Bibliotecarios, catálogos universales y libros electrónicos
Una reciente encuesta entre bibliotecarios conducida en el Reino Unido por NetLibrary y la división de eContent de la OCLC, revela que los bibliotecarios de su graciosa majestad están más que dispuestos a adquirir libros electrónicos para las bibliotecas públicas y universitarias y a que las colecciones que puedan leerse en esos soportes lo hagan a la par. Nada en su comportamiento delata -como sugería un comentarista de una entrada previa relacionada con este mismo asunto- que los bibliotecarios británicos no vayan a prestar la atención que merecen las tareas rutinarias de catalogación o la confección de los registros bibliográficos, muy al contrario. La deriva electrónica parece poder vincularse de manera cada vez más fehaciente con la construcción de un gran catálogo universal, una suerte de inventario universal de la cultura escrita.

Lo primero que sorprende -al menos a mí- de la emprendedora y resuelta actitud de los bibliotecarios ingleses es que pretendan no solamente adquirir nuevos soportes electrónicos para favorecer el préstamo sino, sobre todo, que quieran dotarlos de fondos entre los que destaque no solamente la referencia y la consulta o las materias científicas y profesionales -mucho más proclives a ser consultadas digitalmente y a tejer lazos con contenidos afines que se refuercen mutuamente, que expandan el conocimiento en múltiples direcciones-, sino, también, la ficción. Al menos el 85% de los bibliotecarios consultados -qué diferencia respecto a la actitud renuente y ensimismada de otros bibliotecarios- eran partidarios de hacer crecer sus colecciones digitales como prioridad crítica.
Claro que esa actitud plenamente desinhibida respecto a la ficción no es más que un experimento, un ensayo que todavía no puede anticipar si la lectura de material de ficción en un soporte digital resultará o no satisfactoria, si la interpretación a la que nos aboquen esos textos violentados será -como nos recuerda Chartier- de la misma índole que la que practicamos en los libros en papel, si la manera en que procesemos y racionalicemos esos contenidos desfigurados -literalmente desfigurados por el poco o nulo interés de los fabricantes de libros electrónicos en preocuparse por la puesta en página de los textos- será o no la misma que la que ejercitemos sobre el papel.


Los bibliotecarios de la Common Wealth -hoy me siento particularmente anglosajón- siguen tejiendo, simultáneamente, la malla de autoridades y registros bibliográficos que nos permitirá -más allá de Google y de cualquier otra empresa privada- localizar en cualquier inventario un autor o un creador y vincularlo al catálogo universal de registros bibliográficos que la iniciativa de la OCLC pretende alcanzar. Si el WorldCat era una herramienta hasta ahora más o menos conocida y utilizada a ese catálogo de catálogos basado en protocolos de comunicación abierta entre los distintos depósitos ahora debe agregársele -todavía en fase beta- el WorldCat Identities, con todos los problemas de desambiguación que se quiera, pero ahí está, por primera vez, el gran repositorio mundial de autoridades.

¿Estaría prohibido soñar con un futuro en el que un usuario accediera mediante su ordenador a una página web donde pudiera buscar las obras escritas de una autoridad olvidada, preterida, desconocida, y acabara encontrando sus libros en una biblioteca recóndita, adherida a los protocolos de la OCLC, que hubiera digitalizado sus fondos y pudiera consultarlos de la misma manera que los ha hallado, en su pantalla de ordenador, imprimiéndolos o en su dispositivo electrónico dedicado? (por ahora, eso sí, cuando busco un libro de mi venerado Roger Chartier el lugar más cercano en el que aparece es la biblioteca de la Villanova University, en el Estado de Pennsylvania, Estados Unidos).
Me sigue pareciendo -tal como tuve la oportunidad de comentar a los profesionales catalanes- que si los bibliotecarios tienen la más mínima posibilidad de sobrevivir en este nuevo ecosistema de información digital será siempre y cuando compartan recursos con otras redes bibliotecarias mediente la posibilidad de las metabúsquedas, de manera que un usuario no tenga por qué limitar su recorrido a lo que una sola biblioteca le puede ofrecer. En la naturaleza de la web no está el interponer barreras, al contrario: está el sindicarse, el enlazarse, el esforzarse por hacerse visibles, el no acantonarse en la penumbra de las antiguas bibliotecas.
Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.
















Comentarios
Aún no hay comentarios.
Escribe un comentario