El acuerdo de los editores
Desde hace años la revista Time dedica un número a galordonar anualmente a los Héroes del medioambiente, personas, colectivos, empresas o instituciones que, sea en el campo que sea, han hecho de la defensa del medioambiente, de la concienciación pública, de la investigación y explotación de nuevas fuentes de energía limpias y renovables o de la reconceptualización de los ciclos productivos su quehacer principal. Entre nosotros, aunque me constan los esfuerzos de CONAMA, quizás estuviéramos más en condiciones de conceder el premio anual al Depredador del medioambiente, porque candidatos no nos faltarían.

Uno de los premios o menciones de este año ha ido a parar a algo tan aparentemente trivial como estrictamente necesario: al denominado The designers accord, el contrato o convención de adhesión voluntaria que liga a los diseñadores (no meramente a los gráficos, a los que se preocupan por el aspecto formal de las cosas, sino a los diseñadores entendidos como forjadores y desarrolladores de una idea que se encarna en algo material) mediante cuatro principios fundamentales que tienen que ver con el incremento de la conciencia medioambiental en sus respectivas prácticas; con la formación de los nuevos diseñadores y con el desarrollo de las herramientas necesarias para el buen desempeño del trabajo; con la codificacion, sistematización e intercambio en foros abiertos de la información relevantes y de las diversas experiencias adquiridas y, finalmente, con la necesidad de intervenir en la opinión pública y política. ¿Sencillo, verdad? Dejo los detalles para que cada uno pueda consultar los términos de ese arreglo de aceptación discrecional. 566 empresas, 28 instituciones educativas y 23 corporaciones de 100 países distintos en seis continentes se han adherido ya a ese programa.
Si ese esfuerzo por anudar las voluntades de toda suerte de diseñadores y fabricantes y crear una conciencia medioambiental global y un foro donde discutir e intercambiar ideas y fórmulas me parece relevante es porque, desde el punto de vista editorial, nada podrá cambiar si no media un acuerdo de la misma naturaleza entre todos aquellos que participan en la cadena de valor del libro: los fabricantes de papel y cartón, los editores, las empresas de producción gráfica, las distribuidoras. A día de hoy, no existen ni siquiera visos de que exista interés o voluntad por cobrar plena conciencia del impacto individualizado de cada una de esas industrias; menos todavía de llegar a acuerdos coordinados. Pero el tiempo que nos queda es escaso, como nos ha recordado hace poco uno de los más importantes expertos en cambio climático, Stefan Rahmstorf, y si antes del 2020 no hay cambios verdaderamente profundos en la manera en que concebimos el diseño integral de nuestros productos, convendría que fuéramos comprando protector solar y una pequeña lancha.

Ayer me preguntaron cuál sería, a mi juicio, la agenda de los editores para el próximo 2010, ahora que el Liber va a comenzar y los editores intercambiarán puntos de vista, esperanzas y temores. No me reconozco en esas declaraciones, hechas apresuradamente y anotadas, seguramente, de la misma forma. Creo que, en el fondo, simplificando, serán dos los grandes temas que ocuparán las agendas de los editores y de los profesionales del libro, y excluyo deliberadamente la discusión sobre la crisis y los problemas de supervivencia:
- por una parte, despertar la conciencia medioambiental de todos los implicados en la cadena de valor del libro, no como una molestia inaceptable e inasumible, sino como una necesidad imperiosa y una oportunidad empresarial. Todos y cada uno de los elementos que compenen la cadena de concepción, creación, impresión, distribución y venta del libro deberán abandonar el modelo extractivo tradicional de explotación irracional del medio para volcarse en un diseño integralmente respetuoso con el fundamento que nos proporciona lo que necesitamos para trabajar. Deberemos, para eso, aunar esfuerzos, intercambiar información, planear encuentros, impartir formación, etc., a la manera en que ya lo hace The Designers Accord. Propongo, por tanto, un Acuerdo de los editores en ese sentido.
- por otra parte, asumir finalmente, con todas sus consecuencias, la progresiva desaparición del modelo productivo predigital y aprender a gestionar digitalmente la cadena de valor del libro, lo que no quiere decir, simplemente, generar formatos digitales para que sean leídos en artilugios todavía deficientes, sino pensar digitalmente cada una de las operaciones comprometidas en la creación, edición, producción, distribución y comercialización del libro, que es algo diferente, aunando fuerzas en lugar de gimotear por la fuerza de los grandes.

La suma de esfuerzos en situaciones de crisis, como la teoría evolutiva dice, beneficia tanto a los grandes como a los pequeños, y la puesta en común del conocimiento y los medios necesarios para superarla, también. Quizás a ese esfuerzo cooperativo se refería la periodista al hablar de las cooperativas digitales…
Mañana, a las 12.30, en el Liber 09, en Madrid, tendremos oportunidad de hablar, precisamente, de Edición sostenible y cambio climático.
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