Con la mente en Blanca

La semana pasada paseaban por la Noche en blanco de Madrid decenas de miles de personas en busca de espectáculo y distracción. Una vez al año un poco de cultura no hace daño. A partir del próximo lunes se celebrará en Blanca, Murcia, una semana completa dedicada a la edición y la literatura independientes, un encuentro, en suma, triplemente periférico: editores independientes, escogidos por su gusto y su factura, por su criterio estético y su fortaleza intelectual; autores escasamente afamados, interesantes por sus propuestas marginales, limítrofes; un pueblo de Murcia, de difícil localización, tan bello como desconocido. Ahora que el Hay Festival de Segovia, que se celebra este fin de semana, ha importado la fórmula de éxito del homónimo y seminal Hay on Wie, en Gales, Con la mente en Blanca está llamado a convertirse en un renovado conciliábulo de adoradores de las palabras.

Al mismo tiempo, presumiendo igulamente de periféricos y laterales, en Ejea de los Caballeros, Zaragoza, un grupo de excéntricos amantes de los libros organiza su III encuentro anual, con invitados como Luis Landero, por si cupiera la menor duda de su capacidad de seducción.

 

El hecho de que coincidan en la misma semana de septiembre tres inciativas dedicadas a la literatura y la edición independientes puede ser síntoma de varias cosas, juntas o por separado: que la literatura es un fenómeno estrictamente marginal, arrinconado incluso geográficamente, lejos de los estadios de fútbol; que las sociedades secretas siempre se han reunido furtivamente para celebrar sus ritos seminales, siendo este un ejemplo más de un tipo de práctica cada vez más arcana y esotérica; que suceda lo que suceda, en tiempos de abrumadora contaminación informativa, siempre existirán aquellos que pretenden trasladar a los demas las ideas y las creaciones más interesantes de la manera más bella y pulcra posible. El oficio de editor, no digamos el de aspirante a autor, es forzosamente vocacional, porque hay un componente de amor por el arte, de aceptación de los riesgos intrínsecos a la inversión cultural, de conformidad con el tiempo moroso de los ciclos largos de producción, de defensa y promoción de la vanguarida artística, el experimentalismo y las nuevas tendencias, q ue no todo el mundo estaría dispuesto a compartir, menos aún si los beneficios son magros e inseguros, y si hay que poner en juego el patrimonio y el crédito personales.

¿Qué es lo que lleva a alguien, por tanto, a persistir en esa actividad desesperada y marginal? En el año 1935, en pleno apogeo del régimen nazi, Bertold Brecht se preguntaba de qué manera podía decirse la verdad en Alemania, reflexión que dejó plasmada en Las cinco dificultades para decir la verdad. En esa enumeración, donde escribir puede ser sustituido por publicar, podía leerse:

1. El valor de escribir la verdad;
2. La inteligencia necesaria para descubrir la verdad;
3. El arte de hacer la verdad manejable como arma;
4. El buen sentido de elegir en manos de quién será eficaz;
5. La astucia de divulgarla entre mucha gente.

Con la mente en Blanca procederemos con toda la alevosia y nocturnidad posible para difundir la verdad entre todos los asistentes.

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