Fedro ante la pantalla

A través del blog de Juan Varela, Periodistas 21, descubro el revelador estudio recientemente publicado por Jakob Nielsen sobre lectura en la web. Los datos que aporta respaldan una sospecha hasta ahora muy extendida pero sin contrastación empírica. Ahora sabemos ya, efectivamente, que en el mejor de los casos, entre una muestra de lectores de alta capacidad intelectual, acostumbrados a leer simultáneamente en varios soportes, a lo sumo se leen el 28% de las palabras que un texto contiene, porcentaje que debe disminuirse drásticamente, como el propio Nielsen indica, si pensamos en un público de menor edad, escolar. Ese 28%, además, no es más que una bienintencionada abstracción, porque, en realidad, la mayoría de los lectores de una página web gastan el tiempo de permanencia en la página que visitan comprendiendo las reglas de composición, los rasgos de la navegación, la disposición de las imágenes y, por último, el texto que contenga. Si a eso añadimos que los botones más utilizados por los usuarios de una página web son, por este orden, los hiperenlaces que el texto contenga, los botones de funcionalidades inscritos en la página y el botón de regreso del navegador, acordaremos que la lectura que se practica en la web -fragmentaria, inconclusa, ramificada-  nada tiene que ver con la lectura tradicional y que se está produciendo una extraordinaria mutación silente de nuestras más altas capacidades cognitivas. Fedro sabía mucho de esto…


Fedro fue uno más de los sparring que Sócrates tuvo para, en esa supuesta construcción dialógica del conocimiento que son los diálogos Platónicos -diálogos paradójicos, porque son la transcripción alfabética de la sabiduría oral, en un acto de traición imborrable de Platón hacia Sócrates-, llegar a la conclusión de que tanto los libros como soportes silentes de las palabras como la propia invención del alfabeto, constituían dos artefactos deleznables, muy inferiores a lo que la tradicional transimisión y construcción oral del conocimiento entreñaban. No sé cuántos años tendría Fedro, pero me lo imagino como un joven estudiante deseoso de satisfacer a su persuasivo mentor, en esa relación homofílica fomentada por los griegos, escuchando la cháchara crítica de su profesor mientras seguía sentado ante la pantalla de su ordenador…

En el Fedro puede leerse: “El que piensa transmitir un arte, consignándolo en un libro, y el que cree a su vez tomarlo de éste, como si estos caracteres pudiesen darle alguna instrucción clara y sólida, me parece un gran necio y seguramente ignora el oráculo de Ammon, si piensa que un escrito pueda ser más que un medio de despertar reminiscencias en aquel que conoce ya el objeto de que en él se trata”. Y Fedro, seguramente entretenido mientras seguía mirando la pantalla de su ordenador, descuidadamente, contestó: “Lo que acabas de decir es muy exacto”.

Pretendo señalar con esta analogía histórica que seguramente nos estemos comportando como Sócrates cuando críticamos el surgimiento de un nuevo tipo de soporte que requiere y demanda una nueva forma de lectura que, a su vez, entraña nuevas competencias cognitivas, mientras a Fedro le da exactamente igual lo que digamos, absorto en la contemplación de su pantalla, satisfecho con un tipo de lectura descoyuntada, incompleta, desordenada, anárquica, que no le proporciona más que una pátina delgadísima de conocimientos superfluos, aunque, como ya recriminaba Platón a los jóvenes logocéntricos, “se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables”.

Según ha corroborado definitivamente Nielsen, la lectura ha dejado de ser lo que era, y por más que intentemos evitarlo, será ya imposible retrotraernos a épocas anteriores. Lo que sí cabe hacer es lo que Maryanne Wolf y otros neurolingüistas han recomendado ya de manera enfática: Fedro no va a cambiar, es joven y querrá utilizar los medios que su época pone a su alcance, así que esforcémonos por desarrollar cerebros bitextuales, es decir, sigamos cultivando la lectura tradicional porque nos asegura que nuestras competencias cognitivas habituales seguirán manteniéndose (abstracción, anticipación y planificación, inferencia, etc.), y acompañemos y tutelemos el uso y aprendizaje de las nuevas tecnologías por parte de nuestros hijos, porque hoy está comenzando a gestarse un nuevo tipo de cerebro, el cerebro digital.

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Today, we cannot spend as much time on a letter heading or other piece of jobbing as was possible even in the nineties."

Jan Tschichold

"Asymmetrische Typographie" (1935)

[...] muy estrechamente la manera en que procesamos y comprendemos las cosas que leemos? Sabemos -y no es la primera vez que lo escribo- que el área cerebral por medio de la que se distinguen los signos que conforman las letras, con [...]

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