El libro de Jobs
Comienzo con resonancias bíblicas, tal como la ocasión exige y como ha puesto de manifiesto el último número del semanario internacional The Economist. Resulta difícil agregar algo más al torbellino digital de literatura extasiada en torno a las tablas de la esperanza, remedo laico de las tablas de la ley.

Los comentarios y discusiones se dividen, en general, entre quienes perciben en el IPad un “cachophone”, es decir, un IPhone más grande con el que no pueden hacerse, paradójicamente, llamadas telefónicas, y quienes lo santifican como el advenimiento definitivo de una nueva era de la edición.

Y el IPad, sin embargo, no es, quizás, ni una cosa ni la otra, por arriesgado que pueda ser realizar una afirmación así: tiene ínfulas de apertura, porque de hecho incorpora lo que otros no han hecho, el formato Epub, el único estándar abierto que asegura interoperabilidad e intercambio potencial de archivos, legibilidad y portabilidad, en definitiva, pero nadie ha explicado todavía demasiado bien de qué manera se conjugará ese conato de libertad con el hecho de que haya que pasar por la tienda de ITunes y por algún tipo de DRM. En el fondo, tal como ponen de manifiesto José Cruz Rodríguez y Ricard Dalmau en su recién y muy recomendable blog, “a lo que habrá que estar atentos es a la integración vertical de sistemas cerrados (tienda + red social + lector), que dejarán atrapados a los lectores en compartimentos estancos. El nuevo iPad de Apple se acaba de incorporar a esta carrera…”. Comparar físicamente el IPad con el Kindle es como comparar un Ferrari Testarrosa con un Trabi de la antigua Alemania oriental, pero, en el fondo, de lo que se trata es de dos gigantes que se disputan el gigantesco pastel de la integración vertical de los canales de la edición: el sueño megalomaniaco de que toda la producción escrita pase por una sola librería que distribuye y vende los contenidos que deben leerse en un dipositivo propio y dedicado. Además, claro, de reforzar sus posiciones ya dominantes mediante alianzas estratégicas con las operadoras telefónicas que proporcionan el acceso sin cables o 3G (¿por qué si no, me pregunto, carecería el IPad de puerto estándar USB? ¿Se les habrá olvidado, entre tanto trajín?).

Y es ahí, seguramente, donde haya que poner el acento: el libro de Jobs podría convertirse en una verdadera tabla de la ley si consiguiera alterar globalmente los hábitos de creación, distribución y consumo, igual que ha hecho ya en buena medida con la música, pero para que eso fuera posible deberíamos estar dispuestos a renunciar a canales alternativos, a comulgar con la única tabla sagrada y a incrementar el patrimonio de las telefónicas.
En el versículo 4:8 del libro de Job (esta vez el auténtico), se dice: “los que cultivan la maldad y siembran la miseria, cosechan eso mismo”. Que cada uno extraiga sus conclusiones y ponga sus fieles en la balanza.
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Como decia el Catalan Dalí, “Que hablen de mi, ahunque sea mal”