Grandes cambios (digitales) a la vista
El hecho de que una agencia de la importancia de

La tesis archiconocida sobre la que se basa este blog y las indagaciones que procura en el terreno de la cultura escrita es que el futuro del libro es plural y que esa multiplicidad depende de dos factores fundamentales: la naturaleza del contenido digitalizable y la manera en que se consume o utiliza. De ahí que en algunas ocasiones haya defendido la hipótesis de que los contenidos que no se deterioran al ser fragmentados, que no pierden significado o, incluso, que lo incrementan cuando son sucesivamente vinculados a contenidos adicionales (como los de naturaleza académica, científica o profesional, también los de referencia y consulta), serían más susceptibles de ser digitalizados y, por tanto, de ser distribuidos y consumidos digitalmente. Siendo consecuentes, la conjetura dice que aquellos otros contenidos que no ganan nada significativo quebrándose, que exigen, más bien, ser leídos íntegramente siguiendo un orden ligado a la sucesión de las líneas escritas y el orden de los capítulos, y que pueden ser disfrutados de manera plenamente autónoma, serían menos indicados para ser digitalizados y leídos en soportes digitales que incitan a una lectura diferente.

Puede, sin embargo, que el tiempo de sostener mi tesis haya pasado o esté en trance de hacerlo. No pasaría nada, porque un blog no es otra cosa que un laboratorio de ideas a medio cocinar que valida o refuta sus hipótesis a medida que la realidad va imponiendo los hechos, pero aunque eso pudiera suceder, sigo pensando que existen dudas razonables que nos pueden seguir haciendo pensar que la explotación estrictamente digital de contenidos literarios es de una naturaleza distinta a la del resto de los contenidos. Me atreveré a enunciar, por eso, argumentos a favor y en contra de mi propia suposición. Comenzaré por las ventajas obvias:
1. Cualquier clase de contenido se produce ya digitalmente;
2. Su distribución digital es inmediata, no produce gastos adicionales de ninguna índole, y el concepto de agotado o descatalogado desaparece;
3. En todo caso, es un canal complementario o alternativo, no necesariamente exclusivo;
4. Los costes generales para los editores se abaratan, al poder prescindir de todos los gastos asociados a la producción, comercialización y distribución, al menos en gran medida;
5. Los precios para los compradores se reducen y la oferta, potencialmente, es ilimitada;
6. Los autores reciben, en concepto de derechos, una cantidad muy superior a la que obtienen por la venta de sus libros en papel;
7. Los nativos digitales, las generaciones nacidas en contacto permanente con los medios de producción y comunicación digital, encuentran en esta clase de intercambio y circulación de contenidos algo complemente natural, porque es su soporte connatural.

