Fedro regresa

Un adolescente de quince años se ha convertido en los últimos días en uno de los oráculos más valorados por las compañías de consultoría internacional, atónitas aparentemente ante lo obvio. Morgan Stanley, ni más ni menos, publica el informe donde se recogen las valoraciones y percepciones de esta etnografía digital dejada en manos de un nativo. Como un Fedro contemporáneo, el augurio del adolescente no hace otra cosa que ratificar lo que ya sabíamos: que los nativos digitales desdeñan los medios tradicionales, incluidos los libros, y que el medio en el que se desenvuelven está hecho de dispositivos digitales, redes sociales, información fragmentada y compartida, y que no están dispuestos de ninguna manera a dejar de utilizarlos de la manera en que lo hacen. Sócrates creyó en su momento que sus admoniciones bastarían para desanimar a Fedro de utilizar los nuevos soportes y aprender el alfabeto, confiando todo su conocimiento a la oralidad tradicional, pero no fue así. Todos acabaron traicionándole. La cuestión, por tanto, no es si los nativos digitales van a utilizar los medios digitales en la manera en que ya lo hacen, porque eso es una obviedad del tamaño de un terabyte, sino, más bien, en qué medida podemos alfabetizar digitalmente a la población que va utilizar esos medios y de qué manera podemos conservar o no las competencias asociadas a la lectura tradicional.


Algunas preocupaciones de proyectos que asumen seriamente la necesidad de procurar una alfabetización digital ordenada, como el promovido por Edutopia, perciben claramente que  no se trata de subrayar embodademente la deriva digital de los adolescentes, sino de procurar que se conviertan en usuarios expertos  y conscientes. En este video, titulado “Harness your student’s digital smarts”, que me atrevo a traducir como aprovecha, pero también enjaeza o pon a trabajar la inteligencia digital de tus alumnos, se muestra cómo debería administrarse ese conocimiento y desarrollarse ese conjunto de competencias:

Por otra parte, el rechazo adolescente de las tecnologías tradicionales de la escritura es algo más que el repudio de un soporte. “El acto clásico de la lectura”, dice George Steiner, “como he tratado de definirlo en mi trabajo, requiere de unas condiciones de silencio, de intimidad, de cultura literaria (alfabetismo) y de concentración. Faltando ellas, una lectura seria, una respuesta a los libros que sea también responsabilidad, no es realista”. Y muestra, a continuación, los efectos de ese desprecio: “más del ochenta por ciento de los adolescentes americanos no saben leer en silencio; hay siempre como telón de fondo una música más o menos amplificada. La intimidad, la soledad que permite un encuento en profundidad entre el texto y su recepción, entre la letra y el espíritu, es hoy una singularidad excéntrica, que resulta psicológica y socialmente sospechosa. Es inútil detenerse a hablar del hundimiento de nuestra enseñanza secundaria, sobre su desprecio del aprendizaje clásico, de lo que se aprende de memoria. Una forma de amnesia planificada prevalece ya desde mucho tiempo en nuestras escuelas”.

Transcribir a pie juntillas lo que los nativos nos transmiten de su experiencia del mundo -como cualquier antropólogo sabe-, es solamente el primer paso de una investigación seria. Luego queda lo más difícil, para el caso que nos ocupa: reconducir y optimizar su experiencia; complementarla con la de la lectura tradicional.

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