El futuro digital de las librerías y la reconversión del sector editorial

Hace ahora justo un año escribí una entrada en la que premonizaba la adopción, en algún momento no demasiado lejano, de la Espresso Book Machine, un maquina de impresión digital de pequeño formato, avalada por la empresa OnDemand Books y por Jason Epstein, capaz de elaborar en pocos minutos un libro impreso y encuadernado en rústica en el punto de venta, valiéndose de la base de datos de títulos digitalizados que los editores quisieran poner a su disposición. Hoy, dentro del plazo razonable en el que los vaticinios se cumplen, la cadena de librerías Blackwell, del Reino Unido, ha anunciado su instalación a partir del otoño en 60 fililiales.


Hace menos de un mes lo volvió a ratificar Epstein en el Wall Street Journal, en un artículo titulado Books have a bright future and not just a digital one: “la idea de que los libros pueden ser almacenados y transmitidos digitalmente y que, por eso, necesariamente, deberán ser leídos en pantalla, es una falsa inferencia que se sigue de la falta de datos. La digitalización e Internet eliminarán la cadena tradicional de suministro en la que el inventario físico es almacenado y, después, distribuído a los puntos de venta. En lugar de eso, dispondremos de un fondo multilingüe que residirá en algunos sitios web [...] desde los que se transmitirá bajo demanda tan rápidamente como ocurre con un correo electrónico a servidores web descentralizados desde los que los archivos serán convertidos a libros de bolsillo de calidad mediante máquinas de impresión bajo demanda”.

En un reciente artículo aparecido en The Bookseller, el CEO de Blackwell, Vince Gunn, declara: “Desde el punto de vista del vendedor, incluso admitiendo que se trata de la primera generación de máquinas y que representa retos para el editor, es una oportunidad fantástica: vender bajo demanda sin ningún riesgo de inventario y con la oportunidad de generar unos ingresos progresivamente incrementados para nosotros y para los editores”.

A nadie que esté en este negocio se le escapa que esta es una solución tan efectiva y plausible como larga y tenazmente aplazada. La reconversión del sector editorial y, con él, de la industria gráfica es, simplemente, ineludible, aunque las resistencias sean comprensibles y los cambios, en algunos subsectores, traumáticos. Pero, ¿cómo seguir justificando millones de libros inmovilizados en el almacén, millones de libros devueltos, tiradas arbitrarias innecesariamente hinchadas, gasto injustificable de materias primas, mantenimiento de una costosísima red de comercialización y distribución, libros inencontrables, agotados y nunca más reimpresos, pérdida del patrimonio cultural, cuando existe una solución, relativamente simple, que permite ya, mediante leasing, adquirir unas máquinas conectadas a una base de datos con las que imprimir a una velocidad de ochenta páginas por minuto (en la versión 2.0) y cubiertas a cuatro colores los libros que los lectores demandamos?

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