Edición (digital) y subversión

El título remeda el famoso libro de Robert Darnton, Edición y subversión, en el que estudió la manera en que se creaban, circulaban y se utilizaban los libros que los regímenes totalitarios del siglo XVIII no querían, que los mandatarios del Antiguo Régimen temían y que los censores perseguían. Oficio subversivo de unos pocos que fabricaban papel, imprimían libros, los distribuían y vendían, ocultándose, contribuyendo a formar una opinión pública crítica que acabaría, no mucho tiempo después, derrocando al régimen que intentaba amordazarlos. Me he acordado de Darnton leyendo el blog de Austin Heap y la entrada en la que enseña a los ciudadanos iraníes a instalar y administrar sus propios proxys contra la reprensión del Consejo de Guardianes.


“How-to-setup-a-proxy-for-iran-citizens”, se titula la entrada del 15 de junio del blog de Heap, mientras leo en Darnton: “durante el siglo XVIII surgió en Francia un nuevo público lector; la opinión pública cobró fuerza y el descontento ideológico se sumó a otras corrientes de pensamiento para producir la primera gran revolución de la era moderna. Los libros contribuyeron en gran medida a este fermento…”. En la entrada de Twitter del 21 de junio de Esko Reinikainen puede leerse: “RT @iran09: Rt @StopAhmadi: We took down Ahmadinejad’s website!! http://bit.ly/4y3eM #iranelection #“. Y un poco antes: “f you want to participate in the cyberattacks on the ahmedinajad regime follow @iran09 where links are being posted #iranelection #DDOS in reply to iran09 #“. La subversión es hoy promovida, por tanto, por la edición digital, extensión natural de los medios de producción y difusión analógicos de los siglos anteriores. El fondo del asunto es el mismo: “la clandestinidad fue especialmente importante en el siglo XVIII, cuando la censura, la policía y un gremio monopolista de libreros trataban de confinar el mundo de la letra impresa en los límites de la ortodoxia oficial. Cuando transmitía ideas heterodoxas, la palabra se propagaba de forma clandestina”, dice Darnton.

Fue no hace demasiado Howard Rheingold quien teorizó sobre la inteligencia incrementada de las masas conectadas mediante dispositivos móviles, una nueva forma de generación y transmisión de los mensajes inédita que encarna el espíritu de la época, la subversión mediante la edición digitalizada. Sin duda alguna, existen potentes e incontrolables tecnologías que nos permiten generar redes sociales de configuración movediza pero aglutinadas en torno a un objetivo compartido. Medios con una doble faz: potencialmente subversivos, pero también potencialmente sometibles y manipulables. Es más: desconfío personalmente del uso constante y acrítico de toda tecnología disruptiva, de la transmisión continuada de mensajes banales, del discuros entrecortado y fútil, pero es innegable la fuerza subversiva y aglutinante que puede adquirir cuando se utiliza contra cualquier estrategia represiva, contra cualquier intento de amordazar a quienes están en disposición de cuestionar el discurso dominante. No creo que las masas sean más inteligentes, contradiciendo a Rheingold, pero sí creo que más fuertes, que su grado de organización es superior y su posibilidad de interferir en las manipulaciones del poder, mucho mayor.

Darnton nos dice en el capítullo “Un espía en Grub Street”: “entenderemos mejor los orígenes intelectuales de la Revolución y sus reglas si abandonamos la Enciclopedia y descendemos a Grub Street, donde hombres como Brissot producían los periódicos y panfletos, los carteles y dibujos, las canciones, los rumores y los libelos que transformaron rencillas personales y rivalidades entre distintas facciones en una lucha ideológica sobre el destino de Francia”. Y entenderemos mejor nosotros ahora la revolución verde iraní si escuchamos el latido de las redes sociales en nuestros dispositivos móviles.

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