Las incongruencias formales del libro electrónico

Kindle ha crecido, tiene un hermanito mayor, el Kindel DX, porque su tamaño excede con creces al anterior. La promesa implícita de los libros electrónicos era (pretende seguir siéndolo) la de proporcionarnos un sólo soporte capaz de albergar centenares de miles de páginas, un soporte único y polivalente, pero la singularidad de su formato, la razón principal de su existencia, es absolutamente insuficiente para hospedar la diversidad de los formatos de lo escrito. ¿Tendremos que adquirir, a partir de ahora, un Kindle para leer nuestro correo electrónico, otro para los documentos oficiales, otro para los libros, uno más para los periódicos y revistas y, quizás, uno adicional para blogs, páginas web y otros documentos anómalos? En la virtud, como casi siempre, anda agazapado el yerro.


Hoy se celebra el Digital Book 2009, uno de esos acontecimientos, auspiciado por el International Digital Publishing Forum, donde se dan cita fabricantes, desarrolladores, ingenieros de software, editores y otra gente de mal vivir. La mayoría de estos actos, como todo ritual de acólitos convencidos, no suele plantear duda alguna respecto a las bondades intrínsecas del objeto adorado. Hace ya mucho tiempo -mucho en la escala temporal de la evolución de los soportes digitales-, Roger Chartier advirtió a quien tuviera oídos para escucharlo y ojos para leerlo: uno de los problemas fundamentales de los soportes digitales es que violentan irremediablemente el formato del texto escrito uniformando lo que ha sido concebido para adoptar una hechura diferente. Ni los primeros libros electrónicos ni tampoco la segunda generación de los recién llegados se habían preocupado hasta ahora de esta disquisición aparentemente quimérica e insustancial, pero en el crecimiento anunciado hace tiempo del Kindle encontramos, precisamente, la confirmación del presentimiento de Chartier.

Kindle crece porque la desfiguración a la que el Kindle de formato estándar sometía a todos los textos -libros, periódicos, blogs, obras de referencia y consulta, etc.-, era simplemente insoportable. Y no es solamente un problema de dimensiones físicas; es una complicación que atañe a nuestras categorías intelectuales: ¿cómo puede un soporte electrónico señalar y subrayar la diferencia sustancial entre una carta, una novela, un ensayo, un artículo científico, una entrada de una enciclopedia, un post de un blog, un documento notarial, o cualquier otro formato conocido de nuestra cultura escrita tradicional que debe buena parte de su significado al medio a través del cual ha sido expresado? ¿Tendremos que comprar un Kindle para cada uno de los tipos de texto que distinguimos intelectualmente, un nuevo soporte electrónico para cada una de las categorías intelectuales dentro de la que cae cada tipo de enunciado? La cábala no es sencilla de resolver, pero no se trata de una mera entelequia intelectual que gusta del debate superfluo. Es, al contrario, la esencia misma del debate.

Veo en la agenda de debates y mesas redondas del Digital Book 2009 reuniones de adláteres convencidos, pero ninguna que aluda a las incongruencias formales del libro electrónico, aun cuando su resolución sea tan importante como discutir de los posibles modelos de explotación. Quizás en Madrid, en la Feria del libro, en las jornadas “Del Sinodal al Digital” que el Observtaorio de la Lectura y el Libro organiza entre los próximos 3 y 5 de junio.

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[...] e i supporti di lettura – dall’irresistibile ascesa di Google Books al prepotente ritorno dell’e-book  - il  punto è che eccetto pochi casi non si trova in questi siti traccia del [...]

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