Revistas científicas y premios descaminados

En los últimos días del año 2007 pude leer un interesantísimo artículo de Juan Aréchaga, director de la influyente revista The International Journal of Developmental Biology, titulado Revistas científicas en España, entre el aldeanismo y el desdén, que cuestionaba la decisión que la Fundación Príncipe de Asturias había tomado galardonando a las revistas Science y Nature con el Premio de Comunicación y Humanidades de este año, en detrimento de otras iniciativas editoriales mucho más renovadoras y dignas de reconocimiento y respaldo, algunas de ellas bien cerca, dentro de Revicien, la Red de Revistas Científicas Españolas de acceso gratuito que han tomado como divisa el modelo de acceso abierto para la promoción y difusión de sus contenidos.


Si de mi, efectivamente, hubiera dependido, no hubieran sido las archipremiadas y archiconocidas Science y Nature las destinatarias de un premio que, a mi juicio (vaya juicio, dirán algunos), debería regirse por el apoyo y estímulo a inciativas de diseminación del conocimiento científico cuyo interés primordial es el de favorecer por igual, sin cortapisas ni limitaciones, a toda la comunidad científica mundial y, por ende, a la sociedad misma que en primera instancia financió y posibilitó el desarrollo de las investigaciones que dieron lugar a los resultados que después se publican y difunden. Science y Nature, qué duda cabe, como el comunicado oficial reconoce, “han aparecido algunos de los trabajos más importantes e innovadores de los últimos 150 años, contribuyendo de este modo al nacimiento y desarrollo de disciplinas como el Electromagnetismo, la Relatividad, la Teoría Cuántica, la Genética, la Bioquímica y la Astronomía, entre otras muchas”. El problema no es tanto que esa aseveración sea o no cierta sino que su misma veracidad se convierte en un círculo vicioso difícil de fracturar: los índices de impacto de las revistas, la relevancia y prestigio de cada cabecera científica, en consecuencia, son evaluados por el ISI, un organismo al que debemos presuponer autonomía e independencia de criterio, pero que acaba introduciendo en el campo científico un sesgo perverso, porque no hay científico que no quiera publicar en las primeras revistas que el ranking indica como principales, de cara a una carrera científica que prima, en la concesión de plazas, tramos de investigación o diversos tipos de prebendas, la publicación en esas cabeceras. Así acaba ocurriendo que se imposibilita el desarrollo efectivo de otros modelos editoriales más acordes con el espíritu y esencia del campo científico, de difusión del conocimiento más de acuerdo con sus principios constituyentes.

No es que no existan otras revistas científicas de calidad fuera del ranking sino que, o bien no son evaluadas, como las digitales o los blogs, porque no entran dentro de los parámetros mensurables que el ISI establece, o bien no reciben colaboraciones, porque los científicos siguen obcecados en perseguir y obtener el reconocimiento que otras tribunas no les conceden.

Si de mí hubiera dependido, y en esto no creo que mi juicio se aparte ni un ápice del expresado por Juan Aréchaga, ese premio debería haberse concedido a cualquiera de las grandes declaraciones institucionales de libre acceso que promueven la difusión altruista del conocimiento o a iniciativas que están impulsando ya, activamente, el acceso gratuito: la declaración de Berlín del Max Planck, los principios de la declaración de Washington, al mismo George Soros, por la Budapest Open Access Initiative, a la Public Library of Science, por haber inventado un nuevo modelo de difusión editorial o, por qué no,  a los esfuerzos nacionales por impulsar el libre acceso, como la misma Revicien, o E-revistas o al recién llegado Grupo Scimago, que quizás reintroduzca algo de cordura en los análisis de impacto de las revistas.

Como ya se sabe en la red, la apertura de los contenidos a la consulta gratuita hace crecer exponencialmente los índices de impacto y visibilidad de los contenidos, así que el argumento de la notoriedad pública no sigue siendo defendible. El modelo editorial tradicional de publicación y diseminación de los contenidos científicos tiene seguramente sus días contados -y los premios a esos modelos caducos- porque al imperativo de la colaboración y la comunicación que todo científico lleva inscrito en su trabajo -no es posible generar conocimiento alguno sin construirlo sobre el conocimiento precedente y concomitante- se suma la independiencia editorial que la red supone, al proporcionar a los científicos los instrumentos editoriales necesarios para hacerse cargo de la publicación y comunicacion de sus propios conocimientos.

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Comentarios

Completamente de acuerdo con todo tu discurso.

Tew recomiendo también que leas, si no lo has hecho ya, una nora de prensa de mi+d sobre "el año de la ciencia en españa" y el olvido de nuestros políticos sobre el soporte de internt para ello.

Saludos

Juanjo Ibáñez

Gracias Juanjo, esta vez sin bromas ni inocentadas. El problema, a mi juicio, es que los nuevos soportes instauran, o están en camino de instaurar, una nueva forma de validación del conocimiento que puede llegar a prescindir de los mecanismos tradicionales de sanción y aprobación más canónicos, y eso trae consigo el enojo e irritación de los supuestos pares que no dominan el nuevo medio (como en tu caso) y barruntan su ocaso, y la ignorancia de los mecanismos burocráticos de reconocimiento, todavía al margen de la vanguardia digital. En fin, vamos abriendo brecha.

Joaquín no hay más burro que el que no quiere aprender. Y es cierto que muchos colegas tienen miedo. Pero es que no saben de que va el asunto. Insisto que lean "Anatomía del Fraude Científico" de Horace Freeland en donde se explica muy bien porque los chicos del Tio Sam han apostado por el Open Access sin condiciones. Pero no hay manera de que le escuchen a uno sin que pongan cara de cachondeo. Pero allá han empezado y aquí les copieremos muy tarde, como siempre (cuando vayamos como siempre imitándoles en el ámbito de la ciencia). No todo lo que viene de USA es malo aunque mucho sí.

saludos

Juanjo Ibáñez

Estimados participantes,

Estoy en pleno acuerdo con la expuesto. También yo hubiera premiado a cualquier editorial o entidad que fomenta el acceso libre a la información científica antes que a esos dos monopolizadores-corruptores de la comunicación científica. Lo he escrito en más de una ocasión, pero me parece que esa idolatría al "índice de impacto" es una de las mayores aberraciones, para más escarnio dentro de una comunidad que se supone racionalista, que pudiera imaginarse. El propio Eugene Garfield, el inventor del dichoso índice, se asustó hace ya tiempo cuando cayó en la cuenta del uso que se le daba como "valor absoluto" del mérito científico. Pero hemos llegado al punto en que ya no existe la "verdad científica" sino únicamente la "verdad" que publican Nature y Science.

Y lo he sufrido en carne propia. Hace poco concursé a una plaza de Científico Titular del CSIC en el área de Biología; pocos días antes de empezar recibí la carta de aceptación de PLoS ONE, revista "on line" de la Public Library of Science, de un artículo que me había llevado tres años de trabajo de laboratorio intensivo. El tribunal cuantificó los méritos de CV mediante "índice de impacto", calificándome ese trabajo, del que soy autor correspondiente, con un cero (0) ¿La razón?: los "índices de impacto" se computan en revistas con un mínimo de dos años de antigüedad y por entonces PLoS ONE tenía un año justo de vida. A efectos académicos, la aplicación de ese baremo "objetivo" consideraba que no había trabajado en los últimos tres (3) años. Naturalmente les dio lo mismo la novedad, que la tiene, del trabajo; más aún, les pareció "muy original"… tanto que le dieron O puntos (!). Me imagino que no debo ser el único al que hayan tratado de manera tan arbitraria.

Seguid con salud.

ARC

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