El lugar de los libros en la era digital

“Yo figuro”, leo, emocionado por la sintonía intelectual y la ratificación de años de trabajo, “entre quienes creen que durante mucho tiempo coexistirán el libro en papel y el libro electrónico -el códice y el rollo coexistieron durante cuatro siglos- y que, por supuesto, enciclopedias, anuarios, prontuarios, catálogos, índices y libros de consulta general tienen su destino natural en el ciberespacio”. Así finaliza Román Gubern, en un libro sin desperdicio convertido ya en referencia fundamental, La metamorfosis de la lectura, su razonamiento histórico sobre la sucesión de los soportes y formas de la escritura y sobre el advenimiento de la era digital.

La sabiduría del libro de Gubern radica, a mi juicio, en el estricto sentido común aplicado al análisis de ciertas mitologías digitales, en la conveniente moderación de ciertos fundamentalismos electrónicos: “las creaciones literarias colectivas”, dice Gubern refiriéndose a la posiblidad de un nuevo lenguaje creativo, legítimo y genuino, “que pueden beneficiarse de un efecto sinérgico, pueden plantear también una grave contradicción entre la imaginación y la libertad autoral individual y la interacción colectiva, ya que ésta coarta netamente la libertad autoral y modifica sus propuestas”. A estas alturas, defender que el acto de la creación es, en la mayoría de las ocasiones, un acto esencialmente intransitivo, se ha convertido casi en un escándalo. Pero Gubern agrega: “el material escritural sobre el que se trabaja en estas condiciones constituye, por lo tanto, un texto vulnerable (opuesto al texto blindado del autor individual), ya que la textualidad coral se opone al soliloquio textual del autor individual [...] No es una buena idea hacer que Hamlet se case con Ofelia”, termina Gubern, refiriéndose a  la posibilidad tan cacareada de que sean los lectores quienes decidan el desenlace de una trama. “Personalmente, me gusta que me cuenten historias Hemingway, Pavese o Fritz Lang, que han demostrado ser maestros de la narración, y no el tendero de la esquina”.

José Manuel Mora, en Leer o no leer. Sobre identidad en la Sociedad de la Información, una reclamación del acto de la lectura como reconstituyente existencial y de la literatura como sustrato de nuestra identidad, dice: “el libro es la argamasa con la que construimos sólidos puentes con el mundo, cruzamos todos los ríos, alcanzamos las otras orillas”, compañeros que van creciendo a nuestro lado, acumulándose, hasta formar una biblioteca que es una manera de estar en el mundo: “una biblioteca”, dice Mora, “es un asunto de constancia y cariño, toda una gesta de sensibilidad y gusto personal”.

Me interesan estos dos libros porque, entre tanta aceleración digital y desmaterialización de la memoria, nos fuerzan a repensar el lugar del libro y la lectura en nuestra cultura, algo que también transpira en el diálogo de Umberto Eco y Jean-Claude Carrier recogido en Nadie acabará con los libros: “cuando nos olvidamos de maletas y libros”, asegura Mora, “sobrevienen los desastres, porque nos olvidamos de las obligaciones de nuestra condición temporal, porque comenzamos a vivir de un modo indebídamente estático. Se instaura una realidad virtual, muy difícil de detectar…”.

La graforrea social a la que alude Gubern en su libro, promovida por la democratización del acceso y la desjerarquización de los cánones literarios e intelectuales de los que hace poco hablaba Jesús Ferrero -la cruz de un fenómeno que también tiene una cara resplandeciente-, genera una masa indiferenciada de contenidos: “aunque más cantidad de mensajes no significa más calidad, pero sí más oportunidades para la calidad, la sobreoferta de información equivale en muchos aspectos a desinformación y entropía, por no mencionar las aberraciones de sus eventuales detritus semánticos”.

Ni se trata de negar la extraordinaria riqueza que supone el hipertexto digital, ni de negar el portentoso desplazamiento de los métodos de legitimación y consagración tradicionales del conocimiento propiciados por la universalización de las tecnologías; se trata, más bien, de buscar el lugar del libro en la era digital.

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