Présteme un libro electrónico

Hace pocos días una amiga, bibliotecaria de alto rango con competencias sobre la red de bibliotecas de una Comunidad Autónoma, me comentaba las inusitadas resistencias que encontraba entre el cuerpo de bibliotecarios cuando se formulaba la idea, apenas esbozada, de incluir los libros electrónicos como uno más de los posibles servicios de préstamo. Seguramente, pensarían los bibliotecarios a la defensiva, la introducción de esos espantajos digitales supondría admitir el fin de una época, desistir de la mayoría de las certezas profesionales que han fundamentado un oficio desde el medioevo, renunciar a los supuestos privilegios de quien controla -aunque sea precariamente- la circulación de la información, procurar hacerse imprescindible como mediador -entre quien quiere acceder a la información y quien la dispensa- aún a costa de llegar a ser desterrados del ecosistema digital. Algunos otros bibliotecarios, sin embargo, han optado, felizmente, por incorporar a su oferta el libro electrónico y todos los contenidos anejos que hayan sido generados en formatos digitales.


La Biblioteca Rector Gabriel Ferraté (BRGF) de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC)  ha implementado un nuevo Servicio de Préstamo de Lectores de Libros Electrónicos. Los usuarios de la biblioteca pueden reservar y llevarse en préstamo un dispositivo de lectura cargado de de e-libros, en condiciones iguales a las de los libros convencionales. El usuario tiene a su disposición estos lectores (el IRex iLiad, distribuido en España por una empresa navarra) y una extensa biblioteca electrónica de materiales generados desde la propia UPC o adquiridos a editoriales de libros digitales.

Entre las once recomendaciones que me permití hacer, precisamente, a los bibliotecarios de Barcelona en el último Kosmópolis, estaba precisamente esa: hacerse portavoces de las propiedades del libro electrónico y de las ventajas que los soportes digitales pueden representar para la generación y consulta de contenidos científicos y profesionales, que incrementan su valor cuando se engarzan con referencias previas y sucesivas, formando una genuina red de conocimiento o conocimiento en red, conocimiento colaborativo e incremental. Si creemos, realmente, que los contenidos universtiarios, científicos y técnicos, ganan en valor cuando se vinculan con el conocimiento que les precede y los hizo posibles y sirven de fundamento para la generación de conocimientos sucesivos, entonces tiene sentido respaldar una iniciativa como la que pone la UPC en marcha, sin resistencias atrabiliarias ni desgarro de vestiduras.

La Universidad de Londres ya había lanzado hace algún tiempo un proyecto de las mismas características con el ánimo empírico, además, de documentar los hábitos de préstamo, uso y lectura en toda la comunidad académica, porque es cierto que todavía no sabemos a ciencia cierta de qué manera se incorpararán estos nuevos soportes a nuestros hábitos de estudio y trabajo. El proyecto Superbook, puesto en marcha por el JISC, demostró que existía una clara diferencia generacional y de género en el uso de los nuevos soportes, tanto más afín y proclive a su uso cuanto más jóven y varón se fuera.

Algunas bibliotecas públicas de otras latitudes, innovadoras, ya han incorporado hace tiempo en su servicio mixto de préstamo, contenidos audiovisuales y digitales de toda índole. La New York Public Library ofrece libros electrónicos, archivos digitales en distintos formatos que pueden descargarse y leerse por un tiempo determiandos, grabaciones sonoras, etc., sin demérito ni merma del préstamo en papel, porque al fin y al cabo el bibliotecario puede y debe seguir jugando un papel fundamental como guía y experto en tecnologías de información y gestión de contenidos, provengan estos de donde provengan.

Incluso -y reconozco que esto me cuesta admitirlo y que, en cualquier caso, deberá ser objeto de observación y debate a lo largo del próximo año-, muchas editoriales incorporan cada vez más con toda normalidad a sus catálogos archivos digitalizados para ser leídos en soportes electrónicos: es el caso de la editorial literaria alemana Knaur, que proporciona a sus lectores la posibilidad de descargarse materiales para la lectura digital. Por su parte, las editoriales francesas toman posiciones en este asunto: Le Larousse, Le Robert y la Encyclopaedia Universalis serán distribuidas gratuitamente en formato digital para todos los enseñantes gracias a un acuerdo con el Ministerio de Educación, en un postrero intento de reavivar las obras de referencia y consulta vencidas ya por sus hermanas digitales hace años.

Quizás mi amiga tenga ahora argumentos suficientes para convencer a sus reticentes bibliotecarios.

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Comentarios

Una coseta interessant

Yo no soy de los reacios al cambio, pero creo que no es prudente querer ir demasiado deprisa. En mi opinión no se debe confundir el futuro del libro, que sin duda es digital, con el presente del libro, que está muy lejos de serlo. Me da miedo que en este furor digitalizador estemos dejendo de lado otros aspectos de la gestión bibliotecaria. En muchas ocasiones -y más en nuestro país- nos encontramos con iniciativas que no tienen ninguna trascendencia real, y sólo sirven para figurar en los periódicos. Y no está mal que así sea, pero valoremos las cosas en sus justos términos. En mi opinión es más deseable un registro bibliográfico bien hecho o un manuscrito bien conservado que un documento mal digitalizado o una obra digital ilegible en pantalla.

No podemos seguir enfrentando biblioteca tradicional con biblioteca digital. ¿Por qué presuponemos que quien valora un buen registro bibliográfico o un manuscrito bien conservado no puede valorar también un documento digitalizado? ¿no debemos estar un poco para todo? lo que es inconcebible en los tiempos que corren es que permanezcamos en los despachos preservando y catalogando en exclusividad y pensando que otras opciones no convencionales que permiten difundir más y mejor información y conocimiento son una agresión para la profesión. En ocasiones docentes y usuarios son reacios a este tipo de soportes y transacciones y ahí es donde nosotros podemos ayudar. Tenemos que aprender a convivir con ellos y debemos creérnoslo. Sin la cooperación de todos los agentes implicados esto no funcionará. El cambio de mentalidad de los bibliotecarios es fundamental para sacar un partido más razonable y solidario de la información.

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