La novela (al menos durante este verano) no morirá

El año pasado la editorial Trotta reeditó un libro olvidado y muy interesante, de juventud, de Harold Bloom, titulado La ansiedad de la influencia, un texto que analizaba la manera en que los autores, sin poder presincidir nunca del pasado, de la tradición poética de la que procedan, del ascendiente que otros autores pudieran haber ejercido sobre ellos, intentaban borrar o decolorar, al menos, las huellas de esa influencia. No hay originalidad en estado puro, obviamente, y todos somos el resultado del entrecruzamiento de influencias históricas y contemporáneas, que luego sabremos deglutir mejor o peor para desarrollar una voz y un lenguaje propios. Ese ejercicio es innato al del creador, al menos -con permiso de Bourdieu-, desde que el campo literario existe.

Aunque se publicó en el año 2006, en Estados Unidos, yo he conocido este libro ahora, antes de marcharme de vacaciones: The Anxiety of Obsolescence. The american novel in the age of television, y no me cabe duda de que su autora, Kathleen Fitzpatrick, conocía el libro de Bloom. La cuestión que Fitzpatrick aborda es de actualidad recurrente, más que nunca ahora, porque de lo que se trata es de saber si un género narrativo tan ligado a un tipo de soporte podrá perdurar cuando éste último desaparezca. Más todavía: si una textualidad lineal apoyada en las convenciones estructurales del inicio, el nudo y el desenlance, desarrollados linealmente (por mucho que se complique su trama y su red de relaciones internas), sobrevivirá en un entorno crecientemente digital e hipertextual, alineal. Más aún: si habrá alguien en el futuro, alguno de los que son hoy aborígenes digitales, que aún quiera tener cierta familiaridad con ese rancio soporte y esa indigente textualidad. Otrosí: ante la innegable proliferación de la oferta de los medios de comunicación, ¿tienen los libros algún lugar en sus intersticios? ¿Cabe suavizar la tensa relación entre la TV y los creadores, como demuestra el caso de la inexistente y aplazada entrevista entre Jonathan Franzen y Oprah Winfrey?

Fitzpatrick da alguna respuesta (casi) tranquilizadora: de la misma manera que el invento de la fotografía no sustituyó a la pintura sino que contribuyó a que adquiriera mayor libertad creativa, dando lugar a la pintura contemporánea, lo mismo puede suceder con los medios digitales, que se incorporarán al lenguaje de la novela, no al contrario. El número de verano de The New Yorker tiene como título: Summer fiction: 20 under 40, de manera que, al menos durante este verano, tenemos garantizada la supervivencia de aquellas novelas creadas por estos (nuevos) genios de menos de cuarenta años. Un escritor de apenas 30 años, Dinaw Mengestu, sostiene firmemente la llama de la literatura, como hicieran los escritores del XIX, y eso me insufla cierto optimismo respecto al futuro del género:

What, in your opinion, makes a piece of fiction work?

As for most writers, language is vital for me: a writer’s ability to render a fictional world—characters, landscape, emotions—into something original that alters or deepens my understanding of both literature and life. Then, there’s something that I think of as the space that a work of fiction provides the reader to feel emotionally and intellectually invested in the text.

Me llevo un par de esos descubrimientos bajo el brazo, junto a un lote más de viejas glorias, hasta la vuelta en septiembre….

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