Editar en tiempos de gigantes
Hoy hemos atisbado todos los que nos dedicamos al libro un rayo de esperanza en la justa recompensa que han recibido un grupo de pequeños y jóvenes editores independientes. Podrá discutirse hasta la saciedad si no habría más editores independientes que hubieran merecido un reconocimiento similar, pero desde luego, en este caso, son todos los que están. Contexto, tal como ellos mismos anunciaban en su página promocional, “nace de la iniciativa de las jovenes editoriales independientes Libros del Asteroide, Barataria, Global Rhytm, Impedimenta, Nórdica, Periférica y Sexto Piso con el objetivo de promover conjuntamente sus catálogos y desarrollar, a través de muy diversas iniciativas, otros proyectos relacionados con el mundo editorial”. Hoy han recibido el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial 2008.
En el año 2002 la editorial Archipiélago que yo dirigía junto a Amador Fdez.-Savater, publicamos un número titulado Editar en tiempos de gigantes, un número que trataba de razonar justificadamente sobre la esencia y necesidad de la edición independiente. Como homenaje actual a la vigencia del proyecto de Contexto, y como homenaje postrero (y póstumo) a Archipiélago, rescato la introducción que escribí en aquel número e incluyo de manera permanente, como recurso bibliográfico a disposición de los lectores, las contribuciones de algunos de los más importantes editores nacionales del siglo XX y de algunas otras figuras internacionales: Manuel Borrás, Jorge Herralde, Alejandro Sierra, Mauricio Jalón, Alfredo Ladman, José Antonio Sánchez Paso, Luis Suñén, Constantino Bértolo, Klaus Wagenbach y Bertrand Py.
Claro que existe la edición independiente, vaya esta afirmación por delante como respuesta, por una parte, a los últimos debates y porfías entre editores y empresarios culturales en torno a la vigencia o no de esta concepción del trabajo editorial y, por otra parte, como divisa de este número que Archipiélago dedica a la labor de los editores que entienden su labor como un compromiso cultural e intelectual a largo plazo asumiendo en su trabajo volcado hacia el futuro la creación y formación de sus potenciales lectores y los riesgos inherentes a las inversiones de una empresa cultural incierta, frágil y, a menudo, tentada por valores conservadores y comerciales.
No quiere decir esto, porque se trataría de una simple ingenuidad o de una hipérbole interesada, que la edición independiente sea intrínsecamente una edición de calidad, pero negar su existencia o intentar igualarla a otras modalidades de la edición sería tanto como decir que existe una sola lengua con un único término indiferenciado, y estaremos todos de acuerdo en que desde los orígenes de la lingüística algo quedó, por lo menos, inequívocamente claro: que los términos de un sistema son solidarios pero su valor distintivo proviene y resulta de la presencia simultánea de los otros. Lo mismo ocurre en el campo editorial, cada vez de manera más clara y evidente si cabe: existe la edición de vanguardia, la que defiende, busca y promociona a la vanguardia artística, la que acoge los valores del experimentalismo y las nuevas tendencias, la que explora nuevas vetas –lenguas, geografías, etc.- haciendo en buena medida de la necesidad virtud porque existe la edición comercial basada en la publicación de títulos, autores y temas populares, asequibles, consabidos; existen las editoriales que asumen y aceptan que las empresas culturales son empresas de producción de ciclo largo, empresas arriesgadas y expuestas a la incertidumbre porque existen empresas editoriales que conciben la edición como un negocio de ciclo corto, a un plazo extremadamente breve, en el que las inversiones realizadas deben proporcionar rápidos y crecientes rendimientos; existe por tanto la edición volcada hacia el futuro y la producción de libros basada en la inmediatez, el long-seller y el best-seller que a muchos gusta llamar libro de impacto seguramente porque es agresivo como un arma arrojadiza; existe la edición de obras, como recomendaba Einaudi, que tienen que hacerse su propio público, que salen a la calle con la única fuerza de sus palabras y sus ideas y se abren paso entre la algarabía de las novedades con la voluntad de permanecer porque existe el libro fugaz concebido para satisfacer el efímero interés de un lector que olvidará su contenido con la misma celeridad que desaparecerá el libro de las mesas de novedades.
Entre los dos extremos, entre las dos formas antagónicas de editar, entre la autonomía insensata de una edición independiente que ignora la dimensión económica del proyecto intelectual y el sometimiento incondicional o cínico a los valores estrictamente comerciales y mercantiles de lo editado existen, por supuesto, términos intermedios, más o menos partidarios de una u otra forma de concebir y practicar la edición, más o menos capaces de practicar estrategias de edición mixtas o más bien bastardas, como decía Ernst Rowohlt. En el campo editorial coexiste esa diversidad y, mientras una modalidad no se quiera hacer pasar por la otra o quiera usurpar rasgos o denominaciones que no son los suyos, todo es legítimo y hasta necesario –aunque sólo fuera porque sin una cosa no se puede designar
Todos los que vivimos del libro y para el libro sabemos, no nos engañemos, que el catálogo de un grupo editorial o una editorial grande contiene magníficas obras y descubrimientos, tanto o más interesantes que los que publica un editor independiente, gracias a que alguien sigue manteniendo la firme conciencia de que al lado de un título fácil, superficial y anecdótico –reverencia al patrón, a la cuenta de resultados y esfuerzo por salvaguardar el propio sueldo- cabe forjar un catálogo serio y hasta arriesgado; lo contrario también es cierto: existen malos editores independientes, que ocultan de manera vergonzante sus apuestas comerciales paralelas para sustentar un catálogo sin el mayor interés. Pero si esas dos realidades son innegables, no por eso deja de ser cierto que cuando la lógica financiera se impone en el campo editorial, cuando la independencia de criterio y selección del antiguo editor queda arrinconada por el juicio del último ejecutivo que ha aprendido los diez mandamientos del marketing en un curso a distancia; cuando la “fuerza” de ventas (chocante denominación, seguramente porque para que un libro impacte habrá que lanzarlo con energía) desembarca en las librerías y arrincona o acorrala y asfixia a la oferta de las pequeñas editoriales y abole, de esa manera, toda atisbo de diversidad; cuando la publicidad editorial pretende hacernos confundir el éxito de ventas con la calidad intrínseca de lo vendido, entonces algo se resquebraja.
Y las editoriales se diferencian porque existen, claro está, editores independientes, editores consagrados, editores “consentidos” y gestores con o sin MBA aconsejados por consultores con o sin MBA –como nos recordará Klaus Wagenbach con sarcasmo en su colaboración-, es decir, edición con editores y edición sin editores. Menos de la última de las especies, que tampoco estaría especialmente preocupada por la edición y su futuro y que últimamente parece mostrar signos de cansancio porque parece que esto del libro no da para tanto como habían presumido, en las páginas de Archipiélago volcarán sus reflexiones algunos de los más destacados representantes de la edición contemporánea:
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