Inscribir, comunicar, borrar: cultura escrita y ciencia en el siglo XXI

Tomo parcialmente prestado el título de la entrada de hoy del imprescindible libro de Roger Chartier Inscribir y borrar. Cultura escrita y literatura, de la no menos imprescindible Katz Editores. En su introducción, cito con holgura, dice Chartier: “el escrito tuvo la misión de conjurar la ansiedad de la pérdida. En un mundo donde las escrituras podían ser borradas, donde los libros estaban siempre amenazados por la destrucción, la tarea no era fácil”. La escritura y el libro inicialmente, por tanto, como registro estable de la memoria frente a las amenazas de disolución. Pero Chartier resalta la paradoja sucesiva: “su éxito no dejaba de crear otro peligro, el de un proliferación textual incontrolable, el de un discurso sin orden ni límites”. Hoy, gracias o por mediación de las tecnologías de anotación y comentario colectivo, regresamos a ese momento histórico en el que la estabilidad de lo escrito es desplazada por el dinamismo de la obra en curso.


“Para entender la tensión enre la inquietud frente a la pérdida y el temor al exceso, es menester cruzar la historia de la cultura escrita  y la sociología de los textos”, y así hemos llegado a Comment Press, una herramienta creada con el propósito de hacer realidad el principio fundamental de la ciencia: la ciencia como diálogo inacabado e inacabable, la ciencia como la agregación de conocimientos sobre los hombros de los gigantes precedentes, la ciencia como la suma de las aportaciones de una inteligencia colectiva puesta a trabajar sobre un problema común. La pieza de software fue desarrollada con un propósito preciso extensible a todos los órdenes de la ciencia y la creación: Noah Wardrip-Fruin, autora del blog Grand Text Auto y del libro, salido de ese laboratorio digital, Expressive Processing: digital fictions, computer games and sotware studies, estaba convencida de que el peer-review restringido a un grupo de especialistas aportaba menos conocimiento que la sucesiva agregación de comentarios por parte de los 200000 lectores de su blog.

Encargó a los agitadores del Institute for the future of the book que construyeran una herramienta que permitiera glosar medievalmente el texto en los márgenes, con la intención de mantener una discusión o una conversación permanente en torno al contenido de una obra en curso. El término acuñado por la propia autora, en contra del peer review monogámico, fue el de blog-based peer review. Una verdad construida, en todo caso, en base a las voces sucesivamente añadidas al texto original, siempre cambiante. De hecho, esta idea de una producción intelectual enriquecida gracias a las tecnologías de la comunicación, es la que sostiene iniciativas internacionales como la de la Coalition for Networked Information, que agrupa ya a 200 instituciones internacionales.

La tensión revelada por Chartier, sin embargo, sigue latiendo en el fondo del nuevo software: “el exceso de los escritos”, dice Chartier, que multiplica los textos inútiles y sofoca el pensamiento bajo los discursos acumulados, fue percibido como un riesgo tan grande como su contrario. Temido, el borrar era entonces necesario, como lo es el olvido para la memoria. No todas las escrituras”, afirma Chartier, “fueron destinadas a convertirse en archivos sustraidos a los avatares de la historia. Algunas eran trazadas sobre soportes que permitían escribir, borrar y, luego, volver a escribir”. En esas nos encontramos de nuevo ahora: ¿qué pervivirá de esas apostillas o paráfrasis electrónicas? ¿Estarán destinadas a ser borradas y olvidadas? ¿De qué forma, en definitiva, influirán las condiciones técnicas y sociales de la publicación, comentario, compresión, circulación y apropiación de los contenidos en la forma que la ciencia y el conocimiento asuman en nuestra era? Quien tenga la respuesta, que haga el primer comentario.

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