Paradojas y limitaciones de la lectura

En las últimas semanas Jakob Nielsen, uno de los más conspicuos investigadores de eso que llamamos usabilidad -la disciplina, en realidad, que comienza a tomar conciencia de la extraordinaria importancia que la composición de una página en la web tiene para la percepción de su significado-, ha publicado dos cosas de gran relevancia para nuestra comprensión de la lectura en pantalla: en primer lugar, que los usuarios de un página web dedican el 69% de su tiempo a revisar el lado izquierdo de las páginas mientras que apenas dedican un 30% al lado derecho, lo que leído en términos publicitarios significa que cualquier reclamo promocional debería ubicarse en el lado más visto y en términos más científicos que nuestra lectura en pantalla difiere notablemente de la que practicamos en una página de papel.  En segundo lugar, la etnografía digital indica que el 80% de los usuarios dedican el escaso tiempo que pasan en una página web recorriendo su parte superior, es decir, aquella que es visible sin utilizar la barra de desplazamiento vertical: solamente el 20% de los usuarios se interesan por lo que se dice tras esa línea imaginaria que separa la pantalla del contenido que oculta. La metáfora del papiro, tan utilizada en tantas ocasiones para describir el funcionamiento de la lectura en pantalla sería, en todo caso, el de un papiro truncado.

Leemos, por tanto, lo que está a la izquierda y por encima de la línea que demarca el límite de la pantalla. A eso, además, debemos añadir algunas limitaciones neurofisiológicas básicas que nadie suele tener en cuenta, desde luego no los editores ni los expertos en digitalidades: según el deslumbrante Stanislas Dehaene, nuestro ojos son escáneres más bien pobres, que solamente son capaces de barrer un campo -a través de la región central de nuestra pupila, la fóvea- de 15º. Eso significa -según los experimentos incontrovertibles de los neurofisiólogos-, que solamente somos capaces de ver entre siete y nueve caracteres de las palabras que suceden a la que estamos leyendo. De hecho, las comprobaciones empíricas más notables a este respecto simulaban en una pantalla una frase completa compuesta por unos pocos caracteres reales seguidos de “x” que iban convirtiéndose en letras reales a medida que el campo visual se aprestaba a la lectura. Ningún lector se dio cuenta nunca del “truco” generado por la máquina.

No existe tecnología alguna que pueda enmendar una limitación neurofisiológica, ni entrenamiento que pueda acelerar el procedimiento de comprensión lectora sin afectar profundamente al significado. “Hice un curso sobre lectura rápida”, decía Woody Allen en una de sus películas, “y leí Guerra y Paz en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia”. Los mejores lectores -si pudiéramos evitar de alguna manera los movimientos sacádicos de nuestros ojos y las regresiones continuas- pueden leer entre 1100 u 1600 caracteres por minuto. Se han desarrollado algunas tecnologías que pretenden socorrer a nuestro limitado campo visual en un ecosistema informacional que cada vez demanda más de nosotros: la Rapid sequential visual presentation (RSVP) es una herramienta que nos permitiría, teóricamente, leer una palabra cada cuarenta milisegundos, tres o cuatro veces más rápido que la velocidad de un lector normal. Aquellos que navegamos por la red con Firefox disponemos de un Add-on, el RSVP Reader, que genera una representación de la página, una composición, adecuada a ese tipo de lectura presta, ligera y algo superficial, adecuada al sino de los tiempos.

Nuestros ojos no son escáneres especializados en la lectura de caracteres; leemos despacio, pocas letras cada vez, a sacudidas, regresando a menudo sobre lo leído y alzando la vista; cuando leemos en una pantalla, además, apenas consultamos el 20% de su contenidos, permanecemos poco más de un minuto, y nos concentramos en su lado izquierdo por encima de la división imaginaria del papiro digital. Alguna consecuencia, desde luego, deberíamos extraer de estas paradojas y estas limitaciones.

¿Acaso, como sugiere Jakob Nielsen en otra de sus más recientes entradas, ha construido Steve Jobs el IPad de manera que no pueda hacer correr dos aplicaciones consecutivamente para fomentar, en una suerte de evocación arcaica, la lectura profunda en contra de la más superficial lectura en pantalla? ¿Paradojas y limitaciones de la lectura?

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