Locos por los libros (XIV): Antoine-Marie-Henrie Boulard, el depredador
Los libros nos ensanchan y nos alargan la vida, qué duda cabe. Cuando uno adquiere y reúne compulsivamente decenas, centenares o miles de libros, en la certeza íntima de que hay mucho más de apremio atesorador que de posibilidad cierta de lectura, queda sin embargo una rendija de esperanza abierta a la posibilidad de que el tiempo se agrande y dilate en la misma medida que los libros que acopiamos, hasta que hayamos leído la última de sus páginas. Eso es, quizás, lo que debía pensar el notario parisino de nombre largo y compuesto Antoine-Marie-Henrie, que llegó a acumular más de medio millón de libros a lo largo de su vida. Murió a la edad de 71 años, a todas luces insuficientes para devorar la magnífica cantidad de volúmenes acaudalados. Quizás su espíritu pene todavía en su biblioteca, hojeando eternamente sus innumerables páginas.
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Antoine-Marie-Henri fue un probo ciudadano francés que ejerció como notario dando fé pública de cualquiera de los actos jurídicos de su competencia y que profesó de alcalde del distrito X de París, administrando la convivencia de sus conciudadanos. Un hombre de una dimensión pública considerable que compaginaba con una agitada y rebosante vida secreta de depredador bibliófilo, uno de los más bulímicos de la historia de la bibliomanía.

La bibliofagia que padecía era de grado superlativo porque, según puede leerse en algunos apuntes biográficos sueltos del Bulletin du Bibliophile, cualquier impreso era bueno para él, sin distinción ni tasa, hasta el punto que tuvo que adquirir diversas casas en la cuidad de París para dar cabida a su desmesuradamente hinchada colección. La cifra de los libros acumulados y posteriormente terciados consta en el catálogo que se confeccionó para su venta pública, cinco volúmenes en octavo donde se citaban los cerca de 500.000 libros que la componían, una verdadera demostración de fé en el porvenir y el alargamiento paralelo del tiempo. ¿Pensó alguna vez Antoine-Marie-Henrie que dispondría de horas suficientes en su vida para pasar una a una las páginas, si quiera, de su colosal colección? ¿O es el afán depredador del verdadero bibliómano un impulso que encuentra en el acaparamiento desmedido una forma tangible de eternidad? Quién lo sabe…
Su principal coto de caza estaba delimitado por la orilla izquierda del río Sena, donde los tenderetes de libros de viejo ya habían extendido sus dominios. Cazador experto, que de una ojeada certera podía evaluar la calaña de los contenidos y el calibre de las piezas, se hizo diseñar un abrigo de bolsillos lo suficientemente espaciosos para dar cabida a su desmedido afán cinegético. Sus casas, como queda dicho, al ritmo con que cobraba piezas en sus cacerías diarias, se colmaban (en pasillos, salones, comedores, entradas) en un plazo no superior a los tres años, tal como establece el poeta que cantó su vida y su ambición bibliofágica sin desmayo.
Como le ocurre a cualquiera que haya sufrido pálpitos y cierto aturdimiento en una librería, a quien siempre encuentra en los libros nuevos, en los “nuevos favoritos”, una excusa para arrinconar a los viejos camaradas, a los libros que siempre quedarán por leer, no podemos sino envidiar a quien combatió tal trastorno con el fanatismo depredador de Antoine-Marie-Henri Boulard.
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Creo que lo que nos falta a más de uno para convertirnos en este notario es el simple dinero. ¿Quién de nosotros no haría lo mismo si tuviera unos recursos que se hacercasen a los del francés?Pues la pasión por la bibliofilia ya está en nuestra sangre.
Ya sé, esta navidad echo el gordo a ver que tal.