Fundamentos de economía del conocimiento en la red

Uno de los enigmas más intrincados, al menos para los economistas paleoliberales que siguen creyendo que “el trabajo debe encontrar su precio en el mercado” (según relatara hace mucho ya Karl Polanyi, al hablar de las características de La gran transformación), del funcionamiento de la red es el hecho de que, en buena medida, su crecimiento y funcionamiento se basa en la generación cooperativa y colectiva de contenidos por parte de los usuarios, sin un afán, al menos inmediato, por recibir una recompensa económica o material directa. Este hecho solamente es enigmático, sin embargo, si pretendemos comprender la lógica de la economía de la web desde la perspectiva simplificada y simplificadora de la economía liberarl. “La ciencia que llamamos economía se sustenta en una abstracción inicial que consiste en disociar una categoría particular de prácticas, o una dimensión particular de cualquier práctica, del orden social en el que toda práctica humana está inmersa”, decía Pierre Bourdieu en el inicio de ese libro insustituible que es Las estructuras sociales de la economía.


¿Cuál puede ser la razón, si es que hubiera solamente una, que explique esa dedicación dispendiosa o dadivosa de los usuarios, esa implicación filantrópica a generar contenidos y conocimientos de los que todos podamos aprovecharnos, sin que medie un precio o un importe? ¿Existe algo así como una predisposición filantrópica o altruista del género humano, un fundamento etológico y genético que nos haga naturalmente benévolos? No lo creo. Basta con leer a Alan Dugatking, en ¿Qué es el altruismo?, para caer en la cuenta de que necesitaríamos una base universal de consanguinidad para que eso fuera hipotéticamente posible; tampoco nuestros cerebros, según establecen los neurólogos, parecen tener la más mínima intención de dar nada a cambio de nada, más bien al contrario. Poseemos cerebros maquiavélicos. Basta echar un ojo a “The neural signature of social norm compliance” para asumir nuestra condición.

¿Podemos hablar, como piensan algunos, de una nueva economía del don, a la manera de Marcel Mauss? No lo creo: el don exige un contradón, dilatado en el tiempo, demorado o retardado para que no se viva como respuesta mecánica al primer acto de desprendimiento. ¿Bastaría, entonces, con creer a Howard Rheingold, el autor de las “multitudes inteligentes“, que cree en la paradoja de los presidiarios como principio de la cooperación, es decir, en la conveniencia mutua que se derivaría, en ese ejemplo, de guardar silencio para no desvelar la posible culpabilidad de ninguno de los implicados? No lo creo: la punición, siendo necesaria, no es suficiente para explicar una cooperación sostenida. Y no parece que en la red haya contradón de ningún tipo, no al menos como lo definiera la antropología. ¿Podemos hablar, entonces, simplemente, de wikiconomía o googleconomía, como hace Tapscott, de una nueva plataforma de servicios gratuitos, fruto de una comunidad abierta de desarrolladores, sobre la que construir negocios lucrativos para todos? Pues tampoco, al menos a mi juicio, porque ese no es el fundamento, por ejemplo, de la Wikipedia.


Para que esa manera de proceder instintivamente egoísta y codiciosa del ser humano sea domeñada o, más allá todavía, para que esa pulsión utilitarista e interesada encuentre beneficio y provecho en ser desprendida y pródiga —en hacer prácticamente todo lo contrario de lo que el reflejo más instintivo parece marcarnos—, debe existir un marco dentro del cual, duraderamente, sea más ventajoso comportarse dadivosamente, con la largura del que da lo que tiene y, mediante el acto de la donación, obtener una especie de capital más y mejor reconocido en la comunidad que debe apreciarlo.

Esta tarde, en el ciclo de Inclusiva-net organizado por el Medialab de Madrid, discutiremos sobre “Las prácticas del don y el P2P“, y quizás encontremos algún fundamento más sólido de esa nueva economía del conocimiento en la red.

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