Y, sin embargo, ¿qué dudas razonables seguirían persistiendo? ¿Por qué ese cambio, más allá de las resistencias gremiales y las inercias empresariales, no cristaliza?:
1. Los libros electrónicos han demostrado su evanescencia, su mortalidad. La primera generación de libros electrónicos desapareció en muy pocos años y buena parte de los actuales también lo hará;
2. Algunos de los libros electrónicos que luchan por perdurar son de tecnología propietaria, en contra del principio que el libro sentó hace cinco siglos: formatos y códigos abiertos, interfaz consistente y duradero, dispositivos textuales adecuados a los procesos de racionalización humanos;
3. El significado de un texto depende de su expresión formal, de su encarnación material, de su representación espacial. El hecho de que un libro electrónico no sea todavía capaz de manejar esas “sutilezas” formales hace que todos los textos sean el mismo texto y que, por tanto, los significados se entremezclen, se confundan;
4. Un libro electrónico no tiene más remedio que forzar el formato original de un texto, uniformizarlo, deformarlo, desfigurarlo, y en esa operación inevitable algo intangible se pierde por el camino. La cuestión no es tanto la de su potencialidad (pueden acoger textos en diversos formatos), como la de su idoneidad para hacerlo;
5. Los jóvenes de la generación digital conviven con absoluta naturalidad con esos nuevos soportes, pero no sabemos todavía a qué clase de cerebro lector abocan las operaciones que están realizando. Puede que mejores, o quizás no;
6. Desde luego, a los que manejamos ejemplares en papel de determinadas obras, nos sigue pareciendo (me permito generalizar) que el papel encuadernado entre cartones preserva la identidad e individualidad de la obra completa, y mientras ese concepto de obra integral siga teniendo sentido, seguiremos acopiando ejemplares en papel;
7. El libro en papel está construido de tal forma que respeta el orden del discurso, el orden sucesivo de su racionalización, y está diseñado para amparar un tipo de relación que el libro electrónico todavía no puede propiciar: un tipo de relación íntima, introspectiva, silenciosa, entre el lector y el contenido, de manera que tanto nuestra disposición corporal, física, como intelectual y anímica, está determinada por esa relación casi fraternal entre el soporte y el lector.
Hay más razones, de uno y otro lado, pero me detengo aquí, consciente de que, quizás, más pronto que tarde, tenga que eliminar el plural de futuros, aunque eso ocasionaría, al menos, una indeseada usurpación de dominios…
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Comentarios
Añado un inconveniente más: en el camino hacia la digitalización iniciado en el campo del tratamiento de textos y la composición en la década de 1980, y que se ha extendido luego al diseño gráfico, la ilustración, la traducción (con herramientas de TAO mínimamente aplicables a lo literario), la corrección, la fotomecánica, la impresión, y ahora la distribución y la lectura, no ha habido un solo avance, pero ni uno, que haya mejorado las condiciones de trabajo (que se han acelerado y despersonalizado) de quienes manejan esas herramientas, ni la rentabilidad de su trabajo. El aumento en los márgenes de beneficio siempre ha ido a manos del editor o de la empresa de servicios de turno, que ha sabido restar la ganancia que esas herramientas posibilitaban a los profesionales, de las remuneraciones que reciben, práctica abusiva sencilla en este campo asociativo tan enormemente yermo que es el sector editorial.
El resultado, siguiendo esta misma lógica empresarial, es claro: más digitalización, menos calidad y menos profesionalidad. (Y menos interés por adquirir una capacitación que lleva años a tenor de la recompensa que se recibe.)
Al libro tradicional aún le queda una larga vida por delante.
Para mí el "codex" es sin duda uno de los inventos de la Humanidad, por su éxito y eficiencia para ser transportado de un lugar a otro y ser leído en cualquier lugar o posición, sin necesidad de tener que desenrollarlo como se hacía con los antiguos rollos.
A día de hoy ningún ordenador portátil, ni pda, ni iphone, ni blackberry ni ningún otro dispositivo electrónico puede competir con esa versatilidad que ofrece el libro propiamente dicho en su uso.
Por no hablar de lo incómodo de leer en una pantalla.
Un saludo.
http://megazoi.wordpress.com
Coincido con Dulce en que realmente la literatura digital en sí misma (no, la digitalizada que es lo que realmente se ve hoy en día) no está desarrollada aún. Simplemente cambiamos el soporte y digitalizamos contenidos pero eso es como pasar de escribir en papiro a papel reciclado. No aporta nada nuevo.
Cuando se intenta que la literatura sea "digital" (es decir que sea tal que no pueda expresarse sino en un soporte digital), los resultados son decepcionantes por lo general. No tenemos aún las obras maestras que cabe esperar (ver, por ejemplo, http://biblumliteraria.blogspot.com/2008/06/existe-la-literatura-digital.html o http://biblumliteraria.blogspot.com/2008/07/es-el-hipertexto-una-bendicin-o-un.html ).
Saludos
Siento mucho tener que disentir, pero me encuentro muy cómodo leyendo en pantalla: solamente durante 2008 he leído La ocasión, Las nubes y Lo imborrable, de Juan José Saer.
A partir de diciembre tengo un ipodtouch y he leído en la playa las Crónicas del Río de la Plata, de Ulrico Schmidel. En el presente, estoy leyendo Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes.
Consulto en pantalla libros que he leído en papel, creo bookmarks y escribo notas en mis libros electrónicos, los intercambio entre dispositivos: laptop, dekstop, ipod… valoro mucho mi biblioteca de ebooks.
Saludos.
Siento mucho tener que disentir, pero me encuentro muy cómodo leyendo en pantalla: solamente durante 2008 he leído La ocasión, Las nubes y Lo imborrable, de Juan José Saer.
A partir de diciembre tengo un ipodtouch y he leído en la playa las Crónicas del Río de la Plata, de Ulrico Schmidel. En el presente, estoy leyendo Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes.
Consulto en pantalla libros que he leído en papel, creo bookmarks y escribo notas en mis libros electrónicos, los intercambio entre dispositivos: laptop, desktop, ipod… valoro mucho mi biblioteca de ebooks.
Saludos.
















seee, a mí lo que me desespera es que habiendo tantas posibilidades los libros que he bajado son pdfs con fondo blanco escritos en arial 12 o algo así. El lenguaje multimedia es muy torpemente manejado todavía. Espero vivir para ver una obra maestra pensada en formato digital.