La librerÃa como resistencia
Me resulta difÃcil imaginar el año 1918 en Moscú, tan solo un año después de la Revolución de Octubre, con la incertidumbre y el temor provocado por los soviets, las prohibiciones al comercio privado, la enajenación sistemática de la propiedad privada -de las valiosÃsimas colecciones de libros, en este caso, que la burguesÃa y la nobleza poseÃan, claro-, la grisura homogeneizante de la cultura revolucionaria, la amenaza creciente de una Guerra Civil cada vez más cercana. En estas condiciones, un puñado de intelectuales se empeñó en fundar y abrir una librerÃa en Moscú, la LibrerÃa de los Escritores.

Las ediciones de la librerÃa La Central en coedición con Sexto Piso, sacan a la luz un texto para bibliófilos impenitentes o apasionados de la historia del libro, la LibrerÃa de los Escritores, en el fondo la glosa de la librerÃa como resistencia, la librerÃa como acto de indocilidad y rebeldÃa, como desobediencia civil contra la crueldad enajenada de una revolución desaforada y sanguinaria, como nos relatara antes Shentalinski en Esclavos de la libertad. Los archivos literarios del KGB.

Recojo, con generosidad, un fragmento del libro en el que se nos dibuja la variedad de los tipos y caracteres que allà se reunÃan en torno al unánime propósito de resistir pacÃficamente haciendo del libro su escudo y su divisa: “llegará el momento, espero, en que yo -o alguien más- tenga ocasión de evocar los distitnos tipos de nuestros proveedores y clientes. Entonces hablaremos de esos viejos profesores que primero nos traÃan los libros que no necesitaban, luego los tesoros de sus bibliotecas, luego baratijas sin ningún valor, luego algún libro ajeno que les habÃan dejado en depósito… Mencionaremos también a las damas que llegaban con novelas francesas, a los adolescentes que se despedÃa de la literatura de su infancia, a los coleccionistas que, libro tras libro, nos entregaban aquello que habÃa dado sentido a sus vidas, a los libreros de viejo que acudÃan a respirar un aire familiar, a los nuevos ricos que nos compraban los “libros-divisas” invirtiendo asà un dinero que se devaluaba rápidamente, a los obreros que compraban para un club, a los conocedores que pasaban amorosamente las páginas de un raro ejemplar, al intelectual tozudo que querÃa vivir a toda costa del alimento espiritual, cuando los intereses del mundo circudnante se reducÃan a un libra de harina y una decena de arenques soviéticos. Tuvimos clientes que nos visitaba a diario, si no para comprar, por lo menos para pasear junto a los anaqueles, deleitarse con los libros, encontrarse con ellos [...] HabÃa muchos que simplemente venÃan para hablar -de filosofÃa, de literatura, de arte-. Por la tarde, nuestra librerÃa más bien parecÃa un club adonde cientÃficos, literatos y artistas acudÃan para verse, para conversar, para aliviar el alma del prosaÃsmo de la vida cotidiana de aquel entonces”.

Es muy posible que ese espacio de resistencia sea irrecuperable, que existan nuevos y diversos espacios de socialización e intercambio de ideas y opiniones, entre ellos Internet, pero, ¿serÃa demasiado iluso pensar en un nueva librerÃa que recuperara aquellos valores del encuentro y la discusión bajo el amparo y la tutela de los libros?
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Comentarios
Me temo, Juanjo, que en este caso sé lo mismo que vosotros: que no siempre quien dirige una empresa cultural es consciente, al adquirirla, de los riesgos inherentes a una inversión de este tipo; que solo el amor al libro justifica soportar un trabajo tan arduo y escasamente compensado; que asistimos a una contradicción irresoluble en muchos espacios comerciales dedicados al libro: intentar maximizar los márgenes de beneficio si no a costa de obtener mayores descuentos de los editores, a costa de deshacerse de los pocos libreros auténticos que quedaban; que en esta dinámica, la librería como espacio de encuentro ya no existe, sino que se convierte, en la mayoría de los casos, en un espacio de exposición acelarada de nuevas mercancías; que cada vez, por tanto, habrá menos criterio en la exposición de los libros, porque la única característica que distingue a unas de otras es el criterio del librero, el filtrado que realiza de la mercancía que le llega, no necesariamente obligado, o no sólo obligado, por criterios comerciales… En fin, que mi pregunta era al mismo tiempo retórica y utópica, intentando explorar las posibilidades de que un espacio así volviera a existir. Y no sé si Fuentetaja volverá a ser lo que fue.
Para mí que son los propios editores los que se están cargando a la librería independiente.
Las grandes superficies suelen tener un descuento que supera en un 50% al de las librerías normales. Es decir que si una librería tiene un 30% con un proveedor, Fnac, Corte Inglés, Carrefour… etc. tienen un 45%. Encima se le admite que compre solamente "lo que se vende" y no se complique con el libro "que no se vende", cuya exposición cuesta dinero al pequeño/mediano librero.
Y eso no sólo se consiente, sino que se cede, se justifica y se acepta.
Creo que el problema de Fuentetaja está mal comunicado porque, habiendo leído casi todas las noticias aparecidas al respecto, todavía no tengo claro el motivo de la huelga ni el contenido de las reivindicaciones. Sé que se produjo un despido a causa de una protesta por la línea de la nueva librería, pero poco más.
El ritmo lo marcan las grandes superficies, las cadenas y las librerías, Fuentetaja incluída, tienen que intentar adaptarse a esos compases con el doble esfuerzo de incrementar la marcha y no perder bagaje y valor.
Los autores, muchos de los autores y de todos los tipos (no sólo los de best-sellers o de autoayuda) tienen mucha culpa, pues exigen a los editores estar presentes en el Corte Inglés y en Eroski, por poner un ejemplo cercano y conocido. El descuento que el editor debe hacer a estas grandes superficies, que están acostumbradas a cobrar por ceder espacios (véanse las secciones de perfumería, confección.. etc. o los escaparates de las librerías de El Corte Inglés) repercute negativamente sobre la posibilidad de que el librero obtenga mejores condiciones comerciales.
Están matando a la gallina de los huevos de oro y parecen no darse cuenta.
Estimado Joaquín, soy gerente de una pequeña/mediana librería de Málaga, he dado por casualidad con tu blog y he de decirte que coincido plenamente con la lectura que haces del panorama actual de las librerías de corte vocacional, frente a los megastores de libros injustamente llamados librerías, es al menos reconfortante encontrar personas con las ideas claras al respecto.
Un saludo












Joaquín,
Supongo que sabes ya lo que está ocurriendo en esa entrañable librería (al menos para mi) que es Fuentetaja. No he podido parar nunca para hablar por los huelguistas ya que estaban rodados de personal. Jesus dejó aquello y lo preside de forma testimonial. Sería una pena perder una librería como esta y en local que ocupa ahora.
Si sabes algo te agradecería que nos lo contaras a los muchos madrileños que con mayor o menor frecuencia comprábamos allí.
Saludos
Juanjo Ibáñez