El futuro de todo

Tomo el título prestado de una página que consulto con frecuencia, por lo prospectiva y escrutadora que me resulta la actitud de sus editores, Academic Commons. El próximo mes de mayo esta red de reflexión colectiva organiza un encuentro con ese título abarcador y desafiante, El futuro de todo, porque efectivamente  el asunto es que en esta revolución digital es del todo inapropiado considerar aisladamente cada uno de los sucesos que acontecen: un cambio, por ejemplo, en los soportes de la escritura comporta automáticamente cambios trascendentales en la manera en que los contenidos se generan, circulan, consumen, reutilizan. El futuro de todo abarca, como reza la convocatoria, “a los libros, a las bibliotecas, a nuestro sistema de comunicación académica, a la tecnología que empleamos en el aula, a las distribuciones de software, a la lectura, a la docencia y la impartición, a los modelos de negocios existentes y futuros y, finalmente, a los colegios y a las universidades”.


Un blog se presta al soliloquio digital, por mucho que esté insertado en una red o una malla de conocimientos relacionados, así que hoy me voy a permitir ser más autorreferencial que de costumbre. Entre los proyectos en los que vengo trabajando los últimos meses me enfrento a uno de una dificultad superior: una escuela universitaria con miles de alumnos y decenas de titulaciones que pretende tomarse en serio la revolución digital. Aun derrochando coraje y recursos, es posible que nadie haya reparado en la concatenación de los cambios que se sucederán forzosamente en las instituciones que decidan explorar este futuro: publicar un libro -por marcar un comienzo arbitrario y cercano-, ya no es solamente la decisión aislada de un editor enfrentando a un manuscrito. Se trata, más bien, de pensar la manera en que un contenido determinado (escrito o no) contribuirá a la generación de conocimiento colectivo; la forma en que ese contenido será utilizado por los interesados (leído pero, también, comentado, reubicado, remezclado); la manera en que el sistema educativo integrará la posibilidad del comentario, la discusión y el comentario en su estructura; el espacio mismo de la escuela, convertida ahora más en centro de recursos que en almacén compartimentado;  la conformación, en definitiva, que el nuevo sistema de comunicación académica adoptará. Acostumbrados, sobre todo en España, a una metodología docente -sobre todo, si cabe, en el ámbito universitario- basada en la clase magistral, pocos profesores sabrán cómo integrar las nuevas tecnologías en el aula y, menos aún, cómo dar cabida a la disensión o las experiencias discordantes en el currículum tradicional.

Como decían los titulares de varios periódicos hace pocos días, los profesores se ven incapaces de usar las nuevas tecnologías y, también, que el 70% de los profesores y los alumnos cree que el uso de las TIC no mejora las notas.  No creo que se trate de mera incapacidad tecnológica, porque a un profesor de secundaria o a un profesor universitario se le deben presuponer competencias suficientes para desarrollar esas pericias. Se trata, más bien, de la incapacidad de comprender y menos aún de aceptar lo que el cambio digital comporta, las repercusiones que tiene sobre el futuro de todo: lectura, docencia, hábitos de trabajo, modelos de negocio, trabajo colectivo, distribuciones de software, etc., etc. Alejandro Piscitelli, uno de los científicos sociales a los que debería citar más a menudo, está a punto de sacar a la luz un estudio indispensable a este respecto: Dieta cognitiva, inteligencia colectiva y arquitectura de la participación (en la colección Aula XXI, de Santillana, de la que fui editor durante unos cuantos años), en la que profundiza, precisamente, sobre el alcance global de la revolución digital.

El futuro de todo está en nuestras manos. Como dice Javier Nó Sánchez en el estudio Comunicación y construcción del conocimiento en el nuevo espacio tecnológico: “Deberíamos preguntarnos hoy día si la enseñanza superior, incluso aquella que desde hace tiempo utiliza las tecnologías de la información y la comunicación, no se embarca con cierto letargo en este proceso. Es históricamente cierto que las innovaciones tienden a tardar decenios en implantarse en el mundo educativo, al menos de un modo generalizado, pero no lo es menos que el cambio de paradigma que está suponiendo el actual uso de la red no espera a nada ni a nadie: va a ritmo de usuario”.

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