Lectura y creación literaria ante la sociedad en red

Sigo en Lima y hoy vamos a hablar de la génesis histórica de la noción del autor, de la génesis histórica del campo literario y de los debates históricos acerca de la propiedad de las obras. También, claro, hablaremos de las nuevas modalidades de autoría, de la hiperficción, de las narraciones digitales colaborativas, del debate en torno a la desaparición o no de un género históricamente datable -como es el de la novela- y de la experimientación de nuevos lenguajes que se valen de las propiedades del hipertexto para proponer formas de creación y lectura alternativas que se postulan como el que género que renovará a la caduca novela. Esa brusca contraposición entre obra y texto me recuerda que dentro de poco más de una semana debatiremos en la Feria del Libro de Sevilla precisamente en torno al mismo problema: lectura y creación literaria ante la sociedad en red, y que los senderos, aunque aparentemente se bifurquen, acaban coincidiendo.

Todo empezó, por ponerle una fecha arbitraria, con el discurso de ingreso en el Colegio de Francia de Michel Foucault, el 2 de diciembre de 1970. Foucault, con esa prosa intesa e hipnótica que caracteriza su discurso, arrancó diciendo: “He aquí la hipótesis que querría emitir, esta tarde, con el fin de establecer el lugar —o quizás el muy provisional teatro— del trabajo que estoy realizando: yo supongo que en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad”. Para Foucault -para casi todos los científicos sociales del momento, en pleno resaca del 68 francés- cualquier discurso con apariencia de homogéneo y sin fisuras resultaba sospechoso de pretender regular y abortar la proliferación de discursos alternativos, rebeldes, contestatarios.

A Roland Barthes le faltó tiempo -a penas tres años, fecha de la edición de El grado cero de la escritura- para dictaminar que los textos supuestamente homogéneos y hegemónicos no eran sino una ficción, porque todo texto no es otra cosa que un cruce de influencias previas y sucesivas que no pertenece a quien lo concibe, sino a quien lo recibe: ” el texto es”, decía, “un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura”. ¿Cuánto hubiera dado Barthes porque Tim Bernes-Lee hubiera inventado Internet veinte años antes? Todos aquellos ataques furibundos a la consistencia del sentido encarnada en una obra aparentemente cerrada sobre sí misma -aparentemente porque el libro es un artefacto cuya arquitectura y armazón genera esa impresión de solidez y permanencia- acabaron con el paso del tiempo cristalizando en un tipo de tecnología -el hipertexto- que permitiría hacer real una presunción teórica. Todo eso lo explica largamente Landow en Hipertexto 3.0., y también lo hace Michael Joyce, el autor de la célebra narración hipertextual Afternoon, a story, en un video reciente de las CWRL Lecture Series:

Joyce – “Touching Upon the Truth” from CWRL on Vimeo.

Entre los muchos gastos en los que he incurrido estos días está un excelente libro editado por la vecina Libros del Zorzal, un debate entre Alain Finkielkraut y Paul Soriano: Internet, el éxtasis inquietante. En sus páginas se encuentran ya los primeros signos de una crítica resistente a los experimentalismos hipertextuales y a la negación de la autoría y una reivindiación fundamentada de la permanencia y la profundidad del sentido de la obra escrita concebida por un autor. Contra la mutabilidad incoherente de un texto fragmentario sin paternidad, disgregado en mil pedazos, la profundidad y espesor del significado propuesto por un autor reconocible.

Ese el debate que, bajo la batuta de mi querido Pablo Odell, intentaremos desentrañar de Lima a Sevilla.

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