250 millones de libros

Me siento tentado a realizar la misma operación aritmética que se le atribuye, quizás falsamente, a Manuel Vázquez Montalbán, cuando parece que propuso que en España todos los libros eran leídos y consumidos por 50.000 lectores. Ahora que la Federación de Gremios de Editores de España publica los datos de la encuesta de Comercio Interior del Libro 2007 y sabemos que se han vendido 250 millones de libros, casi un 10% más que el año anterior, tengo la irresistible tentación de realizar la división: esos 50.000 lectores enumerados por mi venerado Vázquez Montalbán deberían haber adquirido cada uno de ellos y quizás leído 5000 libros. Aún siendo un rendido admirador del irrepetible Montalbán, creo que su teoría de la concentración lectora no se aviene bien con los datos de esta encuesta.

Por una vez, y sin que sirva de precedentes, puede que  los datos puedan interpretarse con un optimismo moderado: aún cuando a precios constantes no quepa hablar de bonanza sino, más bien, de pérdida progresiva de ingresos, lo cierto es que se han vendido un 10% más de libros, lo que significa 25 millones más de libros. Cabe conjeturar, además -porque la explotación estadística no es tan precisa al respecto-, que algo menos de un cuarto de ese incremento corresponda a literatura, es decir, que se haya tratado de libros que hayan ido a parar a las manos de lectores más o menos regulares, más o menos reticentes, que en resumidas cuentas esa cifra refleje el leve incremento de personas que se reconocen lectoras. Una buena noticia, sin duda, se trate de best-sellers estacionales que hayan coincidido en las fechas de las encuestas, se trate de una afición lectora más sostenida y refinada.

El 25% del aumento, en todo caso, corresponde a libro de texto no universatario, a un mercado muy maduro y con escasos visos de crecimiento, que agota sus últimos cartuchos ajustándose a los periodos de implantación de la primaria y la secundaria. Ahora que esos tramos de educación obligatoria están ya cubiertos y que la gratuidad de los libros de texto es casi una realidad universal, las editoriales recorrerán, seguramente, un largo camino a través del desierto de las compras. La reinvención digital, además de un imperativo pedagógica, será una necesidad comercial. Mientras tanto, sin embargo, las grandes editoriales que se asientan tradicionalmente sobre el texto han alcanzado magníficas facturaciones estacionales. De hecho, las grandes empresas, que representan el 4% del grueso del tejido editorial, han facturado el 63.5% del total, y en buena medida se ha debido a la caja realizada mediante la prescripción educativa.

Hablando de concentración, los grandes cada vez lo son más y su cifra de facturación sobre el total, aunque no haya crecido en los últimos años desaforadamente, tampoco ha decrecido. Los pequeños siguen surgiendo, con más vocación que conocimiento, pero los que quedan persisten con con fortaleza y sabiduría.

Las librerías y cadenas de librerías -contra todo pronóstico, me atrevería a decir-, parecen seguir siendo los canales predilectos de los compradores, de manera que su importancia y pervivencia parecen demostradas y necesarias: el 47% de la facturación se sigue produciendo en esos espacios, de ahí la trascendencia de persistir en la política del precio fijo del libro, para que la capilaridad del tejido comercial y la diversidad de la oferta, no se pierdan.

Por último, nuestras exportaciones mejoran, en un momento especialmente delicado en la confrontación de las divisas: para mí, sigue siendo sorprendente que Francia, Inglaterra e Italia, dentro de Europa, estén entre los primeros importadores, algo que solamente puede significar -habiendo decaído la venta de coleccionables-, que nuestra literatura tiene cierto auge y es apreciada. En Hispanoamérica, México, Argentina y Brasil destacan sobre el resto -en Brasil corren los grupos abriendo oficinas para aprovecharse del tirón de la demanda-, y Estados Unidos, aunque moderadamente, sigue siendo la gran promesa comercial aplazada.

Ojalá la buena salud momentánea no se confunda con fortaleza inamovible ni con inmunidad infinita.

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