Paradojas de la lectura

Ayer 21 de octubre se comenzó a vender en las libreráis norteamericanas y del Reino Unido el libro titulado Hitler’s Private Library : The Books That Shaped His Life., una obra en la que se narra de qué manera inexplicable puede religarse la sensibilidad literaria y la más abyecta pulsión homicida. Esta paradoja de la aleación indescifrable entre lo literario y lo criminal es la que destacan algunos escritores, preguntándose hasta qué punto la lectura es buena, o siquiera recomendable, hasta qué punto los libros refinan la sensibilidad o nos hacen mejores, más comprensivos, más humanos, y no todo lo contrario, bestias sádicas e insensibles.


Luisgé Martín -uno de nuestros mejores y, sin embargo, más clandestino de nuestros escritores- planteaba en el mes de agosto, en uno de los suplementos culturales de la prensa nacional, si leer servía para algo bueno: “No quiero hacer menosprecio de corte y alabanza de aldea”, dice, “y ni siquiera estoy seguro de si soy abogado de dios o del diablo, pero desde hace años tengo la sospecha de que la lectura es menos benéfica de lo que se proclama continuamente con altavoces y pregoneros. O incluso que es dañina, que resabia”.

Puede, efectivamente, que la invocación a los placeres estéticos y a los disfrutes espirituales sea un exordio falaz, insuficiente, que se alcanza, en todo caso, tras un esfuerzo previo considerable y que en ningún caso es suficiente, aunque quizás sí necesario, para construir una personalidad o un entendimiento ecuánime y equilibrado, inteligente e ilustrado. Algunos de los grandes escritores que vivieron los campos de concentración ahondan dolorosamente en esta paradoja irresoluble: lo hizo Semprún en el iniguable La escritura o la vida o, más tarde, Günter Grass en Escribir después de Auschwitz, tomando su título de la impositibilidad de la escritura tras el horror nazi que Adorno puso de manifiesto.

Quizás, por eso, debamos ceñirnos a las competencias intelectuales que la lectura propicia -sin renunciar, por eso, al innegable placer estético que, como culminación, proporciona-, y que están recogidas y bien sintetizadas en el libro que J. A. Marina publicó hace ahora tres años:

En La magia de leer se nos recordaba lo que tantos filósofos, lingüistas y especialistas llevan diciendo durante decenios: somos seres parlantes y nuestra inteligencia es lingüística, de manera que cultivarla significa leer; de hecho, nuestro cerebro está configurado de manera que podríamos denominarlo, como si se tratara de un sinónimo, como cerebro lector; somo seres simbólicos y nuestra cultura, hecha con signos y significados, crece sobre el sustrato de las palabras, palabras que adquirimos en la lectura en voz alta que nuestros padres comienzan a practicar durante nuestra niñez, a la cabecera de nuestras camas; somos seres sociales, políticos, vivimos en sociedad, y el diálogo es el fundamento de la convivencia, la conversación hecha con palabras el sostén de nuestra sociedad.

Leamos, pues, porque es inevitable e irreversiblemente el ejercicio que pone a punto nuestra inteligencia, que construye nuestro cerebro, que hace nuestra cultura y nuestra convivencia posibles, aunque haya quienes, en todas las épocas, la mancillen y la pisoteen. (Lo siento, Luis, pero no podía estar de acuerdo…)

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