El crepúsculo de la edición
Nuestros vecinos franceses, si uno se toma completamente en serio el texto de Olivier Querenet en Le Monde, piensan que a la edición tradicional le quedan los días contados, que una manera de entender y gestionar la industria del libro está en acelerado trance de desaparición y que si no empleamos la imaginación suficiente para reinventarnos seremos una especie más, como muchas otras, que desaparecerá, sin que la naturaleza se inmute. El texto, descubierto gracias a mi compañero de fatigas Juan Carlos Marcos, se titula significativamente “L’edition française au crépuscule?“, donde el signo de interrogación final parece más bien una concesión retórica que una incertidumbre real, porque el texto no deja lugar a dudas.

La industria editorial tal como la conocemos y, particularmente, su vertiente dedicada a los libros de ficción impresos en papel que abastecen las librerías independientes tradicionales mediante el envío regular de una cantidad determinada de referencias, es más una supervivencia del pasado que una realidad con futuro. En esa cadena de valor predigital quienes más amenazados se encuentran son, sobre todo, los grandes saurios pero, también, algunos pequeños roedores: por la parte que corresponde a los grupos editoriales sobredimensionados, tal como recoge la última edición de Le Monde Diplomatique y revela Pascual Serrano en “El grupo PRISA se tambalea“, el crecimiento de los grupos de comunicación no suele hacerse sin contrapartidas desagradables que acaban afectando a quienes menos lo merecen; los distribuidores, por su parte, que necesitan de una capitalización extraordinaria para abastecer a los puntos de venta tradicionales, verán cómo la revolución tecnológica, la distribución digital, la reducción del número de novedades, la desaparición progresiva de las pequeñas librerías y el encogimiento de la demanda, acaba afectando a una actividad estrechamente vinculada con un modelo más industrial que digital; los pequeños roedores, pequeños libreros que han subsistido más por pundonor que por provecho, acabarán aplastados por la caída sucesiva del resto de los agentes implicados en la cadena de valor tradicional.
Ese es el panorama que dibuja Querenet para la edición francesa pero, o mucho me equivoco, o el diagnóstico es perfectamente extensible: “el libro desaparecerá del paisaje de las pequeñas ciudades para subsistir en puntos de venta cuya superficie tenga entre 600 y 100 metros cuadrados para ser rentable [...] En consecuencia, pocos libreros, una concentración de distribuidores que no comportará una caída de los beneficios de los grupos de edición, un libro impreso que costará más y más caro por su rareza y cuyo transporte representará un coste prohibitivo, de manera que sus ventas serán aún más reducidas”. Y por si el dictamen no estuviera suficientemente claro, termina: “es tiempo de que la edición francesa” (que cada cual agregue aquí su nacionalidad) “reaccione y se implique. Señores dinosaurios, perdón, señores editores, un poco de imaginación y de creatividad, antes de que otro mundo se ponga en marcha sin vuestra presencia”.
Aviso para navegantes que no quieran perecer extinguidos por el impacto del meteorito digital…
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Comentarios
En efecto, Joaquín, tenemos un punto de acción en común: los libros. En tu caso, desde la perspectiva de la edición y de la lectura. En el mio, desde la conservación y el fomento de la lectura. De eso trata el Blog Documentación, que comparto con otro profesor de la Facultad de Documentación, de la Universidad Complutense.
Creo firmenten que los agoreros se equivocan. Los libros siempre estarán presentes, si los lectores lo quieren. La distribución es la que sufrirá el cambio más dramático. Libros y lectores juegan en el mismo equipo y están buscando cómo ordenar las palabras para que se puedan leer. Que nadie lo dude. Y menos los editores.
Como bien dice Silvano creo que una alternativa a todo esto podría ser la impresión bajo demanda tal y como hace Amazon. Nunca lo he probado pero es algo que me sorprendió mucho al leer La Economía Long Tail. Esto además permite la entrada de nuevos valores literarios que no esten sometidos al criterio de rentabilidad. Este criterio por desgracía ha acabado con la existencia de muchas librerias especializadas en teatro que ya no vende como antes.
Creo firmemente que la subsistencia de todas estas pequeñas librerias es salir a internet. La mayoría de libros descatalogados que no encuentro, sirva de ejemplo El Fuego de Henry Barbusse, los consigo comprando en webs de peqeñas librerias por todo el mundo.
















Estupendo post Joaquín, precisamente hace unos segundos en el blog http://toc.oreilly.com/ se preguntaban si imprimir era una preferencia o un hábito, lo que entronca muy bien con el supuesto crepúsculo (digo supuesto porque no me resigno a ver el vaso medio vacío, creo que asistimos a un momento estupendo para la edición: el nacimiento de un nuevo paradigma, como dirían los amigos de otro blog) que vacticina Querenet.
En todo caso no me termino de creer mucho los negros nubarrones, el nacimiento de una economía long tail para la edición me parece algo más natural. El libro no desaparecerá de las pequeñas ciudades, lo que va a desaparecer, si seguimos con la tendencia actual, son los canales de distribución tradicionales, aunque nuevos vendrán que ocuparán su lugar (más eficientes, esperamos).
Mientras haya lectores, habrán libros y posiblemente también editores. Para seguir con la metáfora, necesitamos que caiga el meteorito para permitir el nacimiento de nuevas especies mejor adaptadas al medio.