El futuro imperecedero de la literatura

En el artículo de Jason Epstein que mencionaba como de obligada lectura y examen en la última de las entradas, además de referirse a cambios de modelos de negocio con un acierto y una precisión difícilmente equiparables, alude a una cuestión que me parece especialmente relevante: la de la pervivencia del autor y de la obra literaria en tiempos de aparente mudanza creativa y de proliferación de las obras colaborativas en red e, incluso, de desprestigio de la posibilidad misma de creación individual, concebida cada obra como el entrecruzamiento inevitable de múltiples influencias, sincrónicas y diacrónicas. Epstein, de manera rotunda, sin que le tiemble el pulso, asegura: “mi convicción fundamental, sin embargo, es que la ficción y no ficción distinguidas -lo que los herederos de Faulkner, Nabokov o Mailer creen-, continuará siendo escrita por individuos especializados luchando sobre sus escritorios, en profunda reclusión, y no por comunidades vinculadas de interés”.


Por si cupiera alguna duda, en un profesional en absoluto ajeno a los fenómenos de generación colectiva y semianónima de contenidos, impulsor del cambio de paradigma editorial, no alberga duda alguna sobre la distinta naturaleza de la creación online y de la creación literaria tradicional: “el trabajo literario”, dice, “desde la invención de la escritura, es, con muy escasas excepciones, el producto solitario de un genio individual [...] La última cosa que un escritor en busca de significado necesita es un equipo de colaboradores electrónicos, lo que no comporta denegar el valor de investigadores y editores”. La experiencia de la escritura en solitario en busca de un significado particular construido mediante un argumento singular es algo que perdurará en un mundo, por otra parte, “donde los experimentos multimedia online -mediante operetas para el IPhone, animaciones, pornografía y quién sabe qué más-, proliferarán y podrán producir algunas gemas entre la basura”.

Los millones de pingüinos, por aludir una vez más al experimento de generación colectiva de obras de ficción promovido por la editorial Pinguin, no interferirá nunca con el oso polar solitario que ocupa el hemisferio contrario. Son, casi me atrevería a decir, experiencias antagónicas. Juan Villoro proponía hace poco un cuento que contara la invención del libro a la inversa y, por tanto, la de la aparición del autor: imaginemos que el libro en papel, como obra singular, como volumen físicamente distinguible, hubiera sido inventado en el siglo XXI, hace apenas unos pocos años. ¡Qué prestigio alcanzarían los autores individuales, despegados por fin de la maraña indiferenciada de contribuciones amalgamadas de personas indiferenciadas! ¡Qué reputación y qué renombre obtendrían aquellos que estamparan su nombre en las cubiertas de una obra individual, identificando su contenido con el genio irrepetible de su autor! ¡Qué gran invención la de un objeto capaz de devolver a los seres humanos su singularidad! Nos encontramos ahora, sin embargo, en el lado opuesto del movimiento pendular de todas las historias: el que exalta la creación colectiva e indiferenciada, el que pone el acento en la herencia y el cruce de influencias, desestimando la autoría individual como la de una aberración ficitia. Muñoz Molina, en un artículo indispensable, recordaba hace poco: “según decía John Updike, sólo hay dos casos de grandes obras literarias escritas en grupo, la Biblia inglesa del rey James y el informe oficial sobre los atentados del 11 de septiembre”.

En el último libro aparecido en España de Todorov (devorado en un par de horas en el último AVE Sevilla-Madrid), parece que la reivindicación por una literatura con un autor reconocible y un argumento legible, se amplifica: el hecho de que críticos y expertos universitarios confundan las cosas de la lógica con la lógica de las cosas, que solamente encuentren apetitoso los juegos autoreferenciales o el solipsismo nihilista a la Vila-Matas (lo que no le impide, dicho sea de paso, fichar por Planeta, porque ya se sabe que el nihilismo convive bien con el capitalismo), empobrece hasta tal punto la función para la que la literatura fue concebida, convirtiéndola en mero objeto de análisis sintáctico y gramatical, que debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano por devolverle su dignidad, su capacidad para entablar un diálogo inacabable a través del tiempo y el espacio entre seres humanos que desean ampliar sus experiencias y su conocimiento de sí mismos. “Por eso”, dice Todorov, es preciso fomentar la lectura por todos los medios, incluso la de libros que el crítico profesional valora con condescendencia, cuando no con desprecio”. Larga vida a la literatura imperecedera.

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