El gran momento de las bibliotecas

Hoy 24 de octubre se celebra el día internacional de las bibliotecas y, como en esa gran novela de Juan García Hortelano, El gran momento de Mary Tribune, quizás conviniese que hablásemos del gran momenot de las bibliotecas para intentar conjurar las múltiples amenazas que sobre ellas se ciernen, para intentar concitar las voluntades de sus imprescindibles profesionales, los bibliotecarios.


Las bibliotecas son, sin lugar a dudas, el cráneo de nuestra cultura, no se me entienda mal, no hablo de sepultura o catafalco o recinto cerrado sino, al contrario, el receptáculo vivo donde nuestra cultura se desenvuelve. Como tantas otras profesiones, sin embargo, en los últimos años es posible que la disposición de los bibliotecarios haya oscilado entre la adhesión acrítica a las nuevas tecnologías y el uso indiscriminado de buscadores comerciales y su rechazo visceral, por incrementar el apego a las viejas y tranquilizadoras evidencias que proporciona la ordenación del mundo a través de los ficheros, de sus materias, topografías y etiquetados.

¿Cómo buscar un camino intermedio entre la Escila de la estricta modernidad y la Caribdis de los valores tradicionales? ¿Cómo sacudirnos, por una parte, determinadas dependencias tecnológicas asumidas sin prejuicio alguno, como el uso indiscriminado de Google, que aboca al cierre de muchas bibliotecas escolares en el Reino Unido bajo el argumento falaz de la redundancia de unos servicios que pueden encontrarse, gratuitamente, en la red? ¿Cómo evitar, por otro lado, la invocación de Arcadias predigitales en las que solamente existan los compartimentos estancos de los ficheros, las baldas y las bases de datos especializadas e inaccesibles?

Mediante una nueva aleación hecha de profundo conocimiento de las nuevas tecnologías y plena conciencia de la trascendencia de la cultura escrita tradicional. Me explico, brevemente: el bibliotecario del siglo XXI debe procurar utilizar tecnologías de código libre, que aseguren la interoperabilidad de todos los sistemas y, por tanto, la localización y recuperación de la información, que debería circular sin cortapisas, al margen de los servicios que los buscadores comerciales puedan proporcionar, porque ninguna dependencia tecnológica ha sido nunca buena. Además, su papel como formadores informacionales y precursores digitales de los jóvenes de la generación google, es indispensable, porque como ponen de manifiesto los estudios más conspicuos sobre el asunto (Information behaviour), el uso de las nuevas tecnologías no es en absoluto sinónimo de alfabetización informacional suficiente. Por otro lado, los bibliotecarios deberán ser temerosos y cautos conservadores de la cultura escrita impresa en papel, no por mero afán arqueológico, sino porque la lectura en ese soporte genera un tipo de significado enteramente distinto al que se engendra en un soporte digital que favorece una lectura horizontal y fragmentaria muy distinta. Es decir: deberán conservar todos los testimonios de la cultura escrita, allí donde se encuentren, sea cual sea la forma que hayan adoptado, sea cual fuere el soporte en el que se hayan encarnado, porque cada uno de ellos generará un tipo distinto de racionalidad.

Un gran momento, decisivo, para los bibliotecarios y las bibliotecas, expertos usuarios de las tecnologías digitales, tutores y preceptores informacionales, custodios y guardianes de todas las expresiones de la cultura escrita.

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