Avatares de la cultura escrita

Casi me gustaría comenzar comentando la actitud de algunos directivos de Bertelsmann en Alemania, que han renunciado al 50% de los bonos extraordinarios que percibían en función de los objetivos cumplidos, porque solamente así entiendo que pueda solicitarse a trabajadores, colaboradores y proveedores que se aprieten el cinturón o colaboren, con sus sudores y sus lágrimas, al sostenimiento de una empresa común, pero mucho me temo que el ejecutivo editorial español -en términos generales y haciendo todas las honrosas excepciones que sea necesario- es más partidario de la política de tierra quemada y de hechos consumados que del bravo ejemplo de la jefatura bien entendida (política que consiste en arramplar con lo que hay y dejar un legado envenenado al heredero). Me gustaría comenzar por ahí, ya digo, porque a mi alrededor (por no mirarme a mí mismo) no veo más que buenos profesionales de la edición sumidos en crisis profesionales difíciles de remontar, financiando con su esfuerzo denodado a otrora grandes imperios de la comunicación, atónitos ante la desfachatez de quienes se amparan en penurias económicas internacionales para no abonar la justa soldada. En fin, me gustaría comenzar por ahí, para que el ejemplo cundiera y nuestra convergencia con Europa no fuera meramente testimonial, pero no lo voy a hacer. Voy a comenzar…


Voy a comenzar refiriéndome al artículo de Federico Ibáñez aparecido hoy en el diario El País, “Repensar la edición“, no para enmendarlo -porque suscribiría la mayoría de los puntos que cita en su síntesis sectorial-, sino para ampliarlo, para enmarcar los avatares editoriales dentro dentro de un avatar mucho más complejo y trascendental, que es el de la cultura escrita. Me explicaré: el hecho de que la cadena de valor tradicional de la edición se esté cayendo hecha añicos es, simplemente, el fruto maduro de un acontecimiento anunciado, porque nuestros flujos y procedimientos dependen en gran medida de una época predigital donde no existían las tecnologías con las que hoy contamos. Pero, en realidad, si bien eso interesa y afecta a la industria editorial, no se trata más que de un epifenómeno o, por usar un vocabulario errado y desusado, pero que resulta ilustrativo, no es más que la superestructura de un movimiento sísmico mucho más poderoso, de mayor alcance. Alguien decía el otro día que dentro de algunos años no recordaremos la crisis financiera, pero padeceremos en todos los órdenes el cambio trascendental de que está aconteciendo a la cultura escrita.

Padecemos una convulsión irreversible, seguramente, en las formas y maneras de generar contenidos, de concebirlos, de escribirlos, grabarlos o dibujarlos, de unirlos y ensamblarlos y, si eso es así, sufrimos una sacudida no menos importante de los derechos conexos y asociados. La propiedad de algo tangible, vinculada a una regulación capaz de controlar su reproducción y su circulación, no puede ser ya la misma en un entorno donde su reproducción y circulación es gratuita. Surgen, por tanto, otras maneras de hacer, quizás otros géneros literarios, artísticos, y afloran nuevas concepciones de la propiedad que no entrañan, necesaria ni únicamente, la compensación mercantil inmediata.

Padecemos una conmoción definitiva en la manera en que difundimos y transmitimos lo que hacemos, en la manera en que lo compartimos, lo mostramos y lo enseñamos. Quienes antes ejercían de intermediarios obligatoriamente para exponer lo que hacíamos, no tienen por qué seguir haciéndolo, al menos obligatoria o exclusiva. Surge la posibilidad de arrogarse con el soberano derecho a difundir de la manera que a uno le plazca los propios contenidos; surgen nuevas intermediaciones que pueden acabar con el papel de los mediadores tradicionales, incluidos los editores claro. Los nativos digitales, como el que nos contempla, puede que no comprenda qué era un editor de aquí a unos años (que los dioses de los bits no lo quieran). La educación, concebida tradicionalmente como la emisión de un discurso único, del que sabe a los que necesitan aprender, no ha perdido su vigencia, pero sí se ha matizado, porque las nuevas herramientas promueven la conversación y la proliferación de los discursos divergentes.

Padecemos, seguramente, un cambio neuronal irreversible, una convulsión cognitiva solamente comparable a la que el pobre Sócrates narró en su Fedro. La lectura profunda, sucesiva y ensimismada que conformó nuestro milenario cerebro lector, está en trance de reciclado. La tecnología que soportaba esa posibilidad era la del libro tradicional -paralelepípedo con principio y fin entre cuyas cubiertas discurre un discurso con sentido-, pero el nuevo soporte digital por antonomasia que es la web posee una característica que hace que los textos comiencen en cualquier sitio y acaben en cualquier parte, de manera que la trazabilidad de su significación original (si es que existía) sea una tarea imposible. El hipertexto aboca a un tipo de lectura fragmentaria e irreversible, y el tipo de experiencia cognitiva que propicia es necesariamente diferente. Nuestro cerebro, órgano impar e indeterminado genéticamente para la lectura, hará lo que le pidamos, para lo bueno o para lo menos bueno.

Los cambios, y no me extiendo más, son sin duda editoriales, pero, sobre todo, son cambios de la cultura escrita, de las tecnologías que usamos y, con ellas, de nuestro propio organismo, de nuestra propia sociedad, de nuestra propia convivencia, de nuestra propia cultura y de nuestra educación. Quizás convenga, parafraseando a Federico Ibáñez y recuperando el video tantas veces emitido de The machine is us/ing us, repensar el copyright, la autoía, la identidad, la ética, la estética, la retórica, la gobernanza global, la privacidad, el comercio, el amor, la familía. Quizás convenga que nos repensemos.

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