Reflexiones (editorialmente) intempestivas

En el último número del semanario Die Zeit, que traigo a colación ahora que muchos andamos por Frankfurt, se publica una estadística reveladora que aupa a España al segundo lugar del ranking mundial de productores de libros per capita, por encima del quinto o sexto puesto que las cifras de producción neta suelen arrojar. El inventario dice que solamente el Reino Unido nos aventaja en esa alocada carrera editorial hacia la nada, con 1830 títulos nuevos por cada millón de habitantes, seguido de lejos por Francia, con 1053 títulos por millón de habitantes y a una distancia considerable del supuesto coloso mundial, Estados Unidos, con “tan sólo” 956 títulos por millón de habitantes. Orgullosamente ensimismada y ciertamente precipitada, la industria editorial nacional alcanza la cifra de 1361 títulos por cada millón de habitantes, de manera que, además de ases del balompié, somos empedernidos y voraces lectores. ¿O no?


Si uno considera desapasionadamente la estadística, las preguntas y consideraciones que brotan naturalmente, al menos a mi, serían las siguientes: tal cantidad abrumadora de nuevos títulos, que supera incluso a la potente industria alemana, debería tener una estricta correspondencia con el número de compradores y lectores habituales, ¿o no? Si la cifra real de lectores y compradores asiduos no supera en nuestro país la cifra del 25%, por mucho que las estadísticas se hermoseen, tocamos a 183 por cabeza. Si esa consonancia no existe, y las estadísticas del Gremio, aunque maquilladas, no parecen desmentirme, será que las librerías tienen anchurosos espacios para su exposición y depósito y una capacidad de gestión y financiación que asegura su pervivencia a largo plazo, ¿o no? Si no fuera así, que según tengo entendido tampoco parece ser el caso, ¿a qué puede deberse esa obstinada sobreproducción? Podría ser, quizás, que para sobrevivir, las editoriales siguieran enredadas en un ciclo perverso de financiación que consiste en lanzar nuevos títulos antes de que les devuelvan los anteriores para que el activo circulante les permita sobrevivir precariamente a la manera en que los platillos chinos siguen girando en perpetuo desequilibrio, ¿o no?

Lo cierto parece ser, sin embargo, que las tiradas siguen predicióndose después de una consulta astrológica y que los invendidos superan con mucho a los pocos que se colocan y que, finalmente, acaban arrinconados en almacenes o malvendidos a latinoamérica a precios que sirven para amortizar la inversión industrial y, de paso, para mantener los precios inseguramente en España. Se tira por encima de lo necesario porque el negocio sigue estando basado en imprimir antes de vender, y en perseverar en el error de sumar solamente el coste de la producción, no el de la comercialización fallida, la distribución desorientada o el vergonzante almacenaje.

¿Podría ser, quizás, que no nos gusten los libros electrónicos, en contra de lo que los periodistas de El País nos recuerdan empecinadamente todos los años, y que apostemos por la explosión y expansión inmoderada del papel, en un último extertor vegetal? ¿Pudiera ser que no nos gustaran a los españoles, por aquello del espíritu arraigadamente anarquista, los formatos propietarios del Kindle y sus arteros DRMs? ¿Es posible que los españoles estuviéramos apostando, decididamente, por un soporte de código libre y abierto, estable, sin molestos y manilargos DRMs? Me gustaría que así fuera, de verdad, pero tampoco creo que sea el caso.

Y además: ¿de verdad alguien cree que las editoriales van a reducir sus planes de novedades? Es más: ¿resulta siquiera conveniente reducir la oferta editorial e intentar atenuar el entusiasmo de los pequeños editores combativos que se atreven a entrar en el mercado? No lo creo. Más bien se trataría de mantener la diversidad de la oferta, pero encarnada en un libro en papel o en un archivo electrónico solamente cuando fuera estrictamente necesario. Es decir, implantar una gestión digital de los contenidos en toda la cadena editorial, desde la recepción de los originales hasta su impresión y su distribución, de manera que de una industria basada en la sobreproducción supeditada a criterios industriales, pasáramos a un servicio capaz de dispensar a cada lector en cada momento aquello que demandara. ¿Imposible? En absoluto. Toda la tecnología está a nuestro alcance. Y se me antoja que el precio fijo y la armonización del IVA de los libros en papel y los libros electrónicos -asunto sobre el cual se viene tratando sin censuras en los mentideros electrónicos  los últimos días, de la mano, sobre todo, de Luis Suñén y de Manuel Rodríguez Rivero- es una parte importante de este nuevo engranaje: aquellos pequeños libreros que se arriesgaran a financiar las tecnologías necesarias para proporcionar servicios digitales a medida, necesitarían el resguardo y la protección del precio fijo, porque de otra manera las inversiones no estarían justificadas. Si bien es cierto que resulta cada vez más difícil mantenerlo, sólamente bajo el resguardo del precio único cabría pensar en una red de librerías independientes con el valor suficiente para asumir los costes de una reinvención digital. De otra manera es seguro que solamente quedarían tres o cuatro grandes espacios de venta.

Desde la atalaya de Frankfurt todo se ve más claro.

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Comentarios

Hola,

Interesante reflexión aunque creo que a veces se nos olvida que el alto número de títulos en España también puede estar ligado al gran número de exportaciones y lectores no españoles (sudamericanos) que pertenecen al mercado español.

No se me ha olvidado la exportación a América. Relee el siguiente párrafo y verás que la alusión no era gratuita: "Lo cierto parece ser, sin embargo, que las tiradas siguen predicióndose después de una consulta astrológica y que los invendidos superan con mucho a los pocos que se colocan y que, finalmente, acaban arrinconados en almacenes o malvendidos a latinoamérica a precios que sirven para amortizar la inversión industrial y, de paso, para mantener los precios inseguramente en España". Los grandes grupos editoriales sí que encuentran en Latinoamérica lo que España ya no puede darles. Basta que veas las cifras que arrojan grupos como Planeta o Santillana. Pero para los pequeños y medianos editores es más una manera de amortizar las inversiones industriales y mantener los precios en España que otra cosa.

Hola Joaquín,

Obviamente no te vamos a negar la sobreproducción que se da en el sector. La sufrimos en nuestras carnes en la librería con todas las cajas que recibimos de libros no pedidos, enviados simplemente para inflar la facturación de las editoriales y las distribuidoras. Aquel domingo que debía ser festivo se ha convertido el día de las devoluciones…

Simplemente quería cuestionar el valor que ofrece una comparación entre países de número de títulos por millón de habitantes. Creo que estaremos de acuerdo que el volumen de lectores que mueve España no lo mueven ni Francia, Alemania, Corea o Italia. Si luego estos libros son malvendidos a latinoamérica a precios que sirven para amortizar la inversión, habrá veces que sí y habrá veces que no.

Creemos que existen valores mucho más clarificadores para un ranking como podría ser por ejemplo las subvenciones que reciben las editoriales de cada país. Este dato sí que explicaría el gran número de títulos por millón de habitantes que se da.

Un cordial saludo,

Librería Garoa

Un cordial saludo,

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