No pongas tus sucias manos sobre mi ordenador

No es un secreto para nadie que navegue habitualmente por la red: nuestra identidad, nuestro comportamiento, nuestros hábitos, nuestra información y hasta nuestro ordenador son concienzuda y metódicamente reconocidos y analizados por aquellos que, sin control legal alguno en muchos países, pueden acopiar el rastro de datos que vamos dejando tras nuestro trajín digital. Nuestro derecho al anonimato, a la protección de nuestros datos personales, al resguardo de nuestra identidad, quedan al albur de quienes quieran recolectarlos, dejándonos inertes y sin defensa. Hoy el Parlamento alemán ha decidido -haciéndolo coincidir con el aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos- modificar esta situación.


Madame du Châtelet fue, además de la ilustre y escurridiza amante de Voltaire, una insigne científica que, en el siglo XVIII, pretendió hacerse valer en una sociedad gobernada y dirigida por hombres, acreditada erudita que debío luchar por abrirse camino y preservar sus descubrimientos y opiniones. Tal como nos cuenta Mary Terral en “The uses of anonymity in the age of reason”, que puede encontrarse en un excelente libro titulado Scientific authorship. Credit and intellectual property in science, Gabrielle Émilie Le Tonnelier de Breteuil jugó repetidamente con su identidad, encubriéndola, velándola, omitiéndola, para difundir su opinión de manera que su condición de mujer no pesara en el juicio que sus pares pudieran emitir. Esta estrategia de presentación y demanda de crédito no era enteramente original ya que, al parecer, era moneda corriente en la época, una forma elegante y muchas veces vislumbrada por los demás de autorepresentación.

¿Qué podría hacer hoy la pobre Émilie du Châtelet si quisiera refugiarse en el supuesto anonimato del espacio digital para propagar sus hallazgos científicos y matemáticos? ¿Conformarse con una continuada usurpación que le niega el derecho a revelarse aunque no quiera o, por el contrario, unirse a la iniciativa ciudadana que reclama la potestad absoluta del usuario sobre los datos que su navegación genera, tal como reza el aviso de la campaña que se ha promovido cívicamente en Alemania -reclama tus datos, dice el cartel, o exige que te los devuelvan- tras los escándalos de las escuchas telefónicas y la venta de datos de usuarios que investiga ahora la agencia de protección de datos? La “protección de datos es un derecho de los ciudadanos“, reclama la URL de la campaña emprendida por algún partido político amparada por diversas organizaciones no gubernamentales y de acción ciudadana.

Hoy, en el Bundestag, el Ministro del Interior, Wolfgang Schäuble (que contemplaba pillamente el itinerario de nuestra navegación, tal como consta en el rótulo de la imagen inferior), ha hecho entrar en vigor una nueva ley de protección global -quizás una de las más avanzadas del mundo- que devuelve a los usuarios, a los creadores de contenidos, la plena soberanía sobre las trazas que puedan dejar, de manera que eso obliga a las compañías de toda índole a solicitar explícitamente que el usuario autorice expresamente el almacenado y uso de sus datos personales. La ley debe alcanzar y extenderse a cualquier clase de protocolo que pueda almacenar nuestra información en una base de datos y debe reclamar que las cookies solamente puedan utilizarse como elementos de permanencia temporal en nuestros ordenadores.

“Deseaba comprobar cuáles eran mis fuerzas bajo la cobertura del anonimato, ya que imaginaba que no sería nunca reconocida”, confesaba la incandescente Madame du Châtelet a su amigo Voltaire, en la era de la razón y las luces que hoy celebramos doblemente.

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