Un germen de mejora: la lectura en España en el año 2008

El mero hecho de que, desde hace varios años, se publique anualmente, con puntualidad, el informe sobre La lectura en España, es ya lo suficientemente denotativo del interés creciente que su promoción, estudio y cultivo suscita. Que este año 2008, además, se publique digitalmente bajo una licencia creative commons, es un indicio significativo de la fuerza creciente de la estrategia de difusión que los editores están llamados a promover. La lectura es una de las herramientas esenciales para que ejercitemos cabalmente nuestros derechos y obligaciones como ciudadanos en democracia, la práctica por medio de la cual nuestro cerebro adquiere la forma que posee, el instrumento por medio del que avanzamos en la jungla dispar de textos que nos asaltan, uno de los placeres más refinados que puedan experimentarse si llega alcanzarse en algún momento el grado de lector experto, el dominio suficiente de la competencia. ¿Hasta qué punto lo hemos conseguido en nuestro país?


Tomo el título de esta entrada, un germen de mejora, prestado de un párrafo del artículo de Elena Martín, “El papel de la lectura en el sistema educativo“, con la intención de resaltar el denominador común de la mayoría de las contribuciones a este estudio, el tono de contenido optimismo o de pesimismo comedido que es el punto medio en el que la mayoría de los contribuyentes se encuentra. Lo cierto es que, como resalta Luís González, en “La lectura de la lectura: hábitos y políticas“, se han realizado crecientes esfuerzos legislativos y económicos en los últimos años para regular tanto el uso del tiempo en las aulas dedicados al ejercicio de la lectura como en las partidas presupuestarias que deben dotar a las bibliotecas, públicas y escolares, y que deben sostener los programas de fomento de la lectura. Siendo esto cierto, los fundamentos sobre los que se basan las sociedades verdaderamente lectoras, siguen en buena medida intactos: un sistema educativo en que la aplicación de la LOE se hace de manera dispar y descoordinada, sin instrumentos de aplicación, control ni medición equiparables; unas bibliotecas escolares -como se encarga de diseccionar Inés Miret, en “Bibliotecas escolares, (aún más) hoy“- cuasi inexistentes, escasamente imbricadas en el sistema educativa, infradotadas e infrautilizadas; unos planes de fomento de la lectura más cosméticos que quirúrgicos.

Claro que existen gobiernos autonómicos que financian proporcionalmente sus planes de fomento de la lectura como la ley indica, claro que existen profesores concienciados que se emplean con devoción a su tarea de convertir a sus alumnos en competentes lectores, claro que existen casos de bibliotecas escolares bien empleadas e incrustadas en el tejido pedagógico de algunos centros, claro que conocemos iniciativas concretas de promoción de la lectura innovadoras entre segmentos de la población avocados al desapego lector. Pero aunque todo eso sea necesario, nada de eso es suficiente.

“Si nos fijamos en el nivel de estudios llegamos a la conclusión de que es el factor con un mayor impacto y que la correlación ha ido creciendo con el tiempo”, dice Luis González, y efectiva e insistentemente, desde que existen estudios sobre sociología de la lectura, sabemos que esto es así, que existen condicionantes estructurales casi inamovibles y correlaciones estadísticas sociológicamente determinantes, sobre todo en países como España, donde los estudios internacionales (PISA y PIRLS), como comenta Elena Martín, no dejan lugar a dudas sobre la calidad reproductiva de nuestro sistema educativo: la competencia lectora de una persona -me atrevo a enunciarlo de manera tajante-, depende, en primer lugar, del capital escolar y cultural de sus padres, del grado de habituación a la lectura que haya podido experimentar en su hogar, durante la infancia, y cuando eso no ha existido, porque los progenitores no han tenido la oportunidad de transmitir algo para lo que tampoco fueron convenientemente entrenados, y cuando la escuela primaria y luego secundaria no se preocupan por corregir de manera contundente esa forma sutil de segregación (la ideología del don, la denominaba Pierre Bourdieu), y cuando los centros no gozan de la autonomía necesaria para adaptarse a las características de sus alumnos y tampoco se han preocupado por convertir la biblioteca escolar en el eje dialógico de la enseñanza de la lectura, no cabe pensar que quien no ha sido educado como lector pueda llegar a convertirse espontáneamente en uno.

Es posible apreciar, qué duda cabe, un germen de mejora en muchas de las iniciativas que voluntariosamente se están llevando a cabo pero, ¿son suficientes para hacer crecer armoniosamente la delicada planta de la lectura?

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