El caso Lessig: liberad la información libre

Lawrence Lessig, padre del movimiento Creative Commons y del libre acceso, acaba de liberar The future of ideas, El futuro de las ideas, y en esta determinación que le ha llevado aparentemente a renegociar con su editorial original las condiciones de la puesta a disposición pública de esos contenidos, se encierra, quizás, muchas de las claves de la actual discusión en torno al copyright y el copyleft, y si yo no lo entiendo mal del todo, quizás pueda ayudarnos a comprender parte del futuro del negocio editorial y a mediar entre posiciones aparentemente irreconciliables.


La primera edición del libro fue publicada en el año 2001 bajo el sello Random House, es decir, hace ahora siete años que ese texto fue lanzado en formato papel, bajo copyright, a las librerías. Los contratos de edición, como es conocido, estipulan un periodo de tiempo dentro del cual el sello editorial adquire el derecho de explotar con exclusividad -un privilegio similar al que en los siglos XV-XVIII la corona concedía a los libreros-impresores para vender sin competencia los textos que se les encomendaban- y no es costumbre, hoy en día, que ese contrato se extienda por un periodo de tiempo superior a 7 años, al menos en casos de autores de la talla de Lessig -precedida su fama por lanzamientos editoriales previos-, o a no ser que la incompetencia de sus agentes -que los tiene- haya permitido un plazo de tiempo superior. Eso quiere decir que, muy probablemente, y aunque esto no sea más que una conjetura basada en la experiencia editorial y en las claúsulas contractuales de los contratos de edición, que la liberación voluntaria haya coincidido con una liberación forzosa.

De esta constatación, que no encierra crítica larvada de ningún tipo (vaya por delante, para los suspicaces), se desprenden varias conclusiones provisionales:

1. Los editores no son, como muchas veces se confunde, los privilegiados de la extensión temporal de la vigencia de los derechos de propiedad intelectual, porque en los contratos queda claramente estipulado el periodo de tiempo dentro del cual pueden arrogarse la exclusividad de su explotación, plazo fuera del cual dejan de tener potestad alguna sobre ese contenido.
2. Si Lessig eligió, voluntariamente, publicar su libro hace siete años en un sello editorial, cabe conjeturar que lo hiciera por varias buenas razones: por un afán legítimo de lucro; por la confianza que depositara en el gigante editorial para que difundiera y propagara su libro en las mejores condiciones posibles, comerciales pero, también, promocionales; porque fuera más sencillo hallar en ese momento a sus potenciales lectores en canales que no fueran la red, todavía, quizás, insuficientemente maduro;
3. Todos los campos (leed a Bourdieu, por favor), poseen una lógica propia de la acumulación de los diversos tipos de capital (económico pero, también, simbólico, o cultural, escolar), lo que significa, prácticamente, que en unos impera una especie sobre otra, que en unos es más codiciado y valorado uno que otro. Así, en el campo de producción científico, el capital simbólico que se obtiene mediante el reconocimiento de los pares, es cualitativamente superior a cualquier otro, de manera que la aspiración inmanente a ese campo, que cualquier científico hace suya como imperativo categórico, es la de obtener esa forma de reconocimiento de la comunidad mediante la exposición pública de sus descubrimientos y trabajos. Es decir, la comunidad científica premia a quien muestra su conocimiento. Eso, sin embargo -y siento el preámbulo, pero no puedo dar por conocidas cosas que no lo son-, no ocurre en todos los campos, y puede ser que en el campo de producción literario, en el campo de producción cultural, no hayan concurrido todavía las condiciones necesarias y suficientes para que la libre circulación de las obras constituya algo recompensable mediante el reconocimiento de los demás. Prácticamente expresado: es posible que Lessig, ante esa ausencia de reconocimiento, en unas condiciones todavía inmaduras, eligiera una modalidad de difusión tradicional. No existen lógicas económicas universales, ni tan siquiera en estos asuntos aparentemente similares, sino lógicas económicas propias de los diversos campos de producción (y lo digo aludiendo conscientemente al documento que discutí en una entrada anterior (Comunes y la economía del conocimiento).

4. El campo de producción científico y el campo de producción editorial no son automáticamente homologables. Es cierto que el primero, al tener el imperativo de la difusión como mandato fundamental, haga un uso de las nuevas tecnologías acorde con ese precepto, pero al revés no parece todavía cierto. Acabamos de conocer que 791 universidades europeas acaban de firmar un acuerdo histórico de recomendaciones para la difusión en abierto de los contenidos científicos, un verdadero seísmo editorial, porque, ¿qué puede detener ahora a las universidades para hacerse con el pleno control editorial de su propia producción?

5. Lessig realiza, y lo digo sin asomo de ironía, una tarea heroica, porque está contribuyendo de manera fundamental a crear las condiciones necesarias, en el campo de producción cultural, para que la libre circulación adquiera el estatuto que tiene dentro del campo científico. Lo ha hecho, eso sí, cautelarmente, paso a paso, haciendo uso de lo que la legalidad le concede, que es la potestad plena sobre su propia obra, pero la ha liberado cuando lo ha creído oportuno, no antes.
6. El debate, en consecuencia, sobre la extensión temporal de la propiedad intelectual y su posible impropiedad adquiere tonos, a mi juicio, distintos y matizables: no son los editores, ya lo ha dicho, quienes se benefician de esa extensión. Quizás los herederos, caso de que tengan algo que hereder, y seguramente, sobre todo, las entidades de gestión colectiva, que suman la recaudación de millares de pequeños autores y amasan, con ello, fortunas considerables, sin que se hayan establecido mecanismos lo suficientemente transparentes de control y reparto de esas cantidades. Es cierto que muchas obras quedan perdidas en el mar de la orfandad, sin derechohabientes reconocibles o autores localizables, y ahí hace falta una verdadera ley de la propiedad intelectual que introduzca una claúsula clara sobre su uso, gestión y posible compensación. Es una tarea pendiente que deberemos suplir con las recomendaciones internacionales del IFFRO, seguramente. Y cada vez me parece más obvio, como Lessig ha demostrado, que el problema no es el copyright en sí mismo, porque el autor siempre tiene la potestad de utilizar una licencia de explotación diferente, cercana al creative commons, sino el uso que el autor haga de los derechos que le asisten, y de lo que se trata, en consecuencia, es de imbuir a los autores, a los científicos, a las universidades, a las entidades públicas, a cualquiera que tenga que ver con la creación y difusión de los contenidos científicos y, quizás, culturales, de los beneficios que pueden derivarse del uso cabal de esas nuevas licencias. Y quizás, así, consigamos liberar la información libre.

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Comentarios

¿Hay algo tangible que permita imbuir ese pensamiento, ya convertido en certeza? ¿Hay estudios que (de)muestren los beneficios, de todo orden (para el autor, el productor, el lector, el conocimiento y la creación, y la sociedad) de la flexibilización del copyright y de la apertura de contenidos? ¿Hay algo, más allá de lo filosófico, que induzca a todas las partes a superar sus miedos, reticencias y a sustituir las políticas editoriales del pájaro en mano?

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