Loor al pequeño editor

En el imprescindible Por cuenta propia. Leer y escribir, de Rafael Chirbes, dice el escritor respecto a la relación con los editores: “dejemos que cada escritor lleve adelante su carrera, un editor inteligente es el que sabe eso y, aunque con menos libertad que el escritor, porque una editorial es un negocio, mezcla en su catálogo la buena literatura que le dará beneficios con otra que, hélas, es sólo y nada menos que buena literatura, y trabaja a favor de su prestigio. A veces”, asegura, y estoy pensando en algunos de los que voy a enumerar a continuación, “se encuentra con uno de esos milagros que juntan las dos cosas, e imagino que eso lo anima a no desconfiar de sí mismo”.

Javier Santillán, el fundador de Gadir (Premio Nacional de la Edición en el 2009 y reciente premio de la Crítica de Castilla y León por uno de sus últimos libros editados), dejó el dinero por las letras, y aunque anda desmelenado por los pasillos de las ferias diciéndole a quien le quiera oir que lleva siete años sin vacaciones, lo cierto es que los lectores nos damos todos los meses un festión con su catálogo de fundamento mediterráneo, especiado con ciertas sutilezas orientales y algunas reciedumbres castellanas; José Pons, el fundador del sello Melusina, aparcó una prometedora carrera diplomática con estudios en Berkeley por la dudosa incertidumbre de una editorial que sostiene con el consentimiento de su director de sucursal bancaria y con el concurso de la legión de acérrimos lectores que conocen la excelencia y bizarría de su gusto; Manuel Pimentel es el único caso que recuerdo de político honesto, capaz de renunciar a un cargo por convicción y de refugiárse en su Córdoba natal para poner en pie un sello singular, Almuzara, trufado de manjares editoriales; Diego Moreno, el temerario fundador de Nórdica (premio Nacional de la Edición en el 2008), se adentra en los oscuros bosques del norte para traernos su mejor savia.

Podría seguir enumerando editores pequeños, arriesgados, osados, que ponen ilusión y esfuerzo todos los días en su trabajo y que hacen bueno lo que el portentoso y acerado Luigé Martín decía hace poco en ese árticulo que debe conservarse en todas las bibliografías editoriales, “Mueran los Heditores“: discutiendo sobre la pervivencia o no de la figura del editor en la era digital, donde supuestamente las intermediaciones desaparecerán en beneficio de la gestión autárquica, Luisgé dice: “los editores, además, editan los libros, si se me permite decirlo de un modo tan tautológico. Es decir, les aportan valor añadido: hacen sugerencias, corrigen deslices o erratas, proponen cambios, pulen el estilo… Los autores estamos absolutamente ensimismados en lo que hemos escrito y aquellos amigos a los que pedimos opinión no son capaces siempre, aunque lo intenten, de examinarnos con distancia, de modo que los editores son los únicos que pueden enfrentarse a la obra con competencia y desapego a la vez”. En el edén del ruido que es Internet, el editor, con su criterio y con su trabajo de pulido y recomendación, resulta insustituible. Además, dice Luisgé, refiriéndose a la supuesta avaricia del gremio, “yo he conocido a muchos editores preocupados sólo por llegar a final de año, por mantener puestos de trabajo y por poder editar libros arriesgados aunque su rentabilidad fuera dudosa. Claro que se han hecho algunas fortunas con la edición: ¿y qué? Pero lo peor es que los mismos que abominan del editor mercader nos aseguran sin empacho que una de las soluciones para que el autor tenga ingresos es introducir publicidad en el propio libro”.

La editorial Trama -uno de esos sellos sellos indispensables que dan altura intelectual y moral a un país-, dirigida por Manuel Ortuño (otro de los que seguramente ha postergado más altos vuelos para conformarse con amasar un catálogo), acaba de publicar Jérôme Lindon, mi editor, el sentido alegato de Jean Echenoz a la muerte del fundador de Minuit, la descripción de una relación tempestuosa y equívoca, ineludible y esencial, en todo caso, en el que dos espíritus ilustrados consiguen alcanzar el milagro de juntarse, como anhelaba Chirbes en el párrafo inicial.

Loor a los pequeños editores que luchan cada día por adecentar con sus libros el mundo que vivimos (y, cómo no, por intentar sobrevivir legítimamente del fruto de su esfuerzo).

