Edición en abierto

Mañana comienza a celebrarse en Brisbane (Australia) la Open Access and Research Conference 2008, encuentro internacional de enorme trascendencia, porque la edición en abierto ya no solamente consiste en un conjunto de iniciativas descoordinadas y asistemáticas de grupúsculos tecnoutópicos (como algunos podrían pensar, entre ellos algunos editores que siguen propalando la idea de que el conocimiento que se distribuye gratuitamente no puede llamarse conocimiento o algunos académicos que recelan de otras instancias acreditadoras que no sean las ellos mismos controlen), sino en la creación y difusión del conocimiento compartido para la humanidad entera mediante el uso y gestión de plataformas electrónicas y protocolos de comunicación comunes.


A este encuentro le precedió lo que a mi juicio puede representar un punto definitivo de no retorno en las estrategias de comunicación científica mundial: la Fraunhofer Gesselschaft, una de las mayores redes de centros de investigación en el mundo, equivalente en importancia al Max-Planck Institut (sobre cuya declaración basa su requisitoria actual, Berlin Open Access Declaration), ha convertido en obligatorio, en deber imperativo, “que los datos cietíficos y los descubrimientos de la investigación sean dados en abiertos y se pongan inmediatamente a disposición pública”, como reza el documento Open Access Policy recientemente dado a conocer.

Para que ese paso se haya dado, para que “las versiones a texto completo de todos los papers y artículos escritos por sus empleados sean puestos a libre disposición en las plataformas digitales internacionales”, ha debido fraguar una convicción que muchos teníamos pero que otros tantos se resistían a reconocer: que la ciencia solamente es posible mediante su construcción colectiva y que cualquier hallazgo o aportación se basa, irremediablemente, en el conocimiento previo, por lo que cualquier invento, cualquier descubrimiento, dista mucho de poder considerarse como propiedad exclusiva, privativa, de quien lo haya realizado. Las leyes de la propiedad intelectual, como cualquier constructo teórico humano, se basan sobre suposiciones que se pretenden demasiadas veces indiscutibles, pero que no son otras, en este caso, que las del mito romántico del autor como héroe ingénito, como hacedor solitario. Nada en la ciencia indica que pueda seguir manteniéndose ese supuesto engañoso, menos aún cuando la tecnología nos ayuda a enredar nuestros conocimientos aún más y a difuminar más todavía si cabe la idea del descubridor sin génesis. “La innovación es imposible”, se lee en la declaración, “a menos que los investigadores estén dispuestos a compartir nuevo conocimiento tan pronto como haya sido establecido”, dicen las autoridades científicas alemanas.

Puede que me pase de crítico y que alguna de las inciativas que se están llevando a cabo en España sean el indicio o el detonante de una nueva era de la investigación y su comunicación (véase el trabajo de UPC Commons o de Digital CSIC), pero la aceptación y la extensión del movimiento me sigue pareciendo tibia y aguada, muy lejos del carácter “mandatorio” (sé que es un anglicismo intolerable, pero me parece incluso más conminativo que su traducción por obligatorio) de las grandes instituciones que hacen y respaldan la investigación internacional. Demasiados recelos, incomprensiones de los mecanismos de difusión y acreditación del conocimiento, temores a perder las insignificantes atribuciones que un puesto académico confiere, pero no tardará demasiado tiempo en que todo eso cambie (y de que los blogs científicos se conviertan en una poderosa herramienta de investigación y comunicación).

El miércoles 17 de septiembre, en una carta abierta al Congreso de los Estados Unidos, 33 Premios Nóbeles firmaron una petición que es una declaración incontestable:

For scientists working at the cutting edge of knowledge, it is essential that they have unhindered access to the world’s scientific literature. Increasingly, scientists and researchers at all but the most well-financed universities are finding it difficult to pay the escalating costs of subscriptions to the journals that provide their life blood. A major result of the NIH public access initiative is that increasing amounts of scientific knowledge are being made freely available to those who need to use it and through the internet the dissemination of that knowledge is now facile.

The clientele for this knowledge are not just an esoteric group of university scientists and researchers who are pushing forward the frontiers of knowledge. Increasingly, high school students preparing for their science fairs need access to this material so that they too can feel the thrill of research. Teachers preparing courses also need access to the most up-to-date science to augment the inevitably out-of-date textbooks. Most importantly, the lay public wants to know about research findings that may be pertinent to their own health diagnoses and treatment modalities.

The scientific literature is our communal heritage. It has been assembled by the painstaking work of hundreds of thousands of research scientists and the results are essential to the pursuit of science.

Y una última advertencia (con amonestación incluida a los editores), que muchos quisiéramos extendida entre nosotros:

The current move by the publishers is wrong. The NIH came through with an enlightened policy that serves the best interest of science, the scientists who practice it, the students who read about it and the taxpayers who pay for it. The legislators who mandated this policy should be applauded and any attempts to weaken or reverse this policy should be halted.

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