No es de libro: por una pedagogía integral de la propiedad intelectual

La propiedad intelectual se encuentra en el primer plano de la polémica vinculada a la digitalización de contenidos, a su potencial generación, circulación e intercambio en la web o en otros soportes electrónicos. La disputa suele plantearse, artera y simplificadoramente, en términos antagónicos entre los que propugnan el acceso libre e ilimitado a los contenidos digitalizados, y los que defienden la protección a ultranza de los contenidos que puedan circular por la red. Los primeros se visten con los ropajes de la cultura libre, como si ese concepto tuviera algo que ver con la apropiación ilícita de contenidos legítimamente protegidos por los autores que los han creado, y los segundos se embuten en fracs negros que nos recuerdan a esos cobradores que solamente pretenden obtener una recompensa mercantil por sus esfuerzos. Ninguno de las dos posiciones juega limpio en este debate ni parece muy interesada en atenerse a la realidad: los primeros presentan la discordia en términos de enfrentamiento bajo la hégira del copyfight, y los segundos inventan sagaces campañas bajo el título axiomático de Es de libro que buscan convencer a los jóvenes de las evidencias indiscutibles del copyright. No busco hacer amigos -ni unos ni otros estarán de acuerdo con nada de lo que exponga-, sino demandar una pedagogía integral de la propiedad intelectual.

La querella suele plantearse entre el acceso a la información y la propiedad de los contenidos. Ambas posturas, cuando se maximalizan, se amparan en los preceptos constitucionales que, aparentemente, guarecen las respectivas reivindicaciones: el artículo 44.1. de nuestra Constitución, por ejemplo,  habla del acceso a la cultura como una de las divisas del Estado moderno; el artículo 44.2. hablar de la promoción de la investigación científica; el artículo 46, por mencionar otro más, alude a la conservación y promoción del patrimonio histórico, cultural  y científico. Quienes mantienen que el acceso está por encima de la propiedad, sobre todo en la era digital, en la que los contenido se desmaterilizan y circulan como un fluido incontenible por la web, se acogen a esos principios. Quienes, por el contrario, defienden que las creaciones intelectuales y artísticas deben estar protegidas y quienes las crean recibir una justa compensación económica, se refieren al artículo 33 de nuestra Constitución, donde la propiedad privada se recoge como derecho fundamental, o al artículo 38, que ampara la libertad de empresa y la libre competencia.


La pendencia se plantea, por tanto, como dilema irreconciliable. Pero eso es falso. El artículo 2 de nuestra Ley de Propiedad Intelectual en vigor, refiriéndose al contenido, dice literalmente: “La propiedad intelectual está integrada por derechos de carácter personal y patrimonial, que atribuyen al autor la plena disposición y el derecho exclusivo a la explotación de la obra, sin más limitaciones que las establecidas en la Ley”. El artículo entraña, por tanto, que un autor pueda exigir, legítimamente, que se le abonen los derechos que correspondan por la reproducción de su obra o, todo lo contrario, que el autor estipule que su contenido circule libremente por la web, se comparta y difunda, e incluso se comercialice, si así lo dispone, en ejercicio soberano del derecho que la ley le otorga. Todo lo demás son ganas de confundir al personal.

Copyright es copyleft o, dicho de otra manera, en el artículo 2 de la Ley de Propiedad Intelectual están comprendidas, potencialmente, ambas opciones, y nadie puede arrogarse el derecho a imponer la circulación irrestricta de los contenidos o, al contrario, su absoluta cerrazón. Dependerá de la voluntad autónoma del autor que, eso sí, debería ser educado en las posibilidades que la ley le otorga: es muy posible que si un autor sabe que en España se imprimen casi 80.000 nuevos libros al año, que su mortalidad es altísima, que las posibilidades que tiene, por tanto, de ser descubierto son mínimas, que a penas el 3% de los asociados en CEDRO viven de los derechos que sus obras generan, que en muchos casos -como en el de los contenidos científicos o profesionales- mostrar lo que uno ha hecho genera un índice de visibilidad e impacto muy superior a lo que la circulación tradicional en papel puediera hacer, es posible, y digo sólo posible, que ese autor utilice un tipo de licencias (Creative Commons, GNU, Color Iuris), que le permitan liberar sus contenidos en unas condiciones determinadas. Por el contrario, es posible que otros autores sigan prefiriendo que sus contenidos se sigan comportando de manera analógica en la web, mediante la aplicación de un DRM determinado, que controlen su reproducción y circulación y le aseguren la percepción téorica de una retribución determinada. Aplicará el copyright a la manera en que se hace en el mundo analógico.

Cultura libre no significa apropiación indebida. Lawrence Lessig lo explicó hace tiempo muy bien en Free Culture. Propiedad intelectual no es sinónimo, exclusivamente, de copyright, como nos quieren hacer creer campañas interesadas que solamente incrementan las sospechas hacia una industria y unas agencias excesivamente volcadas hacia el lado más mercantil de las transacciones culturales. Demando, por eso, una pedagogía integral de la propiedad intelectual que ponga en manos de los autores el derecho a decidir, fundamentadamente, qué hacer con sus obras.

Mañana, en la Feria del Libro de Madrid, a las 19.00, en el debate sobre “Los autores y sus derechos ante el libro digital“, más.

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Comentarios

Enhorabuena!!. Evidentemente un análisis racional del problema aunque el envoltorio sea muy "cool"… esperas que así lo lean los talibanes del todo gratibre ??

Respecto a "pedagogía integral" que te parece http://www.educarparacrear.org/alcala/index.php ?? ( se ruega olvidarse de los promotores y criticar/alabar el contenido educativo)

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