Dejadme solo o el club de lectura con un sólo miembro
No me refiero a que dejéis de leerme, no, por favor: qué sería yo sin vosotros. Me refiero a que leer, en el fondo, desde que aprendimos hacerlo en voz baja y en solitario, es, sobre todo, un placer solitario, una inmersión individual, un viaje personal. Claro que existen lecturas comunitarias en voz alta, clubs de lectura que incentivan y estimulan el aprendizaje tardío -como nos ha enseñado Ramón Flecha-, lectura colaborativa, lectura dialógica, recomendaciones y sugerencias de amigos y allegados (que son, tal como cuantifica la encuesta trimestral sobre hábitos de lectura, un factor determinante en nuestras preferencias), lectores adolescentes que leen a mujeres maduras -como escribiera Bernard Schlink-, lectores adultos que leen a adolescentes -como tantas veces recreó Nabokov-.

Todo eso se amplifica ahora con las redes sociales de intercambio: con aquellas específicamente dedicadas a las recomendaciones de lectura (Librarything, Selfhari, Goodreads); con aquellas otras que incorporan dispositivos concretos para revelar qué se está leyendo en este momento, como Facebook y Twitter; o como aquellas otras, más especializadas, como Delicious o Mendeley, que permiten intercambiar archivos, valoraciones, comentarios, etc. Hablar hoy de lectura parece, obligatoriamente, hablar de lectura en grupo, de clubs físicos o virtuales de lectura, de onerosa y molesta lectura comunitaria. En el New York Times de hace apenas tres días, se atrevían a desenmascarar esta paradoja: The Book club with just one member se refiere a la historia de una adolescente que se siente molesta cuando quieren obligarle a compartir sus lecturas, a revelar siquiera lo que lee, a tener que pronunciarse en público sobre su más íntimo secreto, el libro que le acompaña en sus insomnes horas nocturnas. “I didn’t like talking about books with other people very much because it almost felt like I didn’t want other people to be in that world with me”.

Lo mismo sucede con la escritura: de tanto recordar la herencia durmiente de Barthes y Derrida, hoy hasta el último mono afirma que no existen los autores, que la originalidad es una mueca y que todos los textos no son más que retales cosidos con más o menos talento los unos a los otros, lo que en gran medida es cierto. No lo es menos, sin embargo, que la originalidad existe, que los autores están identificados con un carnet de identidad y que la experiencia de la creación en solitario no es reproducible en comunidad. Ni niego el valor de la lectura cooperativa ni mucho menos el de la producción colectiva y asociada. Quiero, solamente, que tal como reivindica el columnista de The New Yorker, me dejen solo… cuando leo, y que no sobredimensionemos el valor de las herramientas que todos utilizamos, porque desvirtuan en gran medida la esencia del acto reservado e introspectivo de la lectura.
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Comentarios
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El peor pecado que puede cometer un lector es “convencerse” que la lectura es una acto en solitario
Carl Sagan decia en su serie Cosmos:
“Qué cosa más soprendente es un libro…
Es un objeto plano, hecho de un árbol, con partes flexibles en las que están impresos montones de curiosos garabatos.
Pero en cuanto se empieza a leer se entra en la mente de otra persona; tal vez de alguien que ha muerto hace miles de años.
A través del tiempo un autor habla clara y silenciosamente dirigiéndose a nosotros y entrando en nuestra mente.
La escritura es, tal vez, el más grande de los inventos humanos. Une a personas que no se conocen entre sí; personajes de libros de épocas lejanas rompen la cadena del tiempo…
Un libro es la prueba de que los hombres son capaces de hacer que la magia funcione.”
En efecto, leer un libro es escuchar la palabra de “otro” y si desde nosotros mismos no lo “transferimos” resulta un acto inutil leerla.
Ay! el dia que se institucionalice el “placer solitario de la lectura” la civilizacion morira sumergida en si misma
saludos