Locos por los libros (XVI): Warburg o el hipertexto imposible

Aby Warburg fue un millonario algo excéntrico que prefirió ceder su primogenitura y su fortuna a cambio de contar con el dinero necesario para construir su biblioteca y adquirir los libros que la compondrían. Tuvo una intuición fulgurante, adelantada a su tiempo, irrespetuosa con los cánones jerárquicos o alfabéticos de ordenación de las bibliotecas: sus libros debían ordenarse por afinidad, haciendo preponderar sus correlaciones ocultas, propiciando su encadenamiento continuamente cambiante. ¿A qué nos suena eso hoy?


Si Warburg hubiera conocido a Derrida quizás hubiera coincidido en la necesidad de descentrar los textos, de desjerarquizar las obras escritas, de encontrar más bien sus correlaciones ocultas y sus correspondencias subterráneas, de inventar alguna clase de tecnología que permitiera a cada lector trazar su senda particular de lectura siguiendo el hilo invisible de esas afinidades escondidas. En lugar de obras canónicas dispuestas cabalmente en los estantes de una biblioteca, que denotan el orden inalterable del conocimiento, Warburg pretendía construir un espacio desjearquizado, envolvente, donde se hicieran visibles -al menos se presintieran- las recónditas concordancias entre los diversos textos, estableciéndose de ese modo más que una jerarquía un continuo, una cartografía o un atlas (como él lo denominó) de un territorio que cada lector debía o podía recorrer de diversas e inusitadas maneras.

La biblioteca de noche, pero también en nos cuentan detalladamente la historia que ahora resumo: Warburg, heredero de una inmensa fortuna, renunció a cualquier derecho siempre que pudiera procurarse los fondos bibliográficos que su biblioteca necesitaba (unos 60.000 ejemplares antes de trasladar su biblioteca a Londres por la amenaza nazi). Su inteligencia relacional le llevó a desarrollar un sistema de ordenación de su biblioteca por afinidades, analogías temáticas, similitudes que variaban y se reconfiguraban interminablemente en función de los descubrimientos y avances que Warburg realizaba. La misma forma física de la biblioteca, elipsoidal, pretendía facilitar esa concatenación temática, esa encadenamiento cambiante. “Las estanterías”, dice Manguel en la página 270 de su libro, “sugerían a la vista no una ordenación lineal y definida con un comienzo y un fin, sino una ininterrumpida asociación de títulos”.

Su compulsión organizativa, su obsesión ordenadora, le acabó procurando tal insatisfacción -incapaz de hallar un método que le permitiera, al mismo tiempo, colocar físicamente sus libros, hallar el entramado completo de sus posibles relaciones ocultas y reordenarlos en consecuencia-, que le acabó provocando una enfermedad nerviosa en una personalidad ya de por sí perturbada. “[...]sentía”, dice Manguel, “que ya no podía reunir las muchas trayectorias de imágenes y pensamiento que había seguido”. Al final de su vida, tras la guerra, uno de sus bibliotecarios forró un tablón rectangular con una tela sobre la que dispuso las imágenes, ilustraciones y fotografías sobre las que Warburg trabajaba, de manera que pudiera recolocarlas sencillamente, una y otra vez, de acuerdo con la clasificación o correlación que en cada momento imperara.

Hoy, muchos años después, el sueño de Warburg es perfectamente realizable mediante el uso de etiquetas, mediante la adición de marcas a los contenidos (tengan el formato que tengan y sean de la naturaleza que sean), marcas que no son excluyentes de manera que un mismo contenido puede ser invocado a partir de cualquiera de sus descriptores formando parte de diversas constelaciones o configuraciones variables de elementos, de acuerdo con la búsqueda que se haya realizado. La biblioteca continuamente regenerable y reordenable es hoy una realidad gracias a las Folksonomías, a los sistemas de etiquetado público que los usuarios de un sitio construyen colegiadamente. Lo que tanto obsesionara a Warburg, el establecimiento reconfigurable de relaciones icónicas, es hoy posible en sitios como Morguefile, Flickr, Picasa o cualquier otro lugar donde se compartan contenidos. Hoy, también, muchos años después, su sueño se ha hecho realidad en la Warburg Electronic Library y, en particular, en el Bildindex zur Politischen Ikonographie (Índice de imágenes de iconografía política): “El gran proyecto inacabable e inacabado de Warburg fue la gran secuencia iconográfica que llamó “Mnemosyne”, una extensa colección de imágenes que trazaban, a través de un entramado de conexiones, los muchos caminos que el erudito había estado siguiendo”.

Seguro que Warburg hubiera hecho buenas migas con Derrida, y con Barthes, y con Vannevar Bush, con todos los padres del hipertexto imposible.

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