De la duración en la era digital

Hablemos de metadatos (seguro que mi asesor de márketing y comunicación estaría en desacuerdo con este inicio. Es posible que me hubiera recomendado comenzar una nueva entrada utilizando aquella famosa fórmula de Elena Ochoa, “Hablemos de sexo”, pero yo soy así). Hablemos de metadatos, insisto: en la primera década del siglo XXI, por ponerle una fecha arbitraria, gran parte del trabajo, el esfuerzo y el dinero de bibliotecarios y archiveros, además de ingenieros informáticos, ha ido a parar a la nebulosa disciplina de la generación de metadatos. Proyectos como METS (no el equipo de baloncesto de New York sino el Metadata Enconding & Transmission Standards) o como Dublin Core, ponen de manifiesto una aberración subyacente: la de la desatinada caducidad de los datos digitales; la de la imposibilidad de recuperarlos retroactivamente, bien porque fueron escritos en lenguajes ininteligibles, bien porque la duración de los soportes no sobrepasa los 10 años, bien porque las compañías que desarrollan los programas de software que interpretan la información binaria se ocupan deliberadamente de hacerlos incompatibles y mutuamente ininteligibles; la de la computación en la nube, el cloud computing, que dispone nuestros datos en una nebulosa inalcanzable e irrecuperable, administrada con tecnologías propietarias, al albur de los ataques de la piratería y el espionaje.

Las cosas no mejoran en absoluto con el advenimiento del mágico IPad: nuestra música, nuestras imágenes y nuestros textos están en nuestros soportes pero no lo están del todo, porque debemos administrarlos y gestionarlos a través de plataformas propietarias traduciéndolos a lenguajes cerrados e incompatibles.

Todo esto puede parecer una mera rabieta, pero no lo es: en el año 2001 la Office of Scientific and Technical Information del Departamento de Energía de los Estados Unidos encargó a Los Alamos National Laboratory que investigara un asunto preocupante: ¿de qué manera podría y debería preservarse de manera duradera e inteligible información sensible sin que estuviera sometida a los avatares de la información digital, a sus incompatibilidades deliberadas, a la precariedad física  de los soportes magnéticos? ¿qué clase de técnica de escritura y de soporte serían los más apropiados para asegurar la transmisión de la información, su inteligebilidad y su interpretación? ¿acaso un programa de metadatos, como sugiere METS y DublinCore, para que seamos teóricamente capaces en un futuro lejano de interpretar aquello que fue escrito en un lenguaje binario y no directamente legible por los seres humanos?

Pues no: los expertos del laboratorio de Los Alamos encontraron una solución a caballo entre la historia antigua y la modernidad: la HD-Rosseta, una técnica de inscripción mediante un haz de iones o de electrones litográfico sobre un soporte duradero, bien planchas de níquel u otros metales perdurables. No en vano la tecnología utilizada se bautizó con el nombre de un célebre precedente de prolongada duración: Rosseta. 1000 años al menos de conservación y permanencia asegurados frente a los 500 del papel sin componentes ácidos y frente a los 10 de los frágiles y evanescentes soportes digitales. Un sólo inconveniente: las gafas para leer las inscripciones deberían tener forma de microscopio electrónico.  El artículo que hoy puede leerse y que fue el resultado de esas indagaciones lleva por título “Is there room for durable analog information storage in a digital world?“, y en sus conclusiones destacaba una obviedad que entre tanta nube digital suele pasar desapercibida: “hay espacio para el almacenamiento duradero en soportes analógicos en un mundo digital porque existe la necesidad de preservar la información seleccionada independientemente de la tecnología y el tiempo”.

A día de hoy, tal como ponen de relieve las discusiones que pueden encontrarse en distintos foros de la web, la piedra y el IPad andan a la par en cuanto a ventajas potenciales, aunque después de leer las conclusiones de los científicos norteamericanos, estoy por afirmar que me quedo con la primera.

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Comentarios

[...] De la duración en la era digital. Fuente: Los futuros del libro. [...]

[...] De la duración en la era digital – Las cosas no mejoran en absoluto con el advenimiento del mágico IPad: nuestra música, nuestras imágenes y nuestros textos están en nuestros soportes pero no lo están del todo, porque debemos administrarlos y gestionarlos a través de plataformas propietarias traduciéndolos a lenguajes cerrados e incompatibles. [...]

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