De la erótica de los libros antiguos

Francisco Peña, uno de los impulsores de las celebraciones del Sinodal de Aquilafuente, de ese primer libro impreso que disputa su precedencia a Les Trobes en Lahors de la Verge Maria, me manda el texto de la representación con que los vecinos del pueblo segoviano iniciaron las jornadas Del Sinodal al digital en la última Feria del Libro de Madrid. El texto resulta extraordinarimante verosímil -y puede asistirse a su representación, todos los años, en los primeros días de agosto- porque reproduce de manera plausible lo que pudo haber acontecido en aquel remoto momento del siglo XV, cuando una nueva tecnología estaba a punto de dar un vuelco extraordinario a las maneras en que se creaban, circulaban y utilizaban los textos manuscritos. La iglesia, de hecho, nunca rechazó el invento -y eso se comprueba claramente en la implantación de las primeras imprentas y editoriales en las Universidades dominadas por la jerarquía eclesiástica-, porque como el Obispo Don Juan dice cuando tiene entre sus manos el artefacto creado por Maese Juan: “Fray Antón, este es un momento histórico. No podéis imaginar lo que supondrá para nuestra sociedad el que una máquina pueda sacar copias y copias de un manuscrito. La cultura, la palabra sagrada, los escritos de los grandes maestros de la Antigüedad, al alcance de todos. Es milagroso, increíble. Había oído hablar de ello pero no había tenido ocasión de ver ninguno”.


El Obispo Don Juan, como tantos de sus pares, vio en la imprenta la posibilidad de diseminar los textos bíblicos, las enseñanzas de los padres de la iglesia, en un anhelo de comunitarismo que no podía tener en cuenta que aquel artefacto no estaba solamente destinado a “la impresión de las ordenanzas y constituciones del sínodo” o de cualesqueira otros textos canónicos. Las culturas del libro son aquellas, como la cristiana, la judía o la musulmana, que creen que de la lectura de un solo texto pueden desprenderse todas las enseñanzas necesarias para conducirse en la vida, y si el texto en sí mismo no resulta suficiente, se inventan profusas combinaciones cabalísticas o aritméticas esotéricas para encontrar un mensaje transcendente pretendidamente oculto. No importa cuánto tiempo se tarde en descifrar ese recado enigmático, porque mientras tanto la vida se pasa y adquiere el sentido mismo de la adivinación y la búsqueda. George Steiner y sus cábalas trascendentes me parecen un buen ejemplo de ello.

La progresiva circulación de los libros impresos facilitaría, claro, que cada vez más personas tuvieran la posibilidad de adquirir ejemplares, de poseerlos y de apartarse de las lecturas públicas y comunitarias al ámbito de lo privado, de practicar la lectura silenciosa que San Jerónimo relatara sorprendido, de mantener una relación íntima y estrecha con un objeto dotado de un sentido que excedía el de las escrituras mismas, que abría las puertas a nuevos mundos y ámbitos del conocimiento. Francisco Peña me recuerda que en el pregón del año pasado Rogelio Blanco habló precisamente del poder democratizador de la imprenta, porque la democracia se basa en la capacidad de los ciudadanos para plantearse preguntas y responderlas al margen de los dogmas y las imposiciones de los poderosos. En eso seguramente Fray Antón tenía razón cuando prevenía al Obispo: “reverendo padre, ¿estáis seguro de lo que vais a hacer?”, le pregunta cuando quiere dar paso al impresor alemán. Y continúa advirtiéndole: “ya os lo he dicho, reverencia, no temo al conocimiento sagrado, pero sí al conocimiento demoníaco”.

Pero la imprenta no solamente trajo consigo la posibilidad de la duda, la acerada punta de la interpelación -y, por tanto, de la democracia-, sino que nos convirtió en todo lo contrario de lo que el Obispo hubiera querido y augurado: en politeistas irredentos. Los amantes de los libros en papel no nos conforamos con un sólo libro -sea la Biblia, el Talmud o cualquier otro-, o con un soporte que contenga todos los libros -como prometen los soportes digitales-, porque lo que reverenciamos es la individualidad de cada uno de ellos, la posibilidad del encuentro singular con cada volumen. El amante de los libros es polígamo, su relación con cada ejemplar es íntima y por eso cuasi carnal,  y no suele estar dispuesto a establecer uniones excluyentes o estrictamente conyugales. Creo que Fray Antón estaba más cerca de lo cierto de lo que imaginaba: “el pecado también es obra del humana ingenio maese Juan, y entronca directamente con Satán”.

Propongo tres citas para poliándricos: el 18 de junio en Comunicarte’09, donde hablaré del Contraataque de la Galaxia Gutenberg; quien pase por Lubeck, tierra de Thomas Mann, el 21 de junio próximo, atender la lectura de Von der Erotik alter Bücher; y finalmente del 31 de julio al 2 de agosto en Aquilafuente, para consolar al probre Fray Antón.

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Comentarios

Una entrada realmente interesante. Enhorabuena

Interesante. No me canso de la simplicidad del libro como invento, sin embargo ha tenido un impacto fundamental y aun no cuatificado en el desarrollo del pensamiento. Debemos valorarlo como herramienta imprescindible en la vida del ser humano.

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