Una biblioteca digital para el mundo

Hoy, 21 de abril, se inaugura la World Digital Library, la biblioteca digital mundial, auspiciada por la UNESCO, otra gran iniciativa institucional que pretende, claro, amparar, proteger y propagar el patrimonio cultural de la humanidad. Con empresas como esta se demuestra que cabe contestar a las grandes y amenazantes iniciativas privadas con estrategias públicas y plurales, que preserven el carácter abierto, público, libre y compartido de la web.


Hace unos días un destacado periodista de El Cultural me interrogaba sobre mi parecer en torno a la estrategia de digitalización masiva de Google y a las supuestas amenazas que se ciernen sobre el patrimonio literario y sobre los editores, los intermediarios tradicionales en la cadena de valor de las letras (ese reportaje, a propósito, aparecerá el próximo viernes 1 de mayo). La cuestión, me parece a mi, es que no hay ilegalidad alguna en el proceder de Google. En el nuevo ecosistema informacional, se constituye como el primer y principal intermediario, y eso enoja y encona a los mediadores tradicionales, que esgrimen el espantajo de la transgresión de derechos para que, al menos, les llegue una dádiva en forma de anticipo. Pero insisto: no creo, a mi juicio, que exista trampa legal alguna porque Google firma contratos con las bibliotecas y editores que lo deseen preservando la comunicación y reproducción de los contenidos si es que están todavía protegidos por el copyright. Es más: la Ley de Propiedad Intelectual española permitiría que si esas copias digitalizadas fueran utilizadas dentro del espacio de una biblioteca para fines educativos o de investigación, se utilizaran legalmente sin compensación de ninguna clase y sin el permiso previo de los editores o los autores (o derechohabientes).

En el debate por las compensaciones económicas y las amenazas del gigante norteamericano se soslaya la discusión fundamental, a la que nadie parece querer atender, como Robert Darnton puso de relieve hace bien poco: el problema no radica en una ilegalidad inexistente, sino en que la memoria y el patrimonio cultural de la humanidad se dejan alegremente en manos de empresas que cotizan en el NASDAQ, lo que no es ilícito, pero sí preocupante, porque suponen una dejación de funciones tanto de las instituciones públicas encargadas de preservarla y transmitirla y del resto de los agentes privados que no se conforman con recibir parte de la rebanada financiera. Lo preocupante es que la digitalización de los contenidos que se exhiben a través de Google Books se haga en formato propietario, irreconocible para otras tecnologías; que su API esté cerrada bajo siete llaves, que los editores no reciban copia del contenido digitalizado, alojado en un servidor remoto; y que el intermediario principal del saber y el conocimiento humano, en la nueva economía del conocimiento de la red, sea un único agente ubicado en Mount View, California.

Para preservar la web como espacio del procomún, como ecosistema dentro del que puedan generarse iniciativas de creación cultural independientes, como territorio en el que cualquiera -al menos potencialmente-, pueda acceder de una manera razonable a los frutos históricos del conocimiento y el saber humanos, las instituciones públicas y el resto de los agentes privados que ahora asisten pasmados a la representación, deberían sumarse a iniciativas como la que hoy se inaugura, la Biblioteca Digital Mundial.

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