Edición ecoeficiente: rediseñando los futuros del libro (y III)

La sostenibilidad no es suficiente. Basta que hayamos escuchados las palabras pronunciadas ayer por el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, que advierten de un Polo Norte derretido en el 2030, si no antes, para que cobremos conciencia de la urgencia inaplazable de iniciativas que no se conformen con ser progresivamente menos malos, porque simplemente no hay plazo para dilaciones ni rodeos. Invitar a la población -como hace dos días se hizo ante la puerta de la Tate Gallery de Londres- a reducir sus consumos, mostrando cómo se licuaban ante sus ojos miles de figuras humanas de hielo, tal como informa el Daily Mail; frenar el consumo de bolsas de plástico mediante una campaña que destaca su cualidad de excremento o deyección; o pedirles a los editores, sin ir más lejos, que consuman papeles con orígenes certificados y tintas sin pigmentos venenosos, es simplemente insuficiente, además de engañoso.


Los métodos de gestión que destacan la sostenibilidad como valor fundamental están basados en la administración de la culpa, es decir, en la explotación del sentimiento de imprudencia y culpabilidad que nos acosa cuando consumimos en exceso, cuando generamos basura. Por eso, la sostenibilidad está basada en el decrecimiento progresivo de ese sentimiento de culpabilidad, en ser menos malos poco a poco, en controlar nuestros consumos, tamaño y emisiones, tal como ha propuesto reiteradamente Al Gore, por ejemplo. Pero la verdad incómoda no es que consumamos más de la cuenta y agujereemos la capa de ozono, si no que el diseño de todos nuestros productos y bienes de consumo están mal diseñado, que están concebidos para convertirse en basura irrecuperable, que son híbridos monstruosos e irrecuperables porque nunca fueron concebidos para ser reutilizados, reaprovechados, porque nadie había reparado en que en la naturaleza el concepto de basura como deshecho no existe, sino que la basura es siempre equiparable o equivalente a alimento o elemento nutritivo.


Michael Braungart y William McDonough -héroes del medioambiente, les denominaba la revista Time- cayeron en la cuenta hace tiempo de algo tan simple que roza lo genial: la única biomasa equivalente a la humana en la Tierra, la de las hormigas, nunca produce basura, sino que reintroduce sus desperdicios de manera incesante en un nuevo ciclo de aprovechamiento biológico, es decir, la basura es equivalente no a deshecho, menos aún a derroche, sino a alimento. La basura generada es reintroducida en el metabolismo biológico para alimentarlo, generando un círculo virtuoso inacabable.


Los seres humanos, además, hemos generado un metabolismo adicional, el tecnológico, constituido por la industria y por las materias primas que se utilizan para la fabricación de la miriada de utensilios y productos que consumimos. Estamos acostumbrados a adquirir un bien de consumo, utilizarlo, tirarlo, y darlo por muerto para siempre, en una línea sucesiva de complicidades que van desde la obsolescencia calculada, hasta la concepción de la economía como la de una rapiña extractiva de materias primas aparentemente inacabables. Millones de toneladas de materias primas valiosísimas, cuando no altamente venenosas, son simplemente arrojadas a los vertederos, sin posibilidad alguna de ser recuperadas.

Pero, ¿y si procediéramos de la misma manera que la naturaleza? ¿Y si concibiéramos productos de consumo cuyas materias primas pudieran ser deshechadas de manera que se reintegraran al metabolismo biológico como un alimento? ¿Si en lugar de decir bolsa-caca dijéramos bolsa-nutritiva, porque la hemos fabricado con fécula de papata que fecunda la tierra al ser arrojada? ¿Si en lugar de tirar el papel sabiendo que sus fibras serán difícilmente recuperables produjéramos biopapel a partir de pasta de biopolimeros, como hace DuraBooks, infinitamente reutilizable? ¿Si el ordenador con el que trabajamos, al agotarse su vida útil, pudiera ser devuelto a su fabricante para que desensamblara sus componentes y los reutilizara íntegramente, los devolviera al metabolismo tecnológico, tal como nos promete el nuevo Gyy? Esto es lo que concibieron, ya desde finales de los años 80, Michael Braungart y William McDonough, y lo denominaron Cradle to Cradle, de la cuna a la cuna, es decir, un principo de diseño integral que tenga en cuenta el ciclo de vida completo de los materiales, desde su extracción hasta su reutilización. ¿Qué sucedería si en lugar de ser simplemente sostenibles, o ecoeficientes, fuéramos ecofectivos y generáramos abundancia, invirtiendo el sentido de la culpa hasta convertirla en riqueza?

La acreditación mundial Cradle to Cradle -que dentro del ámbito editorial solamente tiene DuraBooks-, no sólo es la más exigente, sino la única verdaderamente trascendente. Holanda se ha declarado como país que regirá su economía por los principios de cradle to cradle; también el Estado de California, en los Estados Unidos; y el gobierno Chino ha encargado el diseño de ocho grandes ciudades que sigan a rajatabla las mismas premisas.

Be good, not least bad… (nos vemos en Sevilla, el 21 de septiembre, en el I Congreso sobre Ecoedición).

Etiquetas:

Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Escribe un comentario

(requerido)

(requerido)


*