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Comentarios

Acertado post Joaquín, no hay duda que los pequeños editores son vitales para la salud de la edición, a pesar de que el inmovilismo tecnológico de muchos de ellos pueda ser la perdición de la edición independiente.

Otro comentario me merece el “portentoso y acerado” Luisgé Martín. Me soprende tus alabanzas puesto que para los que nos dedicamos a esto el artículo nos ha parecido gratuitamente apocalíptico y escrito desde el absoluto desconocimiento del medio digital. Además, la visión es de un romanticismo editorial tan anticuado (como si no se publicaran malos y malísimos libros) que los editores con los que he comentado el artículo me han confesado que era un poco sonrojante. Creo que es el tipo de artículo que no debería estar en ninguna bibliografía editorial puesto que es muy pernicioso para los delicados egos de los editores.

¿Se imagina qué sensación tienen los lectores de su blog que han trabajado para el señor Pimentel cuando leen eso de que es una “político honesto”? No hablaré de su honestidad política, porque no la conozco, de lo que sí puedo hablarle con conocimiento de causa y como un perjudicado más es de sus sistemático impago a los trabajadores de su empresa (desde hace ya años): maquetadores, traductores, editores, derechos de autor y un largo etc.

Comparto totalmente la apreciación de Silvano. Sin duda la aportación del “pequeño editor” es fundamental en el azaroso mundo de la edición. ¡Cuántos han caído en el intento! Pero son precisamente estos a los que los desafíos de la digitalización coloca una espada de Damocles sobre sus cabezas y los que deberán decidir si quieren seguir adelante buscando nuevos modelos o quedarse donde están y perecer lentamente (o no).

Comparto también la valoración sobre el artículo de Luisgé Martín.

Y sobre Almuzara, sólo puedo traer a colación la entrada en la Revista Tökland: Red de Comunicados y Comunicación en red (http://tokland.com/blog/index.php/2010/02/red-de-comunicados-y-comunicacion-en-red/) en la que sus “manjares editoriales” parecen estar fundados en “agrias relaciones laborales”. ¿Es separable la calidad de selección literaria con la forma en que se edita?

Desde luego, como editor sentí un sonrojo tremendo al leer la opinión de Luisgé. La idea de que porque se puedan publicar muchos más libros, va a ser imposible encontrar buenas obras en un creciente maremágnum me parece, sencillamente, absurda y pueril. Una pedantería, si he leído una en mi vida.
Vamos a ver, ya se están publicando desde hace muchísimos años muchas más obras de las que un lector puede abarcar. Esto, algo tan evidente, parece que se le pasa por alto a Luisgé Martín, que debe de estar leyendo todo lo bueno que ahora se publica. Solo así se explican sus opiniones.

Comparto las opiniones de los colegas anteriores. Y sobre el tal Martin, me produjo, también a mi, sonrojo. No entiendo tus alabanzas, Joaquín.

Gracias a todos por vuestros comentarios. Mantengo, sin embargo, uno por uno, los halagos vertidos en la entrada anterior, sin retractarme de ninguno. Dos comentarios adicionales: si levantáramos las alfombras de la mayoría de las editoriales, pequeñas, medianas o grandes, encontraríamos toneladas de pelusas y unos cuantos cadáveres, y lo digo después de haber levantado y sacudido unas cuantas. Los problemas administrativos o de otra índole, si los hubiere, no empañan mi admiración global. Segundo: Luisgé Martín fue, antes que un extraordinario escritor, director editorial, durante más de una década, al frente de un gran sello, así que le queda poca inocencia y le sobra un acerado sentido común.

También los autores en los que creen esos pequeños editores contribuyen/contribuimos con entusiasmo y sacrificio a hacer realidad sus proyectos. Si no se diera ese encuentro…

Definitely, what a magnificent website and educative posts, I surely will bookmark your website.Have an awsome day!

Es una pena que esos editores sean con frecuencia unos morosos de cuidado a la hora de pagar los servicios externos, como las cuidadosas traducciones con las que algunos nos ganamos la vida, dejando con frecuencia facturas sin pagar durante meses e incluso años cuando los libros salen a la venta dentra de su plazo. Hacer alabanzas de los pequeños editores sin establecer una discriminación entre los que son verdaderos profesionales y los que son unos estafadores y atentan, por tanto, contra la propia industria editorial, me parece muy poco serio por su parte.
El halo de romanticismo con que algunos se empeñan en rodear al editor resulta ser un hedor a carroñero cuando tratas con ellos que tumbaría a cualquiera.

(requerido)

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