Posturas para leer

Hoy que se cumple el centenario del nacimiento de Onetti, se me ocurre que la mejor manera de recordarlo sea en sus posturas de lector. Me refiero a sus posturas físicas, a su hexis corporal, a su disposición somática. Recuerdo haber escuchado hace tiempo una grabación en la que Onetti relataba que cuando era chico se ocultaba en las profundidades de un enorme armario que había en su casa, dejaba la puerta entreabierta, y se abismaba durante horas en la lectura del volumen que le acompañara, mientras sus padres buscaban desesperadamente al hijo desaparecido, dándolo casi siempre por perdido. Ya en Madrid, exiliado, con domicilio en la Avenida de América, pasó los últimos años de su vida acostado, leyendo, como en una especie de retorno al lecho o al cubículo infantil donde aprendió a leer, donde cultivó el raro y divino placer de la lectura.


Victor Bravo, en ese imprescindible libro que es Leer el mundo, describe el leer como “un separarse del torrente de la vida; por ello, quizá dirá Proust que las grandes novelas se leen en tiempos de enfermedad. Esa distanciación estremece el ordena y la normalidad que siempre exige identidad e integración. Quien lee se separa, aunque sea por momentos, de la vida, y en esa separación nace la conciencia crítica, la posibilidad misma de la muerte de Dios, de la puesta en cuestionamiento de los fundamentos. Quien lee siente la experiencia de la diferncia: duda e interroga”. ¿Quién no reconocería al lector Onetti, escondido y apartado, en esta descripción? Basta recorrer las páginas de su Confesiones de un lector, para percatarse de la conveniencia de la descripción.

¿Cómo no adivinar un parentesco secreto y profundo entre el lector Onetti, apartado voluntariamente del mundo, fustigador de lo tópico y lo consabido, con el memorioso Mendel el de los libros, aquel que “leía con un ensimismamiento tan impresionante que desde entonces cualqueir otra persona a la que haya visto leyendo me ha parecido siempre un profano”? El anticuario, según el narrador, representaba el “vasto misterio de la concentración absoluta, que hace tanto al artista como al erudito, al verdadero sabio como al loco de remate, esa trágica felicida y desgracia de la obsesión completa”. Quizás Onetti se hubiera sentido bien acompañado, lejanamente acompañado, en su mutuo autismo de lectores profundos, por Mendel.

Y, ¿cómo no pensar en El lector infrecuente del cuadro de Chardin que describe Steiner? Para el lector retratado por Chardin, ataviado con sus mejores ropajes para encontrarse con los libros, “leer es un acto silencioso y solitario. Es un silencio vibrante y una soledad poblada por la vida de la palabra. Pero la cortina está corrida entre el lector y el mundo”.

Las posturas para leer no son indiferentes, porque delatan la relación del lector con el texto y revelan la posibilidad misma de escapar a los apremios de la vida, de resguardarse en una habitación propia desde la que contemplar y entender el mundo, de reflexionar críticamente sobre él y fortalecer nuestro juicio y nuestra inteligencia. Quizás Onetti fuera uno de esos últimos grandes lectores.

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