¿De qué hablamos cuando hablamos de un libro?

La definición de “libro” que hasta no hace mucho tiempo proporcionaba el diccionario de la RAE era parca y sucinta, apegada al papel: “Conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen”. En su vigesimosegunda edición, sin embargo, se abre a la posibilidad de que la obra se encarne en otro soporte, que sea impresa en un material distinto al papel: “Obra científica, literaria o de cualquier otra índole con extensión suficiente para formar volumen, que puede aparecer impresa o en otro soporte”. Para que no quede ninguna duda, los académicos proporcionan el siguiente ejemplo: Voy a escribir un libro. La editorial presentará el atlas en forma de libro electrónico. La definición que la Ley del Libro, de junio de 2007, proporciona, optó, también, por la flexibilidad, quizás por la laxitud: “Libro: obra científica, artística, literaria o de cualquier otra índole que constituye una publicación unitaria en uno o varios volúmenes y que puede aparecer impresa o en cualquier otro soporte susceptible de lectura”.


Cualquier soporte puede ser propiamente, según esas definiciones, un libro, pero si escuchamos a Chartier, es posible que esa flaccidez de la definición debiera corregirse y atribuirse, exclusivamente, al objeto tradicional: el significado de un texto depende de su expresión formal o, dicho de otra manera, el sentido de un texto depende de su expresión material, de las formas y soportes materiales que determinan su lectura, de los dispositivos que encarnen la materialidad de la escritura. Un libro electrónico no es, propiamente, un libro en papel, ni siquiera un libro tal como lo entendemos, porque propicia un tipo de lectura completamente distinto. De hecho, el libro tradicional en papel no es otra cosa que un códice hecho de materiales distintos, pero hereda su estructura, el conjunto de sus dispositivos textuales y, sobre todo, la manera de leerlo. Hablando en propiedad, y si realmente admitimos que el medio es el mensaje, que el medio y la modalidad de lectura que propicia, genera un significado distinto del mensaje que contiene, no deberíamos quizás calificar como libro a algo que no lo es.


La empresa Polymervision, especializada en el desarrollo de papel digital basado en polimeros, ha lanzado un modelo plegable de dispositivo digital polivalente, no dedicado, que puede utilizarse para leer contenidos de toda naturaleza, telefonear o gestionar la agenda de contactos y asuntos pendientes. Los fabricantes le llaman Readius, el lector electrónico de bolsillo, aventajado competidor en el mercado de los libros electrónicos a los hace referencia.

En julio de 2008 el articulista de The New York Times que pretendía describir un objeto tan escurridizo como el Readius, tituló su artículo: “El papiro electrónico: el libro digital, desplegado”. En ese título se condensa, seguramente, toda la confusión, desconcierto y simple embrollo que genera la discusión en torno a la convivencia de los soportes que parecen acechar al libro. El Readius no es un papiro, aunque se extienda, y si lo fuera no podría ser sinónimo de libro; si fuera libro no sería papiro y si es un soporte digital multivalente, no es un libro, que tampoco es un papiro, en todo caso un códice modernizado.

La discusión sobre la definición de lo que es o no es un libro no es simplemente la resurrección de un debate bizantino sino un punto fundamental que atañe, al menos, a tres dimensiones: la cognitiva, la jurídica y la económica. El tipo de lectura y, por tanto, de racionalización que practicamos en un libro -sucesivo, procesual, recogido, reflexivo-, no es el mismo que practicamos en un soporte digital que invita a la lectura horizontal, fragmentaria, apremiante. Desde el punto de vista jurídico, es posible que un texto sobre un dispositivo digital no pueda ser considerado como libro y, si eso fuera hipotéticamente así, no tendría por qué estar sujeto a las regulaciones que la Ley del libro establece. Si jurídicamente no fuera un libro, no tendría por qué sujetarse a la ley del precio fijo.

Esta discusión de principios y definiciones, fundamental, es la que llevan manteniendo semanas, antes y después de Frankfurt, los editores alemanes, con argumentos a favor y en contra. Y, entre nosotros, ¿de qué hablamos cuando hablamos de un libro?

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Este ingenioso video muestra una visión futurista de los libros

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