La exuberancia sin jerarquía

Durante la jornada del martes 19 celebrada en la Feria del Libro de Sevilla, Nieves González, bibliotecaria y ejemplar blogger de Bibliotecarios 2.0., adujo con razón que había que estar donde los usuarios estuvieran, y ciertamente no hay nada mejor que las tecnologías de las redes sociales para aunar voluntades y conjurar empeños. Joaquín Pinto, director del impar Centro Internacional de Tecnologías Avanzadas -una extravagancia tan necesaria en nuestro país que parece francesa o alemana-, apostó por la alfabetización digital temprana y el trabajo de campo para detectar los usos y costumbres de los usuarios de la web. Sin duda alguna, ambas contribuciones desplegaron uno de los debates más valiosos por necesarios: ese uso masivo e indiscriminado de las nuevas tecnologías representa mucho más que un mero cambio de soportes o canales de información, representa una nueva forma de leer, una nueva forma de pensar y, quizás -como nos recordara hace ya tiempo Nicholas Carr-, una nueva forma de ser.


Recuerdo todo esto porque hace no muchos días terminé de leer un libro imprescindible: Internet, el éxtasis inquietante, una obra constituida por las alocuciones de Alain Finkielkraut y Paul Soriano en la Fundación 2 de marzo, publicado por esa pequeña e indispensable editorial argentina que es Libros del Zorzal. Es cierto que a Finkielkraut se le califica como ultraconservador y reaccionario en muchos círculos intelectuales y políticos, pero como tratamos de hacer hace ya unos años en aquel número de la extinta Archipiélago -La inquietante lucidez del pensamiento reaccionario-, su mirada es despiadadamente lúcida, incendia el mismo territorio que inspecciona, y lo hace sin remilgos ni falsas componendas con la opinión mayoritaria.

“No hace falta Internet para leer” -dice Finkielkraut-. “Internet sirve, en cambio, para ahogar el libro. Internet es necesaria para poner las palabras en movimiento, para hacerlas volar, ¡para acabar con el scripta manent! Es necesario Internet para pasar del autor y de la consideración que le debemos a la comunicación exuberante y al derecho a ser autor, que ahora se le reconoce a todo el mundo. Es necesario Internet para disolver la sacralidad, toda alteridad, toda transcendencia en la información y en la interacción. Es necesario Internet para pasar de la obra a lo que, en los años setente, se llamaba, con mayúscula rebelde, el Texto”. Y en efecto, así es: Internet y su propiedad más significativa, el hipertexto soñado por los principales teóricos franceses de los años 60 y 70, encarna la posibilidad de imaginar y construir un texto sin retorno o regresión, infinítamente bifurcado, sin centro determinable o cartografiable. En esa proliferación y multiplicación de voces radica su principal mérito, como fuerza de oposición a los discursos que se pretenden únicos y monolíticos, pero en su virtud está también, seguramente, su pecado: “la red promete y promueve” -continúa Finkielkraut- “un discurso totalmente uniforme, una exuberancia sin jerarquía. Y la Red, en la escuela, debe poner fin a la vigilancia discursiva ejercida sobre los niños. Por lo tanto todo el mundo debe expresarse lo más pronto posible, incluso todo el tiempo, y las máquinas tienen el poder de liberar tal expresión”.

En el reciente Debate sobre el Estado de la Nación se anunció, como muchos saben, la oferta de un ordenador portatil para cada estudiante de primaria, medida encomiable que, como todo paraíso, tiene su reverso infernal: como nos recordaba José Antonio Marina en Sevilla, la lectura profunda, que solía ser el objetivo de la educación primaria  y secundaria porque sobre ella se asentaban las capacidades cognitivas de más alto nivel, se ha vuelto una lucha, en buena medida por el uso masivo (e inevitable) de las tecnologías digitales. ¿Se convertirán en conceptos ilusorios, por el uso indiscriminado y acrítico de los soportes digitales, la meditación y el recogimiento, el afán de comprender discernir? Sé que me comporto como Sócrates ante Fedro pero el problema, sin embargo, radica precisamente en esa alegre mezcolanza, en esa gozosa miscelánea de los discursos entrecruzados que apartan y acaban sustituyendo y convirtiendo incluso en sospechoso al discurso lineal tradicional, a ese que tiene inevitablemente como protagonista a un instructor que regula los discursos. La respuesta estará, claro, en ese término medio que debe atemperar todo: formación digital básica desde la primeria, alfabetización en los nuevos medios desde muy pronto, tanto para los alumnos como para los profesores, para que puedan  integrarse ordenadamente los discursos y las opiniones en una matriz de la que podamos extraer un conocimiento superior.

Quizás -en mi afrancesamiento creciente y recalcitrante- sirva Paul Valéry para ilustrar la posible síntesis de esos dos extremos. Decía Valéry en cuanto a la irritación de los que administran los discursos unívocos: “Lo que mas irrita a los tiranos es la imposibilidad de ponerle grilletes al pensamiento de sus subordinados”. Pero, si bien es conveniente luchar contras las tiranías abriendo los canales de expresión, Valéry dejó escrito: “pronto habrá que construir claustros rigurosamente aislados en los que no puedan entrar ni las hojas ni las ondas… En ellos, la velocidad, el número, los efectos de masa, de sorpresa, de contraste, de novedad y de credulidad serán despreciados. Allí será donde, ciertos días, todos irán a observar, a través de las rejas, algunos especímenes de hombres libres”.

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