Karl Kraus, el irreprimible

Leo la entrevista que el periódico austriaco Der Standard hace a Robert Silvers, el editor en jefe de una de las referencias mundiales del mundo de la crítica, los libros y la edición, The New York Review of Books. A Silvers, veteranísimo profesional, no lo cabe la menor duda: estamos ante el final de una época, ante el colapso definitivo de la galaxia Gutenberg. Leeremos en pantallas y la web nos facilitará el acceso -como en el caso del propio archivo digitalizado del New York Review of Books- a centenares de miles de páginas. Quizás no leamos  propiamente hablando, sino que surfearemos o seguiremos grácilmente la fuerza de las olas que nos arrastren en la red. En todo caso, la web se erige en el canal por antonomasia para la creación, difusión y uso de los contenidos escritos, aun cuando la competencia de los discursos -entre los antiguos profesionales y la proliferación de nuevas voces amateurs-, sea un asunto irresoluble en el nuevo entorno.


Pongámonos en situación (histórica): 19 de noveimbre de 1914, Karl Kraus entra en una sala atestada de gente silenciosa y expectante en Viena. Mira al público penetrándolo con su mirada afilada. Látigo de cualquier conformismo burgúes, de cualquier moral bienpensante o de todo abuso de poder, grita contra la guerra: “Quizás hasta la más pequeñas de las guerras fue siempre un negocio que dejó limpia la superficie y actuó en el interior. ¿En qué dirección actúa ésta tan grande, que lo es gracias a fuerzas contra las que habría que encabezar la más grande de todas las guerras? ¿Es la salvación o tan sólo el fin? ¿O apenas un paso más? […] ¿Cómo pudo ser posible que un periódico de ámbito mundial festejara una guerra mundial? ¿Que un magnate de la Bolsa se plantara ante una batalla en la que estaban implicados millones, y con el bramido de sus titulares reclamara y lograra la atención para el 50 aniversario de su impublicable negocio? ¿Que los bancos con los fondos congelados no pudieran atender a sus clientes pero sí pagarle a él bastante más de cuatrocientas coronas por cada uno de los cien anuncios de su número conmemorativo? ¿Que entre el tronar de los cañones aún se escuchara el clamor de la adhesión de los repartidores, y que la relación de quienes le felicitaban desfilara durante semanas como una lista de bajas de la cultura? ¿Cómo pudo ser posible que en días en que la frase empezaba ya a sangrar y rendía los vestigios de su vida en la muerte pudiera servir aún para adornar ventanas en una casa de placeres liberales? ¿Que izaran banderas escritores que ya estaban en el frente y que un siervo del balance, un filibustero de la cultura, se hiciera homenajear por una banda de lacayos de alto rango como “General en jefe del espíritu”? ¡Ojalá la época llegue a hacerse tan grande como para no ser víctima de un vendedor que planta sus pies sobre el espíritu y sobre la economía! ¡Que venza la pesadilla del oportunismo en la que la victoria se convierte en mérito de los que no participaron, que se arranque de entre sus títulos de honor ese empeño invertido en bandas y cruces que le imponen precisamente la estupidez, las palabras extrañas y los nombres de recetas, y que entre esclavos cuyo único objetivo fue durante todos los días de su vida dominar el lenguaje, se abra paso mundo adelante con el talento de no dominarlo! ¿Qué sabéis vosotros, los que estáis en guerra de la guerra?”.

Entre el público, Elias Canetti. Un jovencito que queda abrumado por la violencia del discurso. Se asombra de su independencia y se pasma porque la policía no le haya detenido todavía. Kraus edita durante 37 años, de 1899 a 1936, sin desmayo y en solitario, Die Fackel, una plataforma o una torre de papel desde la que preservar la independencia intelectual, desde la que mantener la cordura política, desde la que proteger la autonomía de la cultura.


Otro salto: 28 de mayo de 2006. Kate Allen, uno de los directores de Amnistía Internacional, concede una entrevista al diario The Observer en la que se pormenorizan los actos de censura, vigilancia, arresto y castigo que pueden documentarse en muchos países contra la libertad de expresión en Internet: China, Cuba, Irán, Turkmenistán, Tunez, Israel, Vietnam… Explica la connivencia criminal de grandes compañías de comunicación y buscadores comerciales en la estrategia represiva. Lanza, finalmente, una campaña mundial que  lleva por título “Irreprimible“, e incita a tomar conciencia de que amordazar la web es como si hubiéramos echado a Karl Kraus de su tribuna o si hubiéamos cerrado Die Fackel.

Penúltimo salto: 24 de mayo de 2009. Madrid. La asociación de internautas pide la universalidad de la banda ancha, porque es -como reconocía Robert Silvers- el fundamento por excelencia de la libertad de expresión, de la diseminación de contenidos, de la pluralidad de las opiniones y los pareceres, de la salud de nuestras democracias. Internet como “campo de batalla donde se libra la lucha por los derechos civiles”. Karl Kraus hubiera publicado La antorcha en la web.

Último salto: 28 de mayo de 2009: La aldea global. De la sociedad de la información a la sociedad del conocimiento. 16.00 h. El futuro de la creación y la autonomía del campo de producción cultural se está dirimiendo en estos mismos momentos. Seamos como Karl Kraus, el irreprimible.

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Comentarios

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[...] Karl Kraus, uno de mis ídolos intelecutales declarados, editó durante 37 años La antorcha, aquella revista que iluminaba la oscuridad de una centroeuropa hundida en los estragos de la Primera Guerra Mundial. Solamente me quedan 31 más para llegarle a la suela de los zapatos. [...]

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