Escritores en prisión

De nada valdrían los soportes, los nuevos o los antiguos, si no pudiéramos utilizarlos para expresar aquello que deseáramos y tuviéramos la oportunidad de propagarlo sin restricciones, sin temer por nuestras vidas, por nuestra integridad, por nuestro patrimonio y nuestros allegados. Podemos seguir teorizando sobre las ilimitadas potencialidades de los soportes digitales como plataforma de comunicación irrestricta o sobre la salud rebosante de la industria editorial y de las ferias internacionales donde los intercambios comerciales prevalecen, pero mientras casi un centenar de escritores sigan padeciendo fementidamente en el mundo persecución y encarcelamiento, tortura y escarnio, lo más esencial de nuestras libertades habrá sido también encarcelado.


La asociación internacional con sede en Londres Writer in Prison pretende, gracias a la diseminación de sus voluntarios en más de cincuenta países en todo el mundo, alzar la voz para proteger a quienes han sido injusta e ilícitamente encarcelados mediante argumentos arteros que atentan contra el derecho fundamental de la libre expresión. No es casualidad que la mayoría de encierros y confinamientos se produzcan en aquellos países (Cuba, China, Burna, Turquía) cuyos sistemas políticos, dictatoriales, no admitan la más mínima disonancia o desacuerdo, la más pequeña discordancia con el discurso monolítico del aparato estatal.



Según el informe del año 2008 que Katja Behrens presentó en la última Feria de Frankfrut, durante el año 2007 padecieron casi 900 escritores de diversos quebrantamientos: 18 autores asesinados; presumiblemente asesinados 37; desaparecidos 18; encarcelados 217; procesados 155; detenidos temporalmente 109; amenazados de muerte 231; maltratados 104; secuestrados 4; y la noticia más esperanzadora, gracias, entre otras cosas, a la intervención de la red de Writer in Prison, 94 liberados.



Es posible, sin embargo, que estas cifras sean excesivamente optimistas, y que la realidad cotidiana en los países que conculcan sistemáticamente las libertades individuales sea mucho más comprometida, tal como muestra la página del Independent Chinese Pen Center, que recoge y denuncia el encarcelamiento de 48 escritores; o si consultamos la lista de los escritores recluidos que mantiene el PEN Club de New York.



En los años 90 se construyó el malogrado y espirado Parlamento Internacional de Escritores cuyo órgano de expresión, Autodafe, pretendía, entre otras muchas cosas, generar una red de ciudades refugio donde los escritores hostigados pudieran reconstruir sus vidas. Hoy los nombres de José Luis García Paneque, Normando Hernández González, Huang Jinqiu, Dolma Kyabo tantos otros, siguen diciéndonos que mientras ellos no sean plenamente libres nosotros no lo seremos tampoco, y que mientras no utilicemos la potencia de los medios electrónicos para denunciar el quebrantamiento de sus vidas, todo será chachara digital.

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