudadanos lectores. Claro que una ciudadan铆a instruida no es un ant铆doto absoluto contra la barbarie 鈥搉os sobran los ejemplos-, pero no cabe duda alguna que todo lo contrario suele ser un t贸xico poderoso, que las sociedades no lectoras, las sociedades a las que se censura o proh铆be el acceso a los libros, o en las que se promueve un s贸lo libro, tienden a fanatizarse y a censurar el acceso a los libros o lecturas discordantes que puedan ilustrar el juicio. No basta con saber o comprobar que alguien no lee o que alguien dice que no gusta de la lectura, conformarnos con la opacidad de esa declaraci贸n sin inquirir las razones por las que se produce ese rechazo, pasivo o activo, pero dejaci贸n o renuncia al fin.

La escuela es el segundo factor determinante en la formaci贸n de la conciencia lectora, sobre todo cuando ha fallado el entorno familiar y cuando no existe una comunidad que arrope al ni帽o o se encargue, como en el proverbio africano, de educarle y propiciar el gusto por la lectura o la audici贸n de f谩bulas e historias. Parad贸jicamente, tal como se sabe hace ya demasiado tiempo, la escuela refuerza la experiencia que se haya adquirido en el seno de la familia y remacha las diferencias de origen, sin subsanar esa discordancia. La lectura y su fomento, tal como es considerada en otros pa铆ses, sobre todo en Alemania, es una inversi贸n necesaria, ineludible, para la mejora del rendimiento escolar en cualquiera de los niveles acad茅micos. Las estrategias desplegadas son de distinta naturaleza y nivel, pero tienen una concreci贸n muy palpable en el papel que desempe帽a la biblioteca escolar, verdadero centro neur谩lgico de toda escuela, que es m谩s que un instrumento de consulta o un lugar de recreo, sino una herramienta de trabajo imprescindible imbricada en el plan escolar y en los h谩bitos de trabajo de los alumnos. Seg煤n el Estudio de campo de las bibliotecas escolares en Espa帽a promovido por la Fundaci贸n Germ谩n S谩nchez Ruip茅rez, 鈥渦n 75 por ciento de los profesores de Secundaria y Bachillerato declara no ir nunca a la biblioteca con sus alumnos鈥, dato corroborado y aumentado por la percepci贸n de los alumnos hacia ese entorno cuando declaran que 鈥渆l 52 por ciento de los alumnos de Primaria afirma que no va nunca a actividades programadas por la biblioteca, opini贸n que comparte el 76 por ciento de los alumnos de Secundaria鈥. Bastar铆an estos dos datos entre un c煤mulo mucho mayor para darse cuenta que la biblioteca escolar no s贸lo no ocupa el lugar central o nuclear que merecer铆a sino que, simplemente, est谩 arrumbada, ignorada, lo que es lo mismo que decir que aquellos que no tienen ning煤n h谩bito de lectura y nunca se han acercado a los libros a trav茅s del entorno familiar, no contar谩n con el acicate que la escuela pueda proporcionar y deber谩n conformarse con seguir percibiendo los libros y la lectura, en el mejor de los casos, como una molestia necesaria o como un r茅mora insuperable 鈥搒i hemos de creer a las encuestas que dicen que muchos universitarios espa帽oles no son capaces de desentra帽ar el significado del editorial de un peri贸dico-. Es posible que no haga falta llegar al extremo que auguraba Sartori en Homo Videns, esa distop铆a que pronostica la transformaci贸n de la naturaleza humana por el sometimiento continuado de los j贸venes al bombardeo epil茅ptico de im谩genes y por la renuncia al ejercicio del raciocinio y la reflexi贸n secuenciales que procuran los libros, los textos escritos, pero no deja de ser verdad que es dif铆cil ser un ciudadano de pleno derecho en una democracia si el editorial de un peri贸dico es un arcano inextricable, si los elementos que podr铆an contribuir a la maduraci贸n de un juicio pol铆tico propio sobre un asunto de inter茅s com煤n, son incomprensibles, inalcanzables, inaccesibles. De hecho, y para que no quepa duda, el Plan de Calidad de la Educaci贸n, en cuya elaboraci贸n particip贸 el Consejo Escolar de Estado, menciona tan s贸lo en dos ocasiones, a lo largo de sus 400 p谩ginas, la necesaria existencia de la Biblioteca Escolar, lo que seguramente sea un hito hist贸rico, pero seguramente un hito insuficiente, tard铆o e incapaz de establecer valerosamente la centralidad de la biblioteca no como centro de actos alternativo, sino como columna vertebral del sistema escolar, como espacio donde la transversalidad pueda celebrarse, como promotor de la lectura cualquiera sea la materia de la que se trate. En los puntos 2潞 y 3潞 del Manifiesto a favor de la Biblioteca Escolar redactado al conocerse la parquedad e insuficiencia del Plan de Calidad, se dice: la biblioteca escolar 鈥渆star谩 integrada en el proyecto educativo y curricular del centro y fomentar谩 m茅todos activos de ense帽anza y aprendizaje鈥 y, m谩s adelante, 鈥渇avorecer谩 el cumplimiento de todos los objetivos generales de la educaci贸n y no s贸lo de los acad茅micos, en especial los relativos a la transversalidad, la correcci贸n de las desigualdades de origen del alumnado, el acceso a la cultura y el fomento de la lectura鈥.

Tan s贸lo de pasada aunque su desarrollo mereciera muchas m谩s p谩ginas: la alfabetizaci贸n de adultos, en el otro extremo, es una labor heroica, denodada, a fuerza de luchar contra la pr谩ctica inexistencia de colaboraci贸n p煤blica y a fuerza de intentar rescatar del aislamiento a aquellos adultos que todav铆a aspiran leg铆timamente a participar en la sociedad en la que viven.
Si la familia no est谩 en condiciones de acostumbrar a sus hijos a leer como parte de un ejercicio de maduraci贸n personal, si las bibliotecas p煤blicas no alcanza la mitad de lo que debieran para fundamentar de manera veros铆mil la aspiraci贸n del contacto y la familiarizaci贸n con la cultura, y si las bibliotecas escolares son m谩s una excepci贸n que una regla y, en todo caso, un espacio recreativo m谩s que un lugar de trabajo, entonces es posible que nuestra democracia acabe resinti茅ndose, porque su salud depende en buena medida de la madurez del juicio de sus ciudadanos. Las democracias necesitan lectores, la democracia necesita lectura.
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Joder que interesante. Es curioso que te comentase el otro día lo del informe PISA, porque lo que te enviaré hoy, siendo sólo un boceto, puede ajustarse muy bien a los problemas que señalas. Lamento no tener tiempo de meterme más veces en tu blog.