El crepúsculo de la lectura

El último número de la revista BoOks, revista francesa especializada en el mundo del libro, está dedicado a “la mutación cultura engendrada por la web y las nuevas tecnologías” y en su título, “¿Internet hace que sea aún más estúpido?“, replica y enfatiza la pregunta que hace ya tiempo se realizaba el semanario alemán Der Spiegel se hizo en el verano del 2008. Un año después, e imagino que dentro de muchos años todavía, la pregunta seguirá teniendo vigencia y seguirá resultando legítima, porque la metamorfosis a la que asistimos no es, solamente, la de la mera sustitución de los soportes, sino como ya reflexionara Jacques Derrida hace muchos años, la de una civilización y un modo de pensamiento ligado a un artefacto, el libro en papel, que es el cimiento sobre el que hemos construido el desarrollo de nuestro intelecto.


Derrida presentía de alguna forma que en algún momento surgiría alguna tecnología liberadora que acabaría con la linealidad de la escritura tradicional y, en consecuencia, con sus adherencias indeseables. En De la gramatología (p. 86) llegó a augurar: “el fin de la escritura lineal es en realidad el fin del libro, aunque sea en forma de libro como las nuevas escrituras, literarias o teóricas, se dejan encerrar, para bien o para malâ€. Y también: “la forma del libro está pasando por un periodo de agitación general y, mientras su forma parece cada vez menos natural […] y su historia menos transparente, la forma de libro por sí sola no puede zanjar […] la cuestión de los procesos de la escritura que, al cuestionar en la práctica esta forma, han de desmantelarlaâ€. El problema, además, según el mismo Derrida anticipaba, es que “no se puede tocar la forma del libro sin trastocar todo lo demásâ€.

Y esa es la gran pregunta que sigue y seguirá vigente, porque su resolución no puede provenir de la mera presentación de novedades electrónicas y de la pasarela de los nuevos soportes:  “aunque parezca lo contrario”, escribía Derrida hace 42 años, “esta muerte del libro anuncia, sin lugar a dudas (y, en cierto sentido, siempre ha anunciado), una muerte del discurso (de un supuesto discurso completo) así como una nueva mutación en la historia de la escritura, en la historia como escrituraâ€. La cosa, en fin, no parece pequeña.

En el índice del número de verano de la revista BoOks puede encontrarse material suficiente para reflexionar este verano y los diez siguientes (llevamos más de cuarenta años haciéndolo, como demuestra el texto de Derrida, y nuestras preguntas siguen sin estar a altura de las apresuradas respuestas que solemos proporcionar): entre los escritos que convendría repasar y repensar -además de esa estupenda traducción al francés de mi Sócrates 2.0. que le da un toque volteriano-, está el de George Steiner dedicado al “crepúsculo de la lectura“. Steiner encuentra la quintaesencia de la lectura profunda que cimienta nuestro intelecto en tres prácticas que confluyen sobre el libro en papel: tomarse tiempo; gustar del silencio; concentrarse. Ese tipo de lecutra era la que describía en El lector infrecuente, un tipo de lectura que dependía (que sigue dependiendo) de la relación íntima con un artefacto que nos invita, nos obliga, a recogernos y concentrarnos para seguir un argumento desplegado sucesivamente. Leeremos menos y de otra manera en el futuro, trastocaremos la forma del libro pero, si lo hacemos, algo que parece inevitable, entrañará la desaparición de un tipo de discurso y una verdadera mutación en la historia de la escritura.

La pregunta que habitualmente se formula en nuestros días sobre la transición o no de un soporte a otro no es otra cosa que una cuestión simplificada que ignora lo más complejo. La pregunta no debería ser si el libro electrónico sustituirá o no al libro en papel sino —si estamos de acuerdo con el discurso anterior— si podemos o debemos renunciar a un tipo de textualidad sobre la que hemos construido nuestras capacidades y competencias cognitivas más refinadas, si los géneros narrativos del siglo XXI sustituirán o no con ventaja a los nacidos en el XIX, si podemos o debemos prescindir del soporte que hace posible que leamos y comprendamos sucesiva y ordenadamente los argumentos lógica y consecutivamente expuestos por un autor que pretendía exponer un principio, una tesis o una idea, si pueden o no pueden convivir textualidades distintas, géneros narrativos que por su naturaleza se avengan mejor a la clausura relativa del libro en papel o demanden el desbordamiento arborescente de los vínculos o los enlaces a contenidos precedentes o coetáneos. En La Rioja, en los próximos días, más. Para mi legión de entregados lectores, un debate adicional en Le Nouvel Observateur.

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Comentarios

La clave, efectivamente, de todo esto no está ni en el soporte ni en el formato. En estos tiempos líquidos, nuestra relación con la textualidad se está desintegrando en encuentros furtivos, efímeros, inconstantes, pixelados. Nunca hemos leido tanto y tan poco a la vez. La lectura se ha convertido en un escapismo estresado, efímera, que busca la satisfacción inmedita. Microlectura, nanolectura, lectura licuada… ¿Los géneros del presente? ¿La novela? Zafonazos y demás son campanazos de medianoche para el género novela, libracos que se elen compulsivamente en apenas unos días (por el simple hecho de que hay que acabarlos cuanto antes). Si María Zambrano aseguraba que cada género literario tiene su momento biográfico, la llegada de la e-lectura sentencia un gran golpe al reinado centenario de la novela como género literario por antonomasia de los últimos cuatro siglos, y catapulta, quizá, al nanocuento como nuevo astro de referencia en el horizonte de la lectura virtual. Nuevos géneros para nuevos tiempos.

Estimado Joaquín:

Se te pasó mencionar el artículo de Nicholas Carr que apareció en The Atlantic (antes que el de Der Spiegel, me parece) que justamente lleva por título "Is Google Making Us Stupid?"

http://www.theatlantic.com/doc/200807/google

Igual que a tí, en cuanto leí el artículo de Carr me vino a la cabeza el dilema que plantea Steiner en "El lector infrecuente". Es algo que de forma muy visceral me cuestionaba desde hace tiempo:

http://sweetlittlegame.blogspot.com/2007/11/le-blogger-lisant.html

Saludos

Gracias por los comentarios, Mario, pero si vas a la entrada del lunes 1 de septiembre de 2008 en este blog [http://weblogs.madrimasd.org/futurosdellibro/archive/2008/09/01/99838.aspx], verás que ya estaba incluído el artículo de Carr que mencionas, uno de los que comenzó efectivamente a cuestionarse todo esto y que está incluído, cómo no, en el especial de la revista francesa.

Y a los amigos de Paradigma, aunque sospecho que su augurio nanotextual es certero, me propongo contradecirlo todo el tiempo que pueda…

Joaquín, una cosa son los augurios y otra la decisión lectora de cada persona. Aún creemos en la autodeterminación lectora, y los tochos (los otros tochos que no son zafonazos y larsonones, como Guerra y Paz, Los miserables, Los hermanos Karamazov, La Regenta, Los novios, Los Ensayos de Montaigne, Memorias de ultratumba…), tienen mucha vida entre los locos por la lectura, que somos muchos.

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