Elogio de la destrucción (editorial) creativa

Veamos: parece que Albert Einstein dijo en algún momento de su vida: “no pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos”. Hoy se dan cita en Hopenhagen los líderes mundiales que deberían tomar la incuestionable crisis mediomabiental como la oportunidad histórica de tutelar y conducir la creación de un nuevo orden mundial. Pero no lo harán. Quizás, como argumenta Hermann Scheer (uno de los arquitectos de la decisiva Renewable Energy Act alemana) en el número de la revista ODE sugestivamente titulado What needs to be done, dedicado a la cumbre de Copenhage, “no necesitemos un tratado internacional del clima. No necesitemos un Protocolo de Copenhage, de la misma forma que no necesitábamos un Protocolo de Kyoto”, porque, en realidad, ninguna revolución tecnológica que haya reformado el mundo, haya reformateado nuestros sistemas productivos, desde la talla del silex hasta Internet, ha sido resultado de los acuerdos a los que hubieran podido llegar países con sistemas productivos y estadios de desarrollo diametralmente diferentes. Quizás ocurra lo mismo en el mundo editorial: la crisis, obvia para todo el que participe de su cadena de valor vinculada estrechamente desde todos los puntos de vista a la economía del carbono del siglo XX y a los hábitos ancestrales de las artes gráficas medievales, tiene que reinventarse para seguir existiendo. La única pregunta es: ¿se atreverán los agentes que representan a los diversos gremios a liderar el cambio o tendrá que ser la fuerza de los hechos la que se acabe imponiendo?


En el artículo titulado In praise of creative destruction argumenta Scheer: “todo ha comenzado con la premisa equivocada: que la introducción de la economía de las energías limpias es un proceso doloroso. La premisa correcta es: el cambio a una energía limpia tiene grandes ventajas económicas. Traerá consigo grandes beneficios económicos, beneficios macro económicos a todos los países que se embarquen en este viaje. Argumentando desde la premisa correcta, no existe ya la necesidad de un contrato global. Es la premisa equivocada la que conduce a la discusión y al gran bazar del reparto de las cargas”. Si eso es válido para el conjunto de las economías, es desde luego extensible a la economía editorial: ¿quién puede seguir pensando que es soportable una industria basada en la sobreproducción deliberada, en el uso indiscriminado de pastas sin trazabilidad, en el manejo inconsciente de la maquinaria de producción que sigue vertiendo aguas sin tratamiento a los sumideros en que los ríos se han convertido, en el uso de tintas baratas y repletas de metales pesados, en la distribución alocada y muy contaminante de la red de camionetas que sirven a los puntos de venta? Nadie.

En todo caso, persiste y se sobrepone el miedo a la realidad, a la necesidad del cambio, pero no habría que olvidar lo que dijo Einstein: la crisis es una bendición porque nos permite reinventarnos o, como dice Scheer: “adecuadamente ejectuada, será una revolución económica de largo alcance. El miedo a los cambios revolucionarios es el factor tras el que se esconde la extendida resistencia a las energias renovables” o, añadiría yo, a cualquier otra iniciativa que suponga cambios en los dañinos hábitos establecidos. A veces es necesario asumir vigorosa y conscientemente grandes riesgos para obtener grandes beneficios, y esta parece ser la ocasión.

Hoy que Copenhagen perderá la oportunidad de haberse convertido, realmente, en la ciudad de la esperanza, de un nuevo orden mundial, me quedo con la primera de las conclusiones alcanzadas en la primera reunión del Parlament de la Ecoedició celebrado en Barcelona en julio de este año: “la ecoedición es una forma innovadora de gestionar las publicaciones según principios de sostenibilidad. Consiste en incorporar criterios ambientales y sociales al proceso de edición que minimizan los impactos negativos derivado de esta actividad en todos sus fases. La ecoedición recomenda la adopción de las mejores técnicas disponibles y las mejores prácticas ambientales incluyendo todo el ciclo de vida del producto, desde el diseño hasta la distribución, sobre las materias primas empleadas, la justificación de las tiradas, el proceso de impresión, de encuadernación, el formato…”. Seamos, pues, creativamente destructores.

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Comentarios

La ecoedición también se apoya en el soporte tradicional: el papel. Quizás debamos de decir sin ambajes que el auténtico camino será la transición paulatina, pero sin descanso, hacia el formato electrónico o digital.

No lo creo, no puedo estar de acuerdo: el futuro de la edición es la gestión y administración digital de contenidos y de sus canales de difusión, que podrán encarnarse en soportes diversos, incluido, qué duda cabe, el papel. Lo que debemos asegurarnos es, en todo caso, que el papel que utilicemos haya sido certificado por una entidad solvente, es decir, por FSC.

Ecodestructores ? No creo. Aboguemos por una convivencia entre el papel y la difusión digital .

A todas esas prácticas editoriales insostenibles a largo plazo habría que añadir el hecho de que se dejen coaccionar por determinados colectivos para editar y vender o no algunas obras, y eso ya entra en la capacidad de adaptación a los asuntos que hace falta tratar en los tiempos que corren. Por ejemplo, estoy muy indignado porque me he paseado por la sección de libros de el Corte Inglés, la Casa del Libro y la Fnac, he llamado por teléfono a otras tiendas de estas empresas y se han retirado de la venta todos los ejemplares de ‘Coincidencias’, una novela de Sergi Durà, tras la presión de la cadena de radio religiosa por excelencia a los grupos que la distribuyen y la demanda civil presentada por cierto partido político conservador contra Sergi Durà. Por lo visto, ya sabemos lo mal que les sienta a algunos que un libro mezcle sexo, chicas con minifalda y políticos corruptos. El dueño de Ambra, la pequeña librería que me lo ha conseguido, no sin dificultad, me ha dicho que, entre altas dosis de sexo, se burla sin clemencia alguna de políticos corruptos y de otras cosas. Y se han presionado para librarse de ella sólo por párrafos como éste, sobre la corrupción:

"… Pasa, sobrino, pasa y siéntate. Te decía que os sentáis con el concejal a comer y os lo inventáis; no se te habrá ocurrido dejar a cuarenta obreros en el paro y a mi amigo Pablito sin negocio, ¿verdad? Pues entonces. Hombre, yo que sé, pues que desmonten

una avenida y la vuelvan a montar. Organizáis un concurso público que sólo cumpla las condiciones Pablito y ya está".

La novela no tiene desperdicio, parece ser, pero para haceros con ella tendríais que encargarla. Es una pena que se obstaculice la circulación de algunas obras; da mucho coraje y le hace pensar a una en qué país vivimos.

Parece que al oir ecoedición a algunos se le ponen los pelos como escarpias. No tengan miedo, la transición será suave, no creo que el papel -de celulosa- sea el formato del futuro (¿qué tal otros polímeros de origen vegetal?) y creo que todos creemos en el libro "impreso" (pongo comillas porque aun no se sabe cómo). Cuando me miro en el espejo no veo unas greñas hasta la cintura, un canuto de medio lado y una camiseta con el lema "paren el mundo que me quiero bajar" (que nostalgia, viejos tiempos), sino un ciudadano responsable con el mundo que quiere dejar a sus hijos (tengo dos). Ecoeditar será la única manera de editar en unos años, simplemente porque será la única viable.

(requerido)